La Pensión

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La Pensión

Mensaje  Isa el Miér Abr 09, 2008 8:44 pm

Este es mi cuento, lo publiqué en mi escuela en la revista escolar el año pasado y gané el concurso del mes con él =). Espero que les guste aqui


La Pensión

Junio, 1943
Todos los inviernos los pasaba ahí. Cada invierno, sin que pudiera negarme, mis padres me mandaban una temporada con mis tíos Alicia y Julio.
Pero no eran vacaciones cualquieras: mis tíos no vivían en una casa, como la gente normal. No, señor. Ellos eran dueños de una pensión, una pensión enorme, sucia, vieja, y pobre, la Pensión Los Sauces.
Y ahí vivían.
Mi temporada en Los Sauces habría sido una tortura de no ser por mi gran amiga a la que adoraba con toda el alma: Teresa.
Teresa era mi mejor amiga. Ella y su familia vivían en Los Sauces desde que Teresa y yo teníamos cinco años, y siempre nos veíamos, y desde la primera vez habíamos sido amigos.
La familia de Teresa inmigraba de Italia, ella tenía seis hermanos de los cuales era la mayor. Su madre vivía cuidando a los niños, y su padre estaba de un trabajo en otro, sin quedarce con ninguno.
La pensión era gigantesca, tanto que no se usaba toda. Había partes que estaban aboandonadas y a las que no se subía nunca. Y como era vieja y había sido construida en otros tiempos, una parte era como la de una lujosa casa colonial, y la otra como la de un vulgar conventillo, con dos patios y techos de chapas.
Es que era un conventillo más que una pensión. Pero a Teresa y a mí nos encantaba meternos en los pisos que no se usaban, en los cuartos y sótanos viejos, y sobre todo, molestar a los que vivían en la pensión.
Cada año solían cambiar: a veces había más y a veces menos. Pero había un grupo que desde el inicio de los tiempos estaba alojado ahí: uno era un anciano como de noventa años (Fausto), que vivía en un piso alto, su habitación conectaba al primer patio, y estaba lleno de canarios. Un día, Teresa y yo le robamos un canario para ponerle una trampa a un gato que siempre maullaba en las noches y no nos dejaba dormir. Nos metimos en un enorme lío, sobre todo la familia de Teresa, que era odiada por la mayoría de los pensionados, ya que los niños pequeños de la familia siempre vivían molestando.
También había dos viejas que eran hermanas, creo: Elvira y Olga se llamaban. Eran dos viejas insoportables, que detestaban a Teresa porque era pobre y sucia. ¡Como si ellas fueran dos damas inglesas! Vivían llamándola "la niña zaparrastrosa" y me aseguraban que "un niño tan aplicado y bueno como yo no tenía que juntarce con alguien como ella, pues me corrompería".
Después estaba un hombre que en su vida había pagado la cuota de la pensión: Maldiño Roldán, y era un verdadero diablo, peor que el padre de Teresa. Todas las noches llegaba borracho y siempre estaba robándome las cosas que yo llebava.
Yo no era lo que se dice "un niño zaparrastroso". Por el contrario, era un niño muy mimado por mis padres, siemprfe andaba prolijo y peinado, y era aplicado en mis estudios. Estaba lleno de juguetes, y solía llevarlos a la pensión para mostrácelos a Tere. Maldiño Roldán siempre me los robaba y supongo que los vendía.
