EL CHASQUI

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EL CHASQUI

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Sáb Dic 24, 2011 4:20 pm

EL CHASQUI
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por Alejandra Correas Vázquez

(Estampa Colonial)

1 — MATEO
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Una polvareda blanca parecía preludiar la Tormenta de Santa Rosa. El camino reseco, siempre el mismo camino, pasado el mediodía trajo una vez más hasta la Merced la presencia del Chasqui.

Como todas las veces el Chasqui (correo a caballo) llegaba con más noticias verbales que escritas. Había sí, una correspondencia lacrada procedente de Lima, la capital Virreinal, quien nunca olvidaba de tarde en tarde a sus habitantes del Tucumán.

Mateo descendió de su caballo extenuado y sediento. Y luego de entregar como buen chasqui criollo el pliego lacrado al señor encomendero, fue encaminándose hacia la cocina... entrando en ella casi sumisamente. La negra Petronila no le dirigió la palabra. Estaban los dos ya muy viejos, pero aún manteníanse erguidos. Orgullosos. Inflexibles. Así había transcurrido su tiempo. El de ellos.

No pudiendo evitar nada, ni la altivez, ni el mutuo desaire, ni la continua permanencia que repetía un cuadro infinitamente igual —siempre el mismo— Moncho el mayoral, se alejó del recinto. Volvió a dejarlos solos y fue en busca de Baudilio “su pupilo”, el hijo del encomendero, a quien deseaba probar como jinete. El largo internado del colegio cordobés Nuestra Señora del Monserrat, había debilitado según él, al muchacho.

Atrás suyo quedaron Petronila y Mateo con su mundo de romance incomprensible, a través de los años.

2 — MONCHO
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—“¿Llegó Mateo?... Vi su caballo beber desesperado”— le preguntó Baudilio

—“Quedará en el camino algún día o lo matará la tormenta de Santa Rosa, si es que Mateo no lo ha matado antes. Es la forma en que lo apura Petronila”— contestóle el atlético moreno de piel azabache

—“No exageres los defectos de Petronila, pues su cocina es muy rica, la he extrañado muchísimo durante mi internado”

—“La quiero de verdad, pero no niego sus iras. Me he criado a su lado. Llegaba conmigo en brazos desde Lima, cuando nos trajo hacia aquí tu abuelo. No tuve otra madre que ella, aunque no lo fuera, ni otro padrastro que Mateo. Pero no he logrado que permanezcan juntos nunca. Sigue siendo el de ellos, el amor más increíble que contemplamos en esta Merced”— respondióle Moncho

—“La blanca Lima de balcones floridos ¿La recuerdas?”— volvió a preguntarle Baudilio

—“No. Era demasiado pequeño. Hasta el largo viaje se ha borrado de mis imágenes. Tengo presentes como propios los relatos de Petronila. Ella y yo arribamos aquí desde Lima, cual ejemplares raros. Unicos morenos puros de piel azabache en esta zona donde abundan los mulatos. Nos aceptaron al fin porque éramos capitalinos, nacidos sobre la ribera del Rimac. Y la morena lucía entonces con garbo su donaire limeño”— recordaría el mayordomo

—“No lo ha perdido, siempre luce muy altiva y airosa”.

—“Mateo me enseñó a montar. Pues aquí en el Tucumán no se veía con buen ojo que los morenos o mulatos galopáramos como los gauchos ¡Tantas veces fui después un mensajero para la Merced!”— y Moncho pareció extraviarse en sus recuerdos

3 — EL “MANCHADO”
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La tarde continuaba ventosa, árida, dispuesta a recibir a la Santa en todo su esplendor terroso. El Chasqui luego de este descanso, emprendería una vez más su camino inacabable, de siempre. Mientras que Mocho dio órdenes a un peoncito semi indio de ensillar la mejor de las montas, con arneses nuevo. El potro “Manchado” orgullo del mayordomo.

Baudilio lo contemplaba de costado, evidenciando un poco de temor. Temía realmente tanto oponerse a él, como subir a ese potro gigante. Acababa de dejar sus libros luego de un largo internado. Estudios humanistas que hiciéronle olvidar su infancia montaraz, para devolverlo a la Merced transformado en un muchacho citadino. Las visitas de Moncho —con su prestancia altiva de africano puro— fueron durante ese tiempo, las más asiduas y la mejor manera de sentirse cerca, estando lejos.

