IMAGO MUNDI

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IMAGO MUNDI

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Mar Sep 20, 2016 6:07 am

IMAGO MUNDI
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(LA DESPEDIDA DE ROMILIO RIBEROS)
por Alejandra Correas Vázquez
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—Voy a traerte las tintas mías. Doradas y Platearas. Unicas. Alemanas. Voy a traértelas mañana o pasado. Porque yo no voy a pintar más, Alejandra.

—¡Como es eso, Romilio! ¿Qué no vas a pintar más? ¡No! ¡No lo acepto! No me lo vuelvas a repetir. No. No me vuelvas a decir algo semejante. No, Romilio— contestéle con cierto asombro y disgusto

—Sí, Alejandra, tal como lo he dicho. Yo no voy a pintar más. Por eso voy a traerte mis tintas doradas y plateadas. Te van a venir muy bien, para este trabajo tan lindo que estás haciendo… Porque yo no voy a pintar más, Alejandra— insistióme mi hermano del alma, mi amigo indio

¡Y yo no aceptaba cuánto él me decía!... en aquella bella mañana soleada mateando ambos en mi atelier de pintura, mientras un frescor suavizaba la tibieza del verano entrante.

Mi atelier de pintura hallábase ubicado en la terraza del mismo departamento donde yo vivía. Calle Belgrano al 200. Desde allí veíamos cara a cara las cariátides del teatro Rivera Indarte. La Avenida Argentina. La Cañada, La Plaza del Oso y hasta la sierra en lejanía. Las palomas revoloteaban y un aguilucho solitario planeaba pacíficamente. El cielo celeste de Córdoba en ese día invitaba a pintar.

Todo era en aquel mediodía radiante —claro— mientras yo continuaba feliz pincel en mano, porque soy pintora de alma y porque había recibido la visita matinal (para mí que a esa hora matinal recién me levantaba, aunque él aún no habíase acostado desde la noche anterior) …del que era mi hermano en el alma: Romilio Riberos.

—No vas a desprenderte de tus tintas Romilio, pues yo tengo aquí tintas doradas y plateadas— le expuse

—Las mías son mejores y quiero traértelas mañana o pasado —insistió con una apariencia muy tranquila— Yo no voy a pintar más, Alejandra, por ello quiero que pintes con mis tintas. Mañana o pasado vuelvo para traértelas.

Pero no habría ni mañana ni pasado mañana. Nunca más volvería yo a verlo. Ni tampoco llegaría a traerme aquellas tintas prometidas. Nunca más lo tendría física y materialmente presente. Ni nadie más pudo ya gozar con su presencia. Se fue al día siguiente volando como un cóndor junto a sus dioses indios…
Pero para siempre quedaría indeleble conmigo, con su mensaje:

—Quiero decirte algo, Alejandra, no lo olvides: Vos y yo somos orgullosos porque somos Indios.

Así me dijo Romilio al despedirse, en aquel mediodía soleado con un ventanal que nos iluminaba en esa luminosa terraza. Fueron sus últimas palabras para mí. Su mensaje. Su despedida.

—“¡Vos y yo somos orgullosos porque somos Indios!”

De inmediato fui hasta un espejo, también soleado y bien claro. Contemplé mi larga cabellera rubia. Mis ojos azules. Mi tez rosada. Mi llamado “perfil griego” (como decíanme en la querida Escuela de Bellas Artes). Mi herencia vasca y celta… ¿Por dónde era yo india?

He pasado bellos tiempos tratando de interpretarlo. No me ha sido difícil, pues no estaba él hablando, evidentemente de una raza. Hablaba de la Pachamama, de Inti, de los valores ancestrales de este Calicanto, de este arcaico Tucumán que aún sobrevive en la médula de nuestra Córdoba y sus sierras. En el estímulo que a ambos nos proyectaba en una tarea artística plena de vivencias emotivas, enraizadas en nuestra “yajsta”. En una amistad duradera e irrompible de 15 años, que nunca tuvo fracturas, llevándonos en un ideal común, para deslizarnos bajo la piel y el alma de nuestro terruño. Aquello que está más allá de las razas, de los invasores, los inmigrantes y los autóctonos.

Me lo dejó como mensaje. Me lo dejó como propósito de vida. Como ideario subyacente del esfuerzo real. Imperecedero. Inviolable. Inamovible. Y he continuado con él, del modo mismo, que cuando Romilio estaba entre nosotros quienes éramos sus amigos y familia. Su entorno.

La noche subsiguiente cuando me llamaron para darme la triste noticia, imprevista e inesperada, quedé de pronto muda con el teléfono en la mano. Sin poder reaccionar en los primeros momentos. Parecía que yo también habíame retirado de este mundo, como acontece, o quizás como uno desea en situaciones extremas… Luego iría recuperando mi pensamiento y mi palabra. Nunca derramé una lágrima. Hubiera sido ofenderlo, pues el verdadero Indio nunca llora. Debe reír, cantar y bailar, frente al dolor.