Después estaban una mujer como de cincuenta años, Doña Irene. Era simpática con nosotros, y nos quería, a veces hasta nos horneaba galletas. Pero era muy molesta, y siempre nos regañaba muchísimo si hacíamos algo malo (que era todo el tiempo, porque cuando Tere y yo nos juntábamos no había quien nos parara). Tenía un hijo de verdad llamado Enrique, un gordo mimado por su madre que nos llebaba cosa de ocho años a Teresa y a mí. Siempre nos molestaba, era un abusibo. Y tenía también una hija adoptiva llamada Milagros. Milagros era la chica más linda del mundo, nos llebaba dos años a mí y a Teresa, pero casi nunca jugaba con nosotros.
A Teresa no le agradaba nada Milagros, y yo nunca había entendido por qué, ya que me parecía muy linda. Una vez, a los siete años, llegué a pedirle que me diera un beso, pero ella no quiso. Recuerdo que un día le pregunté a mi tía por qué creía que a Tere no le agradaba Milagros, y ella contestó:
-Debe estar celosa, porque sabe que Milagros te gusta.
Nunca lo comprendí, ya que no consideraba a Tere como a una chica, sino como a un amigo. Sin embargo ahora lo entiendo, lo entiendo muy bien.
Aquel invierno llegué a la pensión con mis maletas en las manos y mi ropa de viaje puesta. Ya tenía trece años y hacía tiempo que no veía a Teresa. Estaba impaciente por verla.
Mi tía y mi tío me recibieron en la puerta. Mi tío dijo que llebaría mis maletas a mi cuarto (que todos los años era el mismo) y yo le pregunté en donde estaba Teresa.
-En el segundo patio, esperándote. -contestó mi tío.
Yo salí corriendo en dirección al patio.
Ahí estaba Tere, juntando ojas secas que caían de los árboles de la calle. Las traía al patio enroscadas en su vestido y las dejaba en el piso.
-¡Tere! -le grité contento.
Ella giró la cabeza y sonrió al verme.
-¡Marcos!
Los dos nos abrazamos. Siempre lo hacíamos. A mí no em importaba que Teresa estuviera sucia, o que oliera a salame, o que tuviera el pelo pegajoso y las uñas largas.
Menos que eso: después del abrazo, cuando pude mirarla bien, comprobé que la veía más grande. No solo había crecido... la sentía diferente. Y sentí algo que nunca había sentido en su precencia: verguenza.
-¡Te estaba esperando! -gritó ella. -Mira todas las ojas que junté para que saltáramos en ellas.
-¡Hiciste una pila gigante! -me entusiasmé yo. -¿Oye, te hiciste algo?
-No ¿hacerme qué?
-No sé, estas cambiada.
-Estoy más alta. -sonrió ella -Y aunque seas niño, a tí no puedo ocultarte nada.
Miró para ambos lados como si tuviera un enorme secreto. Después me susurró al oído:
-Ya soy una señorita.
Yo lo miré desconcertado sin saber que quería decir aquello. Después de que ella me lo explicara, me quedé pensativo.
-Ya casi somos jóvenes. -dije.
-¡Oh, no! Falta mucho para eso. Yo quiero seguir siendo una niña. ¡Ven, vamos a jugar!
Y diciendo esto se arrojó a la enorme pila de ojas secas desparramándolas por todo el patio. La obvservé... no me divertía.
-Mejor charlemos. -dije.
Ella me miró tristemente.
-Siempre te gustó saltar en las ojas.
-Ya somos grandes, Tere. Vamos a charlar. ¿Cómo está tu familia?
-Oh, igual. El bebé va creciendo. Pero no quiero charlar, quiero jugar. ¡Qué aburrido estás!
-Ya eres grande para jugar. -dije, observando que era más alta que yo.
Ella me miró y frunció el seño.
-¿No hablas en serio, verdad? ¿Tanto cambiaste en un año? ¿Vas a ser como la vieja Irene que nos dice que somos grandes para hacer tonterías? -me reprochó.
-No, yo "quiero" hacer cosas contigo. Pero no jugar en las ojas. -le dije temiendo que se enfadara.
-Está bien, si no quieres no lo haremos. Pero... es que si de verdad estás creciendo te van a dejar de divertir las cosas que hacíamos.