Pues el mayordomo logró, mediante su habilidad y simpatía, casi confraternizar con los porteros mulatos del Colegio Monserrat. Tener más cerca de Baudilio de lo que consiguiera su padre, una vez que lo hubiera dejado en manos de los Jesuitas... Ahora él no podía negarse a las exigencias de Moncho ¡Y sin embargo había creído cuando terminó el internado, que ya estaba libre de disciplinas!

Mateo arrastraba casi su caballo y volvían ambos a partir. El cielo se obscureció tempranamente. La Santa continuaba amenazando en forma persistente con su gran tormenta anual, pero sin decidirse a azotarlos aún. Faltaba apenas un día para el 30 de agosto.

Moncho había alcanzado al fin su objetivo y Baudilio, arriba del bravío “Manchado” sentíase un andinista, como en sus días de estudiante cuando escalaba a escondidas con sus compañeros el campanario de la Compañía de Jesús. Y desde aquella montaña equina pudo divisar al Chasqui cuando se alejaba, perdiéndose su figura emponchada entre los algarrobos. El monte lo cubrió por completo de su vista, dejando sólo sus huellas sobre el escenario, que la tormenta después barrería totalmente. Baudilio continuaba con sus prácticas bajo las indicaciones de Moncho. Recién entonces Petronila salió hecha una furia al cruce de ambos:

—“¡Con esta tormenta por caer, has sacado a un niño que apenas se mantiene en sus piernas luego de tanto encierro, para que monte al Manchado!”— no preguntaba la vieja morena... gritaba

4 — AMA DE LLAVES
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Petronila entró en la cocina y siguió sus quejas, propias de su función como ama de llaves. Desde afuera Moncho y Baudilio escuchaban con claridad cada una de sus irascibles frases, que en el interior retumbaban como truenos en la noche.

El jovenzuelo sentía temor arriba del Manchado, por su inseguridad y falta de práctica, con ausencia total de dominio sobre el animal. Pero Petronila lo hizo estremecer. Viéndolo más que tambaleante, conociendo además de sobra al Manchado, Moncho dio orden al peoncito de ayudar a bajarlo antes de que su monta lo tirara. Cosa que ya veía en su mirada.

Cuando Petronila los hubo sentado a ambos en la galería, con un mate en la mano y varios bizcochos de chicharrón, se dirigió al interior de la casa para descargar sus furias de ama de llaves, contra Eugenia y Jovita. Ellas eran dos chinitillas hijas de puesteros de la Merced, que estaban bajo sus órdenes. La obscura morena enfurecíase a cada minuto más.

Jovita, algo mestiza, de cabellera clara contrastante con su tez trigueña, coqueteaba permanentemente con el musculoso Moncho, atraída por su modales elegantes y su verbo enjundioso de mayordomo atildado. Y era más rebelde precisamente por las miradas de éste. De pronto Petronila salió a la galería, y de improviso sin que el moreno supiese la razón entró en una querella con él.

Moncho, quien creía haberla calmado, quedó mudo de asombro. No se atrevía a levantarse por miedo a ofenderla. Y estaba espantado de quedarse allí, porque tenía que escucharla.

—“Creo que el internado era menos tiránico”— comentó por lo bajo Baudilio

4 — CASA DEL VIRREY
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—“No... No la comprendes”— intervino Moncho —“Cada llegada del Chasqui es lo mismo. Comenzó al principio cuando dejó Lima. Todavía cantaba sus romanzas siendo yo un niño. Mateo, quien habíase prendado de su belleza y donaire, le traía entonces noticias todas falsas”.

—“¿De qué forma?”

—“Nuestros Chasquis son del Tucumán, nunca llegan al Alto Perú, menos aún a Lima... Pero los lacres procedían de Lima, siempre de la casa de Don Idelfonso residente allí. Tu abuelo las recibía, los contestaba, como ahora tu padre”.

—“Eso lo conozco bien”— comentóle Baudilio

—“Pero para Petronila, para ella, trasplantada al Tucumán en su madurez, arrancada de golpe, procedente de la alegre vida que un Virrey del Perú amigo de Don Idelfonso, daba a su familia, siempre de fiestas galantes... Para nuestra Petronila el chasqui Mateo traía noticias especiales. Las que ella deseaba escuchar"— y el moreno mayordomo calló sonriendo

—“¿Quién le dijo que Mateo no salía del Tucumán?”.

—“Don Idelfonso. Cuando sus gastos fueron demasiados a causa de vivir al compás de los Virreyes, vino un par de años al Tucumán donde él había heredado una Merced, rehizo su fortuna... Y deshizo las ilusiones de Petronila y la leyenda de Mateo”— contestóle Moncho

—“¿Tanto hace que lo maltrata?”

Los dos callaron al ver que el tiempo empeoraba hasta hacerles imposible su permanencia en la galería. La pesadez de la noche invadió la casona. En el adormilado entresueño del ambiento incómodo, previo a la gran tormenta anual, surcaban imágenes fugaces dejadas junto al Monserrat, para Baudilio, ahora tan lejano.

5 — TORMENTA DE SANTA ROSA
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El día siguiente fue espantoso. Manchado relinchaba con angustia. Baudilio sentíase aprisionado por el peor de los internados. Moncho daba a la peonada de gauchos, órdenes imposibles de cumplir. Eugenia y Jovita limpiaban sin sentido. Petronila las torturaba más que nunca. La Tormenta de Santa Rosa habíase adueñado de la Merced.

En medio de la borrasca que obligó a un retraso de todas las tareas camperas, la figura de Mateo fue desdibujándose del recuerdo de todos. Llegó la primavera el 21 de septiembre. Floreció el camino. Se anegaron los arroyos y el tunal maduró sus frutos. Y el arrope comenzaba a ennegrecerse en las ollas de greda roja, cuando un caballo nuevo, con un nuevo Chasqui, apareció por el portal vetusto. Todos salieron a verlo. Hasta el padre de Baudilio, el encomendero, incrédulo de lo que veía.

Esa noche agonizaba Petronila...

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Una fiebre sin límites, de ésas incurables en las Mercedes, habíase llevado a la obscura limeña nacida en la casa de un Virrey. Sus años no eran posible de ser contados. Nadie lo hizo nunca. Se mantuvo en pie, sin edad, mientras iba y volvía en su caballo el mensajero que jamás llegaba hasta la capital virreinal. Esa blanca Lima de balcones floridos erigida a orillas del río Rimac, cuyas aguas sonoras pervivieron siempre en el recuerdo nostálgico de Petronila.

Cubrieron de velas su cocina. Vistiéronse de negro Eugenia y Jovita. Recibían a toda la Merced muy circunspectos, Moncho, Baudilio y su padre. Hacia el atardecer un carruaje se detuvo en el portal y dos mulatillos bajaron a un viejo que rengueaba sosteniéndose en su bastón. Era Mateo.

6 — RELATOS DE MATEO
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—“La tormenta de Santa Rosa me tumbó a varias leguas de aquí”— entró diciendo el Chasqui —“Hubo que sacrificar a mi pobre Plateado”.

—“¡Ya no hace falta su presencia!”— expresó dolido Baudilio, casi gritando

—“Mi presencia ... se la di muchos años”— contestóle Mateo

—“Doy fe de ello”— aseguró el encomendero haciendo callar a su hijo

—“Nosotros los Chasquis conocemos los destinatarios y sus historias”— continuó triste Mateo —“Sus vidas. Sus amores. Sus guerras. Sus paces. Nuestro trabajo es la llave de todos...”

—“Nunca hemos dudado de la lealtad de un Chasqui”— argumentó otra vez el padre de Baudilio

—“Todo lo lleva y lo trae un Chasqui. Penetra en las familias y la mitad de las veces, los lacres contienen solamente el comienzo del mensaje, mientras que el final lo llevamos nosotros, secretamente, en la boca. A mi manera acompañé a Petronila”— continuó el viejo mientras buscaba una silla para hacer descansar su pierna quebrada

—“¡El la conocía mejor que nadie!”— opinó Moncho en su autoridad de mayordomo

—“Estoy seguro de ello”— aseveró el viejo Chasqui

—“Lo hemos visto por años”— opinó uno de los peones gauchos

—“Cuando su Virrey partió para ser reemplazado por otro”— comenzó a relatar Mateo —“No podía llevar a Petronila con él. No iba a regresar junto a una morena de piel azabache, al otro lado del océano. No le estaba permitido”.

—“Esa era una verdad ineludible”— aceptó el encomendero

—“Pero aquél, para ella, constituía su hogar. Su casa natal. Su familia. Hubiera debido adaptarse al nuevo Virrey, pero no supo hacerlo”.

—“No era por cierto lo mismo, no se cambia en los sentimientos como de ropaje”— aceptó Moncho

—“Don Idelfonso la envió al Tucumán. El nuevo Virrey se la entregó llena de angustia y de lágrimas. Mientras hablaba conmigo ella imaginaba a su hogar tal como había sido. Y olvidó un buen día la partida de su Virrey, borrando sus recuerdos dolorosos de Lima y dejando sólo los buenos”— explicó Mateo

—“Yo nada recuerdo de la casa del Virrey, donde nací de la doncella Vera que allá quedó. Un día siendo ya un mozo quiso verme, y llegó de visita con Don Idelfonso, pero éramos dos extraños uno del otro”— afirmó Moncho

—“Vera agradeció a Petronila tu crianza, al verte con tanta salud y vigor atlético, bien lo recuerdo, pero su vientre la llenó de hijos acostumbrados al servicio del palacio virreinal”— comentó el patrón

—“No recuerdo aquel palacio, pues era muy niño cuando me trajeron en brazos de Petronila... pero sus recuerdos llegaron a parecerme como propios. Ponía en ellos al evocarlos, una inmensa energía, que era el mismo fuego con el cual nos dominaba”— confirmó Moncho

—“Al llegar mencionaba continuamente su abandono”— insistió Mateo —“Al final decía en cambio que nosotros la habíamos arrancado por la fuerza, de su ciudad siempre alegre”.

—“¿Es eso así?”— preguntó extrañado Baudilio

—“Sí. Dio vuelta por completo a sus recuerdos, reprochándome que yo intentase colocarme adentro de ellos”— continuó relatando el Chasqui —“Que habíale mentido, viajando en engaño, paseando por la casa de un Virrey que nunca conociera ¡Pero yo lo hacía por satisfacerla!”.

—“De esto fui testigo”— aceptó Moncho

—“Petronila fue imaginando cosas increíbles”— expuso Mateo

—“¿Cuáles por ejemplo?”— preguntó intrigado Baudilio

—“Que la raptaron a medianoche de la nave adonde ella se embarcara junto a su Virrey, trayéndola por violencia a la Merced. Que nosotros fuimos sus captores y por ello, amándonos tánto nos maltrataba el día entero”.

—“Al menos reconocía sus iracundias”— dijo el encomendero

—“Ella decía además que era nuestra prisionera involuntaria. Justificaba su carácter irascible de esta manera. Esa naturaleza violenta que no podía controlar y que aumentó con sus años, cada vez más incontable. Magníficos”— evocaba Mateo con emoción

—“Será muy difícil acostumbrarnos a su ausencia... y extrañaremos sus arrebatos”— sentenció el mayordomo

—“Yo daba vida a su ancianidad, sólo con escucharla, porque los Chasquis escuchamos todo el tiempo, desde que comenzamos este oficio. Transmití sus mensajes cientos de veces y le traje otros miles. El océano le brindaba continuamente, Chasqui por Chasqui, las noticias de su Virrey... Pero todo era fantasía mía, pues nunca viajé hasta Lima”.

—“Eso ya lo sabíamos”— sentenció Moncho

—“No conozco la capital de nuestro inmenso Virreinato del Perú, como tampoco bebí nunca las aguas limeñas del río Rimac ni me refresqué a su orilla. Sólo recorro día tras día el Tucumán. Pero ella enviaba igualmente conmigo sus mensajes, para luego reprocharme mi falsía. Gozaba con ambas cosas”.

—“Me asombra todo”— comentó Baudilio con su lógica monserratense

—“Hice posible a través de mi imaginación”— continuó el Chasqui —“Uniendo retazos de conversaciones mantenidas con Don Idelfonso, su permanencia en esa Lima palaciega que nosotros no conocimos. Sólo ella en la casa de su Virrey”.

—“Logró dar continuidad a un tiempo terminado, pero que en Petronila seguía vivo”— opinó el padre de Baudilio

—“Vivió una infancia inacabable”— dijo el discípulo de los Jesuitas

—“Creo que así fue”— aceptó Moncho

7 — EL TUCO
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Cuando las tinieblas nocturnas replegaron a todos y Petronila comenzaba al fin su descanso eterno, de una vida centenaria, Moncho y Baudilio quedaron nuevamente solos en la galería. La noche era inmensa en su obscuridad, y las estrellas luminosas destacaban a la Cruz del Sur dentro del firmamento. En esa absoluta quietud un Tuco rozó la mejilla de los dos amigos.

Su luz de un verde brillante pasó junto a ellos en vuelo recto y rasante, como fuera la vida de Petronila. Era la única señal de movimiento en aquel lugar, haciéndoles sentir a ambos extrañas sensaciones, como si ella se despidiera por intermedio de ese mensajero de la noche.

—“Vuelvo a decirte que éste fue, el amor más sorprendente que contemplamos en nuestra Merced”— le insistió Moncho

Y quedarían nuevamente callados. Un silencio espeso iba cayendo sobre la galería, ausente de violencias domésticas y nostálgicas de ellas.

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Alejandra Correas Vázquez

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