Un final perfecto

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Un final perfecto

Mensaje  Peter Schoenau el Sáb Jun 16, 2012 7:21 pm

Extracto de la novela "Un final perfecto", publicada por editores Dunken, Buenos Aires

Nota personal del autor: Ya que la trama de la novela se desarrolla en Argentina me recuerda el hecho que, como en las vidas de las personas, también en la vida de los países no siempre hay un final ni perfecto, ni feliz.
Sobre la puerta de bronce que cerraba la sepultura, colgaba una imagen en relieve. En ella, un hombre sostenía en sus brazos a una mujer bajo la mirada de dos ángeles que con bondadosa sonrisa tocaban el bandoneón.
La imagen portaba la siguiente leyenda:
Alto lo veo, y cabal
con el alma comedida
capaz de no alzar la voz
y de jugarse la vida
nadie con paso más firme
habrá pisado la tierra
nadie era como él
en el amor y en la guerra.
El hombre que terminaba de leer la leyenda esbozó apenas una sonrisa. No cualquiera tenía la dicha de leer su propio epitafio.
El vuelo matutino de Aerolíneas llevaba una cantidad moderada de pasajeros. En su mayor parte, eran parientes de inmigrantes que visitaban a sus familiares, a los que se sumaban los habituales turistas y algunos hombres de negocios. El hombre sentado en la sexta fila, del lado del pasillo, abrió la revista sobre la mesita rebatible. Era la publicación bimestral de la aerolínea. En la parte central de la revista, el hombre encontró un artículo titulado “El renacimiento del tango”. Su autor decía que si bien no conocía a ningún sucesor digno de Carlos Gardel, en la actual escena del tango existía al menos un hombre que le pisaba los talones: Joaquín Durango. No era la primera vez que el hombre escuchaba ese nombre. Joaquín Durango era la nueva atracción del tango. Luego de apenas tres años en el escenario, los medios le habían otorgado el título de “Rey del Tango”.
Sobrevoló los últimos renglones del artículo y se concentró en leer el texto en cursiva, al final del artículo. Era parte de la letra de un tango que la nueva estrella amaba especialmente, según decían:
Quiero emborrachar mi corazón
para apagar un loco amor
que más que amor es un sufrir.
Y aquí vengo para eso
a borrar antiguos besos
en los besos de otras bocas.
Si su amor fue flor de un día
¿por qué causa es siempre mía
esta cruel preocupación?
Quiero por los dos mi copa alzar
para olvidar mi obstinación
y más la vuelvo a recordar. nostalgias
de escuchar su risa loca
de sentir junto a mi boca
como un fuego su respiración.
Angustias de sentirme abandonado
y pensar que otro a su lado
pronto, pronto le hablará de amor.
Hermano yo no quiero rebajarme
ni pedirle, ni rogarle
ni decirle que no puedo más vivir.
Desde mi triste soledad veré caer
las rosas muertas de mi juventud.
Gime, bandoneón, tu tango gris...

Con un suspiro, el hombre apartó la revista y cerró los ojos.
El pasajero sentado en la sexta fila, del lado del pasillo, era un hombre cuarentón. Vestía una camisa sport de color y una pantalón de hilo blanco. Su cara redonda terminaba en una semipelada. Tenía cejas arqueadas en forma circunfleja y cuando su boca esbozaba una sonrisa, su rostro adquiría cierta expresión sarcástica.

La señora mayor que ocupaba el asiento de al lado y que viajaba para visitar a su hijo, se sintió aliviada de saber que sus caminos pronto se separarían. Al final de la parca conversación con su vecino, pensó que el hombre estaba mentalmente turbado y consideró la posibilidad de informar a la tripulación sobre su extraño interlocutor.
La desgracia había comenzado con su educada pregunta acerca de su origen y su profesión.

—Soy vendedor. Otros venden aspiradoras o enciclopedias. Yo le vendo a la gente verdades incómodas.
—¿Verdades incómodas? —preguntó sorprendida.
—Todos cumplimos una misión, a mí me contrató la providencia.
—¿La providencia?
La mujer esbozó una sonrisa incrédula.
—Comprenda, ninguna partida está abierta, todo está decidido de antemano.
—Comprendo —murmuró sólo para decir algo, pese a que no había entendido nada y más bien pensaba que el hombre a su lado que expresaba todo eso en un tono amable, inexpresivo, o bien era miembro de alguna secta fundamentalista o no estaba bien de la cabeza.
—¿La providencia? —repitió la mujer.
Todavía tenía la sonrisa incrédula dibujada en el rostro.
Repentinamente, el hombre se volvió hacia ella y la miró fijamente a los ojos hasta que ella no pudo seguir soportando la mirada y dijo:
—No creo en la providencia.
—Debería hacerlo, yo soy su representante —respondió él en tono serio.

El hombre abandonó el avión para dirigirse directamente a la salida, Portaba un pequeño maletín de cuero marrón oscuro como único equipaje. Nadie podría haber dicho si estaba apurado o tenía mucho tiempo. Se trata de una constatación fácil de hacer para la mayoría de la gente que abandona un aeropuerto. Se podría decir que iba con paso medido, aun cuando fuera una formulación un poco anticuada. Una cosa llamaba la atención en él: miraba con atención a algunas de las personas que pasaban a su lado, en tanto que a otras apenas si les dedicaba una mirada fugaz. Era como si seleccionara a la gente. Las pasaba por un tamiz en el que quedaban atrapados o por cuya malla volvían a caer para quedar en libertad.
Todavía en el aeropuerto, el viajero quedó impactado por los grandes afiches de los partidos que pujaban por captar adherentes para las próximas elecciones parlamentarias a celebrarse el segundo domingo de mayo. La autopista que llevaba desde el aeropuerto hacia la ciudad estaba repleta de carteles publicitarios de los dos grandes partidos, que competían por el poder hacía 50 años.

Vote Hidalgo. Salve al país de la anarquía.
Abajo las oligarquías. Lucha contra la corrupción.
La experiencia cuenta. Vote al unico hombre capaz de sacar al país de la crisis.
Lo cierto en todo eso era que el país transitaba efectivamente desde hacía varios años por una profunda crisis, resultado del fracaso total de la dirigencia política e intelectual. Los políticos habían saqueado al país y dilapidado sus recursos. Sólo habían pensado en construir su propio poder, postergando una y otra vez el saneamiento de las finanzas públicas y, en lugar de invertir en el bienestar general, sólo habían acrecentado su patrimonio personal. Industrias enteras habían abandonado el país, las exportaciones habían retrocedido, se había omitido encarar las necesarias mejoras en infraestructura, transportes y energía. La desocupación había trepado a niveles récord y gran parte de la recaudación impositiva, que tanto se necesitaba, terminaba en los bolsillos de los gobernadores provinciales y funcionarios locales.
En las editoriales de los diarios, la dirigencia intelectual apelaba al bien común y rechazaba a todos los partidos que se presentaban a las elecciones como representantes de un sistema oligárquico corrupto. Pero omitía ofrecer algún tipo de alternativa válida sustentable y, en cualquier caso, su intención de erigirse en una instancia moral estaba viciada de nulidad para el común la gente, dado que sus representantes se abroquelaban en una torre de marfil sin relación directa ni con el pueblo ni con sus reales necesidades.
El hombre tomó un taxi que lo condujo desde el aeropuerto al centro de la ciudad. Era una vieja chatarra sin aire acondicionado. Bajó la ventanilla e imaginó que el viento le traería algo de fresco. Su primera diligencia lo llevó hacia la receptoría de avisos del diario La Nación. Allí puso un aviso clasificado para la edición del día subsiguiente bajo el rubro “varios”:
Está a punto de tomar una decisión que modificará su vida.
Piensa en casarse.
Proyecta realizar un gran viaje.
Quiere hacer una gran inversión.
Tiene premoniciones terribles.
Saber cuánto tiempo le queda es de gran importancia para usted y sus familiares.
Referencias planetarias.
Usted decide el precio por mis servicios.
Riesgo cero. ¡No hay posibilidad de error!
Estaba especialmente satisfecho con la expresión “referencias planetarias”. Despertaba la impresión de que sus referencias abarcaban todo el globo y más.

Había días en los que Joaquín creía poder tocar brasas ardientes sin quemarse. Esos días se habían hecho cada vez menos frecuentes. Antes, el aplauso del público le había hecho olvidar todo lo demás. Pero era inútil engañarse. En algún momento la gente se daría cuenta de que ya no era el mismo que poco tiempo atrás les había arrancado verdaderas ovaciones. Se darían cuenta de que tenía miedo, miedo ante un futuro incierto. En algún momento ya no podría exhibir más ese desafío juvenil y arrogante, que la gente admiraba tanto en él y por el cual lo envidiaban. Durante años se había dado el lujo de exhibir la soberbia de los mejores porque era el mejor. Ese era el precio que pagaba por su vulnerabilidad oculta bajo esa soberbia y que sólo sabía combatir de esa manera. Pero a medida que avanzaban los años, la epidermis se había vuelto más fina. Y a medida que envejecía aumentaba su soledad. ¿Y el público? Le perdonaba su arrogancia y su soberbia, pero no le perdonaría su debilidad.
Sobre la mesa había una copa con vino blanco y un pequeño cubo con hielo, al lado del cual había una pinza. Cada tanto dejaba caer cuidadosamente un cubito de hielo en la copa y se decía a sí mismo que mataba dos pájaros de un tiro. Prolongaba el vino y lo mantenía frío. El vino era un vino común de mesa, nada especial. Pero obnubilaba sus pensamientos, especialmente porque era un día de mucho calor. Estaba pensando que ninguna ráfaga de viento movía las hojas de la acacia debajo de la cual estaba sentado y el informe meteorológico pronosticaba tormentas.
El vino hacía que sus ideas volaran por el espacio y el tiempo, formando cascadas de imágenes a las que nada unía entre sí. Pero cuando dos imágenes o más presentaban una relación lógica, adquirían cierto significado. Era posible concretarlas. Algunas veces daban un año, una fecha o un acontecimiento. Cuanto más vino tomaba, tanto más rápido giraban los pensamientos. Hasta cierto punto eso tenía un efecto positivo, porque la “cuota de aciertos” aumentaba. Pero cuanto más rápido giraban los pensamientos, tanto más difícil se hacía relacionarlos entre sí. Giraban como