-No creo. Solo jugar en las ojas y además no traje juguetes para mostrarte. pero aparte de eso, podemos hacer lo que siempre hacemos.
-¿Qué te parece que todos se enteraran de que estás aqui? -me dijo, con una sonrisa maliciosa.
-¿Y qué mejor para que se enteren que una buena broma? -sonreí yo.
-¡Exacto! ¡Ven!
Los dos salimos corriendo hacia el primer patio, en donde estaban las habitaciones de la mayoría de los pensionados.
En el centro del patio había una fuente espantosa. Nunca recuerdo que haya funcionado, y el agua estaba verde y llena de moho.
-Tírate a la fuente. -ordenó Teresa.
Yo la miré con los ojos abiertos.
-¡¿Estás loca?! ¡Mira esa agua!
-¡Pero te has metido varias veces!
-Sí, pero...
La miré: estaba empezando a preocuparle que yo hubiera "cambiado" mucho. Sacudí la cabeza.
-Me meto. -dije -¿Qué tengo que hacer después?
-Solo espera mi señal, creo que esto ya lo hemos hecho. ¡Sumérgete del todo!
Haciendo fuerza para no vomitar, me sumergí en la fuente. Desde ahí pude ver a Teresa haciendo señas locas y recordé la broma del hermanito que se ahogaba.
-¡Se ahoga mi ehrmano! ¡Se ahoga! -gritaab Teresa.
Como si estuvieramos conectados por el pensamiento, yo empecé a moverme bajo el agua como si me estuviera ahogando. Entonces vi como todos se reunían alrededor de la fuenta preocupados, y unas manos me arrastraron hacia la superficie... Y di cara a cara con el viejo Fausto.
Al verme volvió a arrojarme a la fuente con violencia, y yo volví a salir riendo.
Automáticamente todos comensaron a reprendernos.
-Niña usted ya es una señorita como para hacere stas cosas. -le decían a Teresa, peor ella seguraba que jamás crecería.
-Y Marcos tampoco. -agregó.
Probablemente un año atrás habría estado de acuerdo con ella.
Cuando todos volvieron a sus habitaciones, Teresa descolgó una toalla del tendedro de la vieja Jeki y me la pasó para que me cecara.
-Ya estoy grande para meterme en esa fuente, no entro. -le dije.
-No estás grande para nada, solo estás más alto... Sí, es verdad que te ves grande pero "tienes" que seguir sienbdo el mismo. -me contestó ella.
Entonces los dos levantamos la cabeza. En un pequeño balcón que dava al patio estaba Milagros mirándonos intrigada. Yo me quedé boquiabierta al verla: quince años tenía, si no me equivocaba. Era muy hermosa, demaciado.
-Volviste Marcos. -sonrió bajando las escaleras -Y tú ya lo obligaste a hacer alguna cosa infantil. -le dijo a Teresa.
-No lo obligué a hacer nada. -aclaró Teresa sin mirarla -Vamos, Marcos.
-Marcos no se quiere ir, Tere, no seas mala. -sonrió Milagros -Ya somos grandes, quedémonos hablando.
-¡La única grande sos vos! A Marcos y a mí eso no nos divierte. Vamonos, Marcos.
Seguí a Teresa como hacía siempre, pero giré la cabeza para ver a Milagros que me sonreía con su sonrisa angelical. Su pelo negro y enrulado caía por sobre sus hombros mucho más largo que el año anterior... y a decir verdad, se me había "parado" al verla.
-Tonta. -dijo Teresa una vez fuimos a mi habitación para sentarnos. -Siempre molestando, y ahora resulta que quiere estar con nosotros.
-Ya dejala. -le dije yo -Pasa a contarme las novedades sobre todos.
Y ahí no más Tere comensó con los chismes sobre los pensionados. La verdad era que estar así con ella nunca dejaría de entretenerme.
Me fuí a los dos meses, y al año siguiente no regresé, ya que mi madre quedó embarazada y mis padres no realizarían su habitual viaje de negocios ese año.
Pero sí volví al año siguiente.

Isa

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Re: La Pensión

Mensaje  Isa el Miér Abr 09, 2008 8:45 pm

Mi sorpresa al ver a Teresa fue impresionante. Ya no era la misma chica, era una mujer.
Corrrió a abrazarme como hacía siempre.
-¡Marcos, Marquitos! -sonrió -¡Te extrañé! ¿Te llegó mi última carta?
-Las dos veces. -sonreí yo.
-Vení, vamos a tu cuarto que te ayudo a ordenar todo.
Nuestra conversación mientras ordenabamos mi ropa en el armario fue muy distinta a las conversaciones que teníamos siemre. Hablábamos como dos adultos, practicamente, y entonces me di cuenta de que Tere esra distinta.
-Estás muy bien. -le dije una vez hubimos terminado y no hubimos sentado sobre mi cama. -No vas a negarme que estás crecida.
-¡Pasaron dos años! -dijo ella -No me iba a quedar petisa, pero tú creciste mucho más que yo.
Yo comparé nuestras alturas: era cierto, estaba más alto que ella.
-Me alegro, porque era un temendo papelón estar más bajo que tú.
Ella sonrió, cuando sonreía se le hacían dos ollitos en la boca. Nunca lo había notado.
-Vamos a saludar a todos. -dijo entonces, parándoce. -¡Me muero por ver la cara de Enrique cuando vea que estás más alto que él!
-Yo también. -sonreí -¿pero a que te refieres con "saludar"?
Ella se sonrojó.
-Pues a que pasemos a saludarlos... No creas que te haré meterte en la fuente.
Salimos al primer patio y golpeamos la puerta de Doña Irene. Ella nos abrió contenta y nos dijo las mismas frases de todos los años.
-Enrique está viendo escuchando la radio. -advirtió -Supongo que irá a saludarlos después. Pero creo que Mili está en la biblioteca, vayan a buscarla.
Los dos salimos del cuarto de Doña Irene y nos fuimos a sentar en la fuente.
-¿Milagros en la biblioteca? -le pregunté yo.
-Últimamente le agarró no sé que con los libros y se está haciendo la inteligente. -contestó Teresa.
-¿Vamos a verla?
-No.
-¡Por favor, Tere!
-No, Marcos, ya sabes que no me cae bien.
-Quiero verla, a ver cuanto cambió en dos años.
-Ella nada, pero su autoestima sí. El bago ese del hermano la está "usando" para hacer "algunos negocios" que siempre terminan mal y se ganó que toda la pensión la llamara como ya sabes...
Yo la miré esperando que me dijera la palabra.
-Prostituta. -dijo bajito.
-¡¿Qué hizo?!
-¡No sé los detalles! Y aunque los supiera no me animaría a contártelos.
Yo me quedé pensativo.
-Vamos a verla. -le dije.
Teresa resopló y se levantó.
Nos metimos por un corredor y cruzamos la primer ala de la pensión, para llegar a la parte de la casa colonial. Después llegamos a una puerta cerca de el conjunto de habitaciones en donde vivían mis tíos. La cruzamos y dimos con un corredor que conducía a tres puertas: dos eran estares que nunca se usaban para nada, pero estaban llenos de muebles antiguos, y la del fondo conducía a una escalera que llebaba a un piso que jamás se usaba por casi nadie. En este piso había dos corredores, uno que estaba lleno de escaleras y habitaciones abandonadas que Tere y yo recorríamos cuando eramos niños, y el otro que llebaba a un pequeño baño roto, a una sala en la que se guardaban cosas viejas, y a la enorme y abandonada biblioteca, llena de libros que nadie leía.
Entramos a la biblioteca en donde Milagros estaba sentada con un libro de catequismo. A mí me pareció bastante ridículo.
-Ey, tarásita. -la llamó Teresa para mi sorpresa.
-¿Qué pasa, zaparrastrosa? -le contestó Milagros sin sacar la mirada del libro.
Yo me sorprendí por como se trataban: nunca había sido así. Jamás se habían llebado bien, era cierto, pero... nunca a tal extremo de insultarce.
-Mira quien vino. -dijo Teresa sentándoce.
Milagros levantó la vista y sonrió al verme. Entonces pude verla mejor: era cierto que ya no era tan hermosa como antes, no tenía ese esplendor de la última vez. Estaba despeinada, ojerosa, flaca, y con un maquillaje horrible.
Se levantó y corrió a abrazarme.
-¡Marcos! -dijo sonriente.
Tampoco su sonrisa era la misma: sus dientes estaban bastante sucios.
-¡Me alegra tanto que hayas venido! Me encantaría hablar contigo.
Y me miró y después miró a Teresa. Inmediatamente me di cuenta que solo buscaba molestarla.
-Después lo haremos. -le dije -Teresa y yo vamos a hacer cosas.
Tomé a Teresa de la mano y me la llevé de la biblioteca.
-¿Ya no es tu musa, no es cierto? -se rió Teresa.
-Nunca lo fue. -le dije -Nunca me gustó Milagros.
-No es verdad, dime que te interesa, yo lo sé.
Atravesamos un corredor y yo la hize subir más escaleras. Yo llebaba a Teresa de la mano y la hacía correr. No entendía por qué quería alejarla lo más posible de todo, al sitio más remoto de la pensión. Probablemente jamás, ni en las escurcioens que solíamos hacer de chicos, nos habíamos internado tanto entre las habitaciones. Finalmente, después de habernos metido en un lugar bien remoto y abandonado, en donde el techo practicamente se caía, y estaba seuro de que nadie había estado ahí en más de cincuenta años, me preguntó:
-¿Qué hacemos aqui?
-No sé. -contesté -Charlemos. Dijiste que me gusta Milagros, y nunca me gustó. Me parecía bonita, nada más, pero siempre fue vanidosa.
-Me alegra que des cuenta ahora que está fea, señor superficial. -dijo ella cruzándoce de brazos.
-Es así como es por dentro ¿no es cierto? ¿Es tarde para darme cuenta?
-No, solo es sospechoso. ¡Wau, nunca había estado aqui! -exclamó mirándo hacia un lado y otro.
Ella comensó a explorar y a hacer exclamaciones, mientras yo la miraba.
-teresa.
-¿Qué?
-Creo que me gustas tú. -le dije.
Ella me miró sorprendida.
-Me gustas de verdad, y ahora que te lo dije ya no lo creo: estoy seguro.
Nos miramos un largo tiempo sin saber como reaccionar.
-¿Y qué vas a hacer con eso? -me preguntó ella para romper el hielo.
Yo la tomé del brazo y la besé.
Nos seguimos besando así, en secreto y en esa habitación todos los días y casi a toda hora. El día que llegó el momento de regersar a mi casa, le dije que cuando terminara la escuela me casaría con ella.
Nunca volví a la Pensión los Sauces.

Y ahora, en el colectivo, quince años después, me estoy dirigiendo a la pensión. Quiero volver, quiero ver a Teresa, no me importa que ya no esté ahí, averiguaré en donde está.
Me estoy bajando del colectivo y estoy impaciente por llegar. ¡Finalmente! ¡Esta es la parada! Me bajo del colectivo y corro. Corro impaciente por llegar. Hace quince años que no voy.
Toco la puerta y la abre un niño.
-Estoy buscando a Alicia y Julio Sauceti.
-Son mis papás. -sonríe el niño -¡mami!
Mi tía aparece en la puerta. Se lleba la mano a la boca al verme y me abraza.
-¡Marcos, Marcos!
Me invita a pasar y charlamos un rato, por cortecía. Pero lo único que quiero es preguntarle por Teresa.
-Tía, solo vine por una cosa. -le digo -Estoy buscando a Teresa... la amo y necesito verla...
Ella me mira sorprendida.
-Hijo, tu sabes que Teresa ya no está más aqui. Lo sabes: tú viniste a buscarla ese día y ella ya no estaba.
-Lo sé, necesito saber adonde fueron. Fui un idiota por no ir a buscarla.
Mi tía suspira.
-Marquitos... me estuve mandando unas cartas con la madre de Teresa... a tu amiga le dió pulmonía y murió hace tres años.

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Re: La Pensión

Mensaje  Shino el Miér Abr 09, 2008 10:04 pm

Sad no estoy llorando ¬¬ solo bosteze
Sad Sad que no estoy llorando!!!!

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Localización : soy un inutil iota para que quieres saber donde estoy?
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Re: La Pensión

Mensaje  Beast Man el Vie Abr 18, 2008 5:32 am

Voy por el capitulo 1, pero me parece que esta genial, yo tambien hare un cuento que sea de mi propia inventiva, ya tengo pensada una historia y espero que la leas (No es de la de los pitufos) Mañana leo el capitulo 2 ^^ Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy

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Re: La Pensión

Mensaje  ModDac el Vie Nov 23, 2012 3:52 am

Está super!!

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Re: La Pensión

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