Recuperé mis fuerzas y mi ánimo, lo suficiente como para contestarle al amigo común que se comunicaba en ese momento conmigo —y con quien mantengo una gran amistad— de profesión abogado y de vocación filósofo, que no deseaba ir. No. No iría ¡No!... él supo entenderme.

—Quiero a Romilio siempre “vivo”. Quiero su imagen de vida. De alegría y movimiento. No quiero cambiar esta imagen. Siempre estará vivo en mí. Yo lo quiero vivo en mí. No iré.

Y no fui. Alguien que caminó por las calles de Córdoba desparramando con su juventud y su energía, emoción de vivir, necesita ser mantenido en el pensamiento de cuántos lo amábamos, con el mismo fuego vital.

Tengo sin duda que ser India como él, en ese rincón interno que es el “Ka”. Dicen los egipcios que cada ser, cada lugar, cada casa, cada país… tiene un Ka. De modo que tiene un Ka nuestro río Suquia, tiene un Ka nuestra Córdoba, tiene un Ka el Calicanto ¡Y el Ka es inmortal! Como no muere, el Tucumán de antaño, el Gran Tucumán de los Reyes Tucman, está vivo en su Ka.

En la concepción egipcia el “Ba” es transitorio —siendo alma— pero el Ka pertenece a lo que nunca muere ni se extingue. Allí en el Ka está la Pachamama que cambia de razas y de huéspedes. Creo que allí Romilio y Yo —Alejandra— somos iguales. Igualmente Indios. Porque somos los hijos de ese “Ka” sudamericano, el Ka eterno de la Pachamama. Y el Gran Tucumán pervive en su alma inmortal. Aquí mismo, donde Córdoba del Tucumán o bien la Córdoba de la Nueva Andalucía es, sólo un “reciclo” nuevo por y para el Ka eterno… Pues, como dijo el Poeta; “No hay nada nuevo bajo el Sol”.

Cuando nos adentramos en el nebuloso mundo interior, donde transita el artista, en ese espacio inmaterial dentro del cual él provee de cuerpo tangible a las formas, vemos surgir mentalmente una esfera purísima que contiene la vida. Estamos allí verificando el significado del “Ka”, que palpita cual un fuego, pero al mismo tiempo es inasible.

En estos momentos de caos e incertidumbre, con una ciudadanía decepcionada que pareciera sumergida en el abismo, viviendo en una sociedad que ya no brinda abrigo a sus habitantes, si retrotraemos el pensamiento hacia los confines de la eternidad, nos sentiremos reconfortados mediante esa esperanza del “Ka”.

Si fuésemos a considerar el tiempo presente como una metáfora desglosada de la palabra, entonces tendríamos que el pensamiento nos predispone a la creación artística con más fuerza, cuando ésta responde a los valores primordiales que recogemos de la Pachamama. Cual es el terruño. O sea hogar. O sea “Yajsta”.

Romilio abarcó ese espacio y lo transfirió en su derredor. Algunos lo compartimos con él. Lo incorporamos y queremos hacer nuestro aporte, allí, con la conciencia clara de una búsqueda paralela a la suya, en un escenario que nos ha precedido a todos:

“Generación va. Generación viene.
Más la tierra siempre permanece”

El humus, la greda, la arena, toda esa materia terrestre es “Huallpa”. La Pachamama es en cambio inmaterial, mental, espiritual, como corresponde a una Diosa: ella es toda Ka, pues Pachamama es el Ka de la tierra (huallpa), no teniendo por tanto mortalidad. Morirá el “Ba” de Huallpa, pero no Pachamama.

Con Romilio Riberos esta concepción convertíase en poema, al escucharlo o dialogar con él, pero era transferible y transparente. En sus recitales tenía un público entusiasta.

Su despedida fue absolutamente conceptual. Me habló de tintas doradas por Inti, y de tintas plateadas por Quilla. Por el Sol y la Luna, que son los padres celestes del Incario. Se despidió en un mediodía luminoso como un Hijo del Sol, cual un noble “Orejón”, con su perfil incásico semiaquilino y su estampa alta, de grandes espaldas, como Atahuallpa el último Inca.

—Somos Indios— repercute siempre desde entonces, en mi oído de piel blanca

Y en esta imagen última de su despedida, llena de vida, que he titulado “IMAGO MUNDI”, como llamábase uno de sus poemas favoritos, de un libro nunca impreso (o que no llegó a mí) voy a transcribir lo que él escribió para mí como regalo de cumpleaños. En un momento en que su poesía parece evaporada por el viento, difícil de encontrar o escondida voluntariamente, este trozo literario de una lírica exquisita, donde se trasunta su estilo refinado y penetrante con esas imágenes tan suyas poético-mágicas, representa el cierre a mi evocación sobre Romilio Riberos.

Me lo trajo el día de mi cumpleaños que es el 14 de octubre y lo había escrito 5 días antes, cuando está fechado y firmado.

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Alejandra Correas Vázquez

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