La PAZ y el AMANECER

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La PAZ y el AMANECER

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Miér Ago 10, 2016 1:07 am

L A P A Z
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La tarde se cubrió de sombras y el horizonte se desdibujó ante la vista. La tierra envuelta en humaredas parecía continuarse con el aire, mientras el cielo había tomado la coloración de la noche.

Las puertas y ventanas se cerraron. Las manos adelantaron la tormenta... la violencia. Y por las calles vacías una mirada deambulaba buscando su refugio.

-¡Allá!- le gritaron voces ocultas

Pero al llegar al extremo indicado se encontró con las bocas negras de la Guerra. La sombra y la vorágine. El horizonte estaba aún más fundido con el aire y la visión se ennegrecía.

Quiso acercarse a una de ellas para apartarla, despejando el camino, pero el huracán penetró en los senderos arrojando su niebla.

Una mano gris se posó sobre su cabeza confundida, transmitiéndole la paz del sueño. Y allí quedó tendido. Inerte. Dolorido.

Hasta una aurora nueva donde fue despertando lentamente...

Ante él delineábase otra vez el horizonte, impregnando sus ojos de asombro. Conmoviéndolo. Inquietándolo con la sugestión extraña, insólita, del escenario nuevo que ahora lo rodeaba.

Cuando resurgió finalmente del letargo emprendió el regreso por las tierras conocidas. Con la cabeza inclinada iba observando los deshechos de la Guerra... Cuando un gigante de muchos ojos se irguió delante suyo, ocultándole el nuevo paisaje. De cada ojo se asomó una cara y todos tenían la palidez de la luna.

-No viven- se dijo

-¡Sí!- le contestó una voz -Son los que habitan en esa gran casa. Llevan sus hijos en vehículos de ruedas. Ellos trajeron la tormenta y fundaron este amanecer sobre las ruinas.

El se acercó y luego de llamarlos, quiso penetrar en el edificio que se elevaba sobre la tierra con su multitud de ventanas. Pero se cerraron de improviso como un gigante dormido. Sólo uno de ellos quedó observándolo desde la puerta.


-¿De dónde vienes? Eres distinto a nosotros. No te conocemos.

-Yo...viví bajo este sol. Ustedes trajeron aquella noche. Esa terrible batalla. El mundo en que nací quedó borrado entre las huellas del suelo.

Volvió la cabeza alejándose en dirección al sur. Una brisa cubría la atmósfera inundando de olvido la ruta antigua que abandonaba. Caminó entre desiertos. Diminutas partículas de sal sobrevolaban los costados. Caminó entre montañas. Numerosos guijarros sacudían su calzado.


De improviso, una presencia extraña se interpuso frente a él, cerrándole el acceso al único pasaje que aún quedaba. Emergía de la tierra y le habló, envolviéndolo en sus brazos desprovistos de manos.

-No avances más.

-Voy en busca de las tierras bajas- le contestó

-Vuelve con aquél que te abrió su puerta. Juntos los dos darán color a las caras de las otras ventanas y el frío de la luna se apartará de los hombres.

-Voy en busca de un escenario que me recuerde el hogar- volvió a contestarle

-¡Vuelve! Cuando cayó el rayo fuiste el único que escuchó mis voces. Mi mano adormeció tu cabeza y un día la tierra recobró su claridad... La Aurora te espera.

El giró entonces su rostro para observar la inmensa construcción, desde la lejanía adonde ahora se hallaba. La casa de cemento semejaba a una gran piedra amarilla, inserta entre las quebradas rocosas de la serranía. Los perfiles del fondo le recordaron visiones imborrables del pasado... Y mientras retornaba... reconoció el canto de los insectos

En su mano llevaba un cristal.

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Alejandra Correas Vázquez
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