SAGA DE LA FAMILIA CORREAS DE LARREA (PARTE 3)

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SAGA DE LA FAMILIA CORREAS DE LARREA (PARTE 3)

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Vie Abr 11, 2014 8:51 pm


SAGA DE LA FAMILIA CORREAS DE LARREA

-------TERCERA PARTE-------

por Alejandra Correas Vázquez

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II . Alférez Real
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EL ESTANCIERO

Ultimo dueño integral de Jesús María (a su muerte se fracciona). Ultimo depositario de la Vara del Rey (Alférez Real) que cumpliera en totalidad su mandato (1809). Era Don Orencio en ese momento en Córdoba, uno de los últimos testigos vitales de una época que se llevaba al derrumbe los lauros del Imperio Español de Ultramar fundado trescientos años atrás por Carlos V … y donde él había nacido,
Y sería también Don Josep Orencio Correas, el primero en adaptarse a la nueva era, en correr ese gran riesgo dentro de esta ciudad colonial y universitaria, pero tradicionalista. Supo ir contra todos los vientos, apoyando un cambio completo y abriendo una nueva etapa, que aún era muy incipiente. Poniendo en ello su prestigio de estanciero prudente pero pudiente, en una empresa nueva, que bien podía fracasar.
Una nueva era con nuevas figuras, que pasaron a su lado, que se instalaron en su casa, que matearon en su mate de plata potosino, que probaron su charqui, su arrope, su locro y su Vino del Rey. Nuevos hombres, muy jóvenes entonces, que produce este siglo promisorio dispuestos a avasallarlo todo. Nuevos políticos. Con nuevos nombres. Figuras nuevas del :

Siglo de las Luces.

Gustó él siempre de rodearse con esas juventudes, tanto como antes siendo él muy joven, escuchaba cautivado los proyectos “sobremontinos” del Marqués que iban a llevar hacia adelante el destino provincial. Con pujanza. Con éxito. Hijo de dos medios siglos (en el intermedio del XVIII y XIX) donde el mundo cambió de repente para comenzar a relatar todo de nuevo, él tuvo esa capacidad de adaptación. Pues Don Orencio poseía la fuerza interior para hacerlo y la posibilidad económica para ejecutar las propuestas que los jóvenes traían, acompañándolos con su sólido apoyo.
Dueño de una personalidad tenaz y brillante, enérgico y arrollador, dotado de una naturaleza que no decaía ante el riesgo que suponen los cambios, meditaba todo pero ejecutaba con vigor. Asumía posiciones imparables dentro de sí mismo, pero al mismo tiempo con método y orden. Mientras su hijo menor Santiago, que aún en aquel año no había nacido (el benjamín que alegraría su vejez) iba a ser más adelante un hombre austero y encerrado dentro de sí mismo, su padre Josep Orencio estaba volcado hacia afuera, hacia su tiempo y hacia su comunidad.
Era temperamental pero con autoexigencias que lo controlaban. Una persona de conducta sólida, que nunca pidió nada para sí y que en cambio dio mucho a los demás, haciéndoles compartir todo lo suyo. Abrió sus puertas a los conciudadanos, en cada momento que lo convocaron, sin que él utilizase ese interés común para un bien propio. Ya la vida al nacer le había dado demasiado y prefería compartir lo que poseía, antes que reclamar a los otros.
Al haber nacido como segundón (los segundones no recibían herencia) y ser luego beneficiado por su padre cuando le entregara Jesús María, consideróse a sí mismo como un deudor con sus contemporáneos. Para evitar privilegios no nombró un Mayorazgo y partió por igual su herencia en documento testamentario. Fue un hombre moderno y adelantado en su tiempo. El Mayorazgo se abolió por ley recién en 1880.
Muchas veces lo necesitaron, y si él necesitó algo... nunca lo solicitó. Ni pidió nada. Entregó hijos a la patria, los productos de su estancia para los proyectos nuevos, ofreció sus vínculos sociales y políticos, fue generoso y apoyó a los patriotas, pero habitualmente se olvidó de sí mismo.
Sus hijos, por su fuerte y seco temperamento tomaron algunas veces distancia de él, recriminándole de empobrecer el patrimonio familiar en aras de los intereses nacionales. Iban a ser tanto sus admiradores como sus críticos. El exigíales más a ellos de lo que les exigía a los otros, porque se exigía muchísimo a sí mismo. Hízose siempre cargo de su compromiso con la nación y con Córdoba, la ciudad que él adoptó y que lo adoptara a él. Y ello respondía a que su familia había asumido tal compromiso frente al Marqués de Sobremonte, a quien él admiró siendo muy joven y cuyos pasos fueron siempre su ejemplo.
Hacer. Hacer obra. Construir. Caminar hacia delante. Allanar el camino de la Historia, esa ciencia que no miente porque queda grabada en el tiempo, con señales que deja fijo el progreso. En él, en su época y con sus coetáneos, se perfilaba ya un final y un principio. Un tiempo que concluía y otro pronto a comenzar.

III . El Testigo
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CÍRCULO CLAVE

Don Josep Orencio Correas estaba colocado sin él saberlo, en el medio mismo de un círculo clave nacional, dentro del cual pudo ver concluir una historia y comenzar otra diferente. Un devenir completamente distinto... Nuevo.
El ignoraba todavía —y quizás lo ignoró siempre— que se hallaba situado sin haberlo buscado, en un punto clave de la escena política. Que el presente arrollador que venía en su busca, que llamaba a las puertas de su casa reclamando su apoyo, habría de convertirlo en testigo ocular y partícipe involuntario, de los acontecimientos que trastornarían al siglo. Ignoraba que aquellos personajes que cobijaba por hospitalidad en su casa, que alojaba en su estancia, que comían en su mesa, trascen¬derían al tiempo hasta fronteras inimaginables en aquel momento. Nadie en Córdoba, como tampoco él, advirtió en ese primer momento que estos jóvenes se proyectarían hacia destinos históricos aún desconocidos e inéditos, como grandes paladines de la historia nacional.
Córdoba, como ciudad mediterránea y universitaria, solitaria en la frontera sur del “Tucumanao”, habíase acostumbrado a ser una comunidad “lejos del mundanal ruido”. Pero luego de tres siglos de aislamiento continental y de forjarse siempre una identidad receptora, cambiaría de pronto la posición de su eje. Córdoba de pronto iba a tomar conciencia de sí misma. Desde sus pétreos muros saldría un nuevo mundo hacia afuera. Desde esta misma ciudad docta, estudiosa, pensativa, alejada de países y continentes, amenazada de continuos malones (hordas destructoras), solitaria junto al río Suquía... Desde esta aislada ciudad, desde ella misma, se proyectaría un devenir totalmente distinto para toda Sudamérica.
Pues el mundo cuando se pone en marcha elige espacios, sortea dificultades, pero llega siempre a su meta. Eligió a Córdoba precisamente porque estaba aislada y oculta. Lo que permitía la reunión de gentes que en ese momento necesitaban reunirse en secreto.
El mundo también, cuando busca cambiar, se toma de la mano de ciertos ejecutores históricos muy elegidos, y de otros agentes del destino que halla en su camino, algunos de ellos inesperados, pero concluye por dar forma a su propósito. Tal fue el lugar que le tocó interpretar a Don Josep Orencio, sin que él lo hubiese proyectado, ni mucho menos aguardado Este estanciero y bodeguero creía tener toda su vida prevista y calculada, pero tuvo que vivir lo imprevisto, y ser convulsionado a fondo por las circunstancias históricas.

PILOTOS DE LA HISTORIA

El fue quizás el último que vio a aquellos hombres aún muy jóvenes nucleados en su casa de Córdoba, tal y cómo eran en el instante anterior, en el segmento último, antes de convertirse en estampas de bronce. En pilotos de la historia.
Cuando aún se parecían al resto de los habitantes, con sus dudas y sus incertidumbres. Con sus proyectos e ideales. Con sus inquietudes y visiones. Cuando todos esos propósitos no eran todavía realidades concretas. Cuando ellos intentaban compartir con él y convencerlo con largas explicaciones, para lograr su adhesión hacia una meta aún muy lejana, pero que daría resultados heroicos. Y todo ello con argumentaciones válidas pero de difícil logro. Buscando su adhesión, solicitando su interés y colaboración... Su apoyo.
Cuando el dueño de Jesús María les daba techo y comida, les abría la sala carmesí de su casa ciudadana o la casona solariega en los predios de su estancia. Cuando les ofrecía una cama, un mate, un locro, un churrasco, una humita y una copa llena de Vino del Rey. Cuando ponía a su disposición para aquella gesta heroica todos sus caballos de raza, su hacienda, su vino, sus armas blancas fabricadas allí, todo aquel conjunto indispensable para abastecer un ejército libertador.
En ese momento en que eran todos iguales, porque nadie era aún nadie, cuando no tenían todavía definido su sitial elegido en la Historia, pues no habían presionado aún entre sus manos su lugar predestinado. Cuando no se los conocía. Cuando no se habían identificado consigo mismos, porque el personaje histórico que llevaban por dentro en sus venas, conservaba aún su piel oculta... Entonces dialogaban largamente con él, en su sala color granate.
Fue testigo vital de toda una época y tuvo en ella un lugar propio en su papel de agente del destino, como factor de enlace. Reuniendo las partes sueltas que llegaban hasta su casa, por distintos caminos, desde diferentes ciudades y distantes países, de otro continente. Motivando reuniones y acercamientos entre visitantes y fuerzas vivas cordobesas. Coordinando destinos y vidas, aparentemente distanciadas. Cada cual en su espacio y de acuerdo a su consigna previa. Recibiendo a los emisarios y buscando a sus destinatarios. Compartiendo con ellos todas sus vicisitudes y propuestas.
El actuó con esa conciencia ciudadana nueva, de amplio espectro, que difundíase por doquier en aquel Siglo de las Luces, donde toda propuesta era atendida, analizada, ampliada. Y lo hacía con la presencia y prestancia del empresario, del productor agropecuario. Del hombre de trabajo que espera obtener un orden nacional claro y directo, bajo el auspicio de una Constitución. La cual aquí, en las soledades del Cono Sur Sudamericano y al pie de los Malones, hacíase cada día más imprescindible. Y además ineludible, para forjar una vida civilizada acorde con el devenir.

JÓVENES IDEALISTAS

Don Josep Orencio Correas los recibió y atendió en su casa, viéndolos como a idealistas muy jóvenes, tal como entonces todos ellos eran. Mientras que él era ya un ciudadano maduro (aunque viviría pasando la centena) y forjado en sus deberes comunales y como productor de campo. Ellos traían la juventud —y el devenir— se presentaban frente suyo con todo ese vigor incipiente y lo manifestaban con fuerza.
Fue dándoles a cada uno su espacio, en la medida que le era posible, pero sin llegar a apartarse a su vez de su propio sitio, ni ocupando por su lado un lugar equivocado. Acordando con ellos su propio papel, sin interferirlos. Siguiendo con empeño las consignas de la Pachamama, madre ancestral, madre de los tiempos, dueña única del destino sudamericano y que en aquel siglo XIX recibía el nombre de “Patria”.
En esos días donde una nacionalidad nueva cobraba cuerpo nuevo, él convivió con ellos, platicó y brindó. Los escuchó actuando con la fe ciudadana del siglo del progreso, donde toda idea generaba expectativas, puesto que el devenir auguraba cambios inéditos y había que preparase para ellos. Como también con la mente del empresario que esperaba lograr un organigrama coherente para su nación. Todos los antiguos súbditos hispanocoloniales estaban ya —sin excepción– dispuestos a vivir bajo el auspicio de una Constitución (luego de ser ésta abolida por Fernando VII en 1813). Las soledades infinitas del Cono Sur Sudamericano hacíanla más que necesaria.
Y los cordobeses (con él incluido y adoptado como tal) siempre universitarios, constitucionalistas y adscriptos a esta idea desde el tiempo “bonapártico” con la Constitución de 1808 –lo que les trajo grandes tragedias–– luchaban con empeño por lograrla. Continuaban viéndola como algo indispensable que no podía obviarse hacia el futuro, ya que era una necesidad real, acuciante e imprescindible, para forjar una vida protegida y civilizada. Situados ellos como estaban al pie de los malones, invadidos en el sur provincial por estas hordas bárbaras que quemaban hasta la peperina, con ciudades destruidas como Río Cuarto y Pilar. Además de ello la nación estaba invadida por Brasil en las provincias cisplatinas... ¡Se demandaba imperiosamente un orden! Se necesitaba pronto en forma acuciante una Constitución que garantizase la vida de todos los ciudadanos acorde al Siglo de la Luces que entrelazaba naciones.

DESPEDIDA Y PARTIDA

En esos días cuando una nacionalidad nacía y se identificaba como propia, él convivió con ellos y compartióles su pan. Los reunió en los momentos claves, abriéndoles su casa y les hizo brindar con su Vino del Rey, acompañándolos como figura testimonial y de enlace, sin pedir nada para sí. Nunca sintió Don Josep Orencio que alguien le debiera nada, ni nadie se sintió deudor con él. Cada uno ocupando su lugar y sin llegar a apartarse de sí mismo. Ni tomando un puesto equivocado.
Los acompañó y los hospedó, los alentó y presentó entre sí para que se conociesen unos con otros, en ese preámbulo de sus empresas con la coherencia de la ciudadanía cordobesa, que él ya había adoptado como propia. Y los saludó al partir hacia sus destinos históricos ... Fuesen éstos trágicos, heroicos o gloriosos :

a José de San Martín, Estanislao Soler, Juan Martín de Pueyrredón, Juan Bautista Bustos, José María Paz,
y Juan de Lavalle, su cuñado.
Don Josep Orencio Correas con su aporte generoso decidió parte de la historia sudamericana y no lo supo nunca.

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El Vino del Rey . (Tercera Parte)
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Index

I. El Chasqui
II. Actas Capitulares
III. El Viajero
IV. El Huésped
V. La Dama Mendocina
VI. Tres Puntas de un Camino
VII. Brindis con el Vino del Rey


I . El Chasqui
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UNA CARTA LACRADA

1813. Las calles coloniales cordobesas mostraban su empedrado y sus faroles. Sus tejas, su Calicanto, su Cabildo y su Campo de Marte.
Por aquellos días un Chasqui tocó las manos en la casona ciudadana de la familia Correas de Larrea, situada en proximidad al Calicanto y que antaño fuera una de las casas de la Compañía de Jesús. El caballo del Chasqui encabritado por los ladridos de los perros guardianes y las protestas de los mulatos —que hacían de porteros— no fue un misterio para nadie. Todos los vecinos habían notado su presencia.
Era una siesta ventosa y seca que amarilleaba el camino. Terrosa. El poncho del Chasqui empolvado, confundíase con su rostro cetrino. Recibió su paga y propina con “yapa” de manos del mayoral (un mulatón) y volvió a partir. El mensajero portaba una carta lacrada que debió dejar en manos de aquel negro, mirándose ambos con desconfianza. Los perros callaron cuando hubo partido.
La carta lacrada contenía un extraño anuncio. Estaba firmada con rúbrica por el hermano del dueño de casa –Don Ignacio Correas– también mendocino y quien a la sazón vivía en el Puerto de la Santísima Trinidad de Buenos Aires.
Don Josep Orencio leyó su contenido, con sumo asombro, y quedóse meditando. Los tiempos eran tensos y en Córdoba vivíase mal.
Allá tras el océano, el rey Fernando VII de Borbón, de retorno al trono desde el exilio, había abolido ese año la Constitución. La ciudad docta, universitaria, progresista, constitucionalista, sufría...
Don Ignacio le comunicaba en ella la llegada de un huésped recomendado por él. Un viajero. Alguien a quien nadie en Córdoba aún conocía. Un forastero, que necesitaba ser visto con naturalidad pero también con discreción, en lo relativo a su presencia allí. Para ello escribía a su hermano recomendándole sus atenciones y su mentada hospitalidad.
Cuando uno se remonta hacia aquellos tiempos en una Sudamérica colonial y patriarcal, hecha de encomenderos, alcaldes, alférez reales, regidores, oidores y virreyes, se halla ante un concepto de familia y compromisos filiales, que se cumplían como leyes de estado. El interés por la comunidad —porque era más pequeña— introducía dentro de ese ámbito cerrado, a los visitantes. Y los huéspedes pasaban a formar parte de la casa. Los miembros de cada familia eran partícipes de toda esa vida societaria, tanto como de los acontecimientos vitales de la ciudadanía.
Ignacio solicitaba a su hermano Josep Orencio facilitarle a dicho huésped toda la ayuda necesaria; en la medida de lo posible e intentando lo imposible, por cuanto dicho visitante era especial. Tratábase de “algo” de gran importancia, más que de alguien en figura misma.
En aquellos momentos apacibles en Córdoba luego de inmensas tristezas, quedaban en la ciudadanía consecuencias muy claras de un abatimiento. Porque era ésta una ciudad universitaria que habíase embanderado en el apoyo a la Constitución de 1808 —dictada por José Bonaparte e inspirada en Rousseau— y que era la primera del ambiente español. La defendieron con garra, como un progreso, como una medicina para las heridas dejadas por Carlos III ... ¡Y fueron acusados de “bonapartistas”! Con sangre derramada. Todas las casas citadinas estaban de duelo desde hacía tres años y se desconfiaba de cualquier persona llegada desde afuera. Incluso de los Chasquis. Ya no se les ofrecía ni mate ni mazamorra.
Todos aquellos ciudadanos que en el puerto de la Santísima Trinidad de Buenos Aires donde residía el virrey, apoyaron un pluvioso día 25 de mayo de 1810 a Fernando VII, tres años antes (mientras él estaba en el exilio) fueron traicionados por este rey. Envió tropas (que no llegaron) para encarcelarlos y convocó a la Santa Alianza para invadir Buenos Aires, la cual felizmente no hizo lugar a su pedido.

¡La sangre cordobesa había sido derramada en vano en Cabeza de Tigre!

Como quiera que sea ... Vivos o Muertos. Héroes revolucionarios o fantasmas. Bonapartistas o Fernandistas, todos ellos eran nativos del Cono Sur Sudamericano y los moverá por último un mismo deseo. Todos sufren ahora en 1813 el advenimiento del séptimo rey Fernando, de política absolutista, y la supresión de la nueva Constitución de 1812, posterior a Bonaparte y también inspirada en Rousseau.
La Sierra Morena se había llenado allá en la península española de Constitucionalistas, apoyados por los bandidos comunes. Luego de ello “los corsarios del Río de la Plata sitiaban Cádiz” (frase del rey). El Imperio del Brasil avanzaba a cañonazos sobre las provincias cisplatinas de Santa Catalina y del Río Grande (que nunca serían devueltas). ¡Y Fernando VII convocaba ahora a los países de la Santa Alianza para reconquistar las Indias! ... Aunque él mismo las perdía finalmente al abolir la Constitución y ni siquiera gobernaba a la propia España. Su reinado terminó en las Guerras Carlistas.
Ante el desorden manifiesto, los maloneros pampeanos (indígenas nómades y crueles cuya barbarie inspiró el poema gauchesco Martín Fierro) habíanse puesto otra vez en movimien¬to y no serían vencidos hasta finales del siglo XIX. Y en toda Hispanoamérica la búsqueda de un derecho civil, de una seguridad para las poblaciones, de un orden, de la defensa territorial, de una Constitución que los amparara dentro del concierto de un mundo civilizado, arrojará a todos los hispanoamericanos en aras de la Independencia... como solución final.
Fue muy extraña la posición política española dejando entrar la corte francesa de Versalles absolutista, que esgrimía “el derecho divino de los Reyes” a gobernar España (y en particular Madrid) perdiendo con ello todo el derecho sobre Flandes e Italia, al cambiar Austrias por Borbones. Y más tarde oponerse a los Bonaparte por ser franceses progresistas. A los Borbones se debe la “expulsión jesuítica” que trajo aparejada en la América española una inmensa decadencia, que cada día se pone más de manifiesto. Las universidades, las ciudades, las industrias, el mayor peso de la obra positiva colonial española es obra de los reyes Austria, de su capacidad de realización.
Los Borbones entraron mediante batallas feroces con un ejército francés para apoderarse de la corona española, en la figura de un rey mediocre llamado Felipe V (Duque de Anjou, hermano de Luis XV) cuyo primer acto de gobierno fue achicar en Europa el territorio español, a beneficio claro está, de Francia, su patria real. Eran franceses los Borbones, su corte, sus favoritos ¿Qué más daba un Borbón francés o un Bonaparte francés? El ejército napoleónico al entrar cerró en España las cárceles de la Inquisición y liberó a las víctimas de las máquinas de tortura. Los cuentos de Edgard Alan Poe (El Péndulo) registran con claridad estos hechos incontestables, que nadie puede poner en duda porque son históricos.
Los cordobeses de comienzos del siglo XIX eran “bonapartistas”, es cierto, no debe ser negado pues es una verdad. No perdonaban la expulsión jesuítica, como un delito flagrante, obra del gobierno borbónico. Napoleón los apasionaba con admiración. Se jugaron por él, por el nuevo siglo, por dejar atrás un período de decadencia y dolor. Esta tenacidad les trajo dolores mayores, un fusilamiento de su mejor gente, la más culta y preparada, en Cabeza de Tigre.

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La carta que Josep Orencio Correas tenía en sus manos, incluía estas reflexiones. Aquel era un mundo en derrumbe : Ilusiones cortadas, largos años de trabajo destruidos, el progreso llevado adelante por el esfuerzo de pioneros, estaba ahora amenazado de malón al sur e invasión de Brasil... ¡Y no se contaba ni siquiera con un rey protector! Fernando VII de Borbón no lo era en absoluto, incluso perseguía ahora a los jóvenes adictos suyos que en Buenos Aires tres años antes (1810) habíanle jurado lealtad.
Seguían a continuación en la misma carta lacrada numerosas referencias que daban indicios de acontecimientos a suceder, datos precisos a ejecutar, proyectos y situaciones claves por devenir. Al finalizar la misiva, su hermano indicábale que ésta debía ser quemada por precaución, luego de leerla.
El total del misterioso contenido de aquella correspondencia donde se incluían numerosos nombres, fechas y lugares —que Josep Orencio guardaría para siempre en la memoria— sólo él alcanzó a leerlo y la hizo conocer a su escribiente, un mulato fornido y especial. Un angola. Ambos compartían desde hacía años los intereses que involucraban a la familia Correas de Larrea. Era su guardaespaldas, su confidente, el encargado de todas las llaves, de las joyas, de la economía doméstica... Siguiendo un uso de la época.
En su transmisión oral a su benjamín Santiago (nacido en 1840, casi treinta años después) solía aclararle a este hijo menor con quien viviría sus últimos años, que de aquellos propósitos, sólo habíase cumplido el principio y el medio. Mientras que el final –desconocido quedó inconcluso. Como único legado supo decirle al niño, que amara la tierra de sus ancestros y que no se separara nunca de la identidad hispánica. Ambos nacieron, vivieron y murieron en el Cono Sur Sudamericano y nunca cruzaron el océano.
¿Era acaso la Constitución y el pensamiento rousseauliano lo único que movía a los hombres de 1813? ¿O había además un magno proyecto de unidad hispanoamericana como la que puso en marcha Simón Bolívar cuando creó la Gran Colombia? ... Cuando padre e hijo dialogaban entre sí hacia la mitad del siglo XIX, esta nación desgarrada por guerras civiles aún no tenía Constitución y hallábase sumamente fragmentada. Es el período trágico de más de medio siglo de duración conocido como La Anarquía.
De igual modo es válido señalar que la primera Constitución de Argentina –haciendo honor a sus ideas y propósitos fue la de la Provincia de Córdoba dictada poco después, en 1820, por el gobernador Dr. Juan Bautista Bustos. También se creó aquí bajo ese mismo gobierno el primer Registro Civil de las personas, amén de numerosas escuelas laicas. También se separó a la Universidad de Córdoba de la conducción religiosa franciscana (en cuyas manos quedó luego de ser expulsados los maestros jesuitas) y fue declarada universidad del estado provincial. Había coherencia. Poco después el 2 de diciembre de 1826 la Provincia de Córdoba se separa de la Confederación Argentina, dado que no puede continuar unida a una nación sin Constitución ni Registro Civil, lo que ponía nuevamente sobre el tapete el desajuste ideológico que principió en 1808. La Constitución Argentina recién se hará efectiva en 1953, y el Código Civil será obra del abogado cordobés Dr. Dalamacio Vélez Sársfield.

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Don Orencio terminó de leer la carta de su hermano Ignacio y volvió a doblarla. Quedóse con ella en la mano meditando, mientras observaba una vez más con detenimiento el sello del lacre, a fin de asegurarse. La releyó. Capturó su contenido y a continuación consultó con su guardaespaldas “angola” el cual aconsejó seguir las indicaciones de Don Ignacio y quemar la carta, pues era muy comprometida. Estaba siempre cerca suyo, situación muy corriente por aquel tiempo y se caracterizaba por su prudencia. Llamábase Tomás o Tobías o Tobiano… o Tulio. Había nacido allí. Don Josep Orencio lo escuchó y entonces ordenóle traer una lumbre.
El mulatón fornido que oficiaba de criado, portero, guardaespaldas, secretario, guardallaves y hasta de amigo y confidente de su señor, se retiró al interior de la casona para volver luego con un candelabro encendido. Don Orencio la releyó para ambos en voz alta, pues era siempre mejor confiar en dos memorias, la suya y la de su valet y consejero... Y entre ambos vieron arder las negras letras contenidas en la carta, hasta que las llamas convirtieron todo en ceniza.

UNA ESPERA INTERMINABLE

Aunque el Chasqui siempre se presentaba ruidosamente y los vecinos conocieron de su llegada (atisbándolo por curiosidad detrás de las rejas de sus jardines), en esos días difíciles cuando los cordobeses desconfiaban todos entre sí, el secreto contenido en aquella carta lacrada, había quedado resguardado. Sellado entre aquellos dos hombres que desde hacía años lo compartían todo. Don Josep Orencio y el Tobías.
Nada se comentó fuera de la familia —e incluso parece que tampoco dentro de ella, explicándola como si se tratase de un hecho comercial más— aunque la inquietud del dueño de casa por esa correspondencia, era comprensible. Aún desfigurando las razones, el cambio se hizo notorio. Hombre vigoroso e inquieto, Josep Orencio aumentó sus tensiones de carácter. Parecía querer estable¬cer un orden aún más estricto para su familia.
Un mulatillo juguetón pero avispado, montó guardia junto a la reja de entrada desde ese momento, en forma incansable. Para disimular se le indicó que jugara, curioseara como haciendo ocio o regara las plantas profusas que contorneaban la reja. En tanto desde el portal interior el mulatón vigilaba al pequeño vigilante. Y era él realmente quien aguardaba al futuro huésped, pues era el único además de su amo, que estaba al corriente de todo. Ambos siempre fueron mutuamente confidentes.
Nada, ningún movimiento externo, escaparía nunca a su negrísima y alerta mirada.
Sin embargo, el viajero fue aún más precavido que ellos y demoró muchísimo en presentarse (desde el momento en que se hizo anunciar por escrito) consumiendo la paciencia de los dos vigilantes. La llegada no se producía. Tenía él sin duda alguna, un especial interés de que nadie –ni aquí o allá–¬ se informase de su arribo a Córdoba.

(FIN TERCERA PARTE


Alejandra Correas Vázquez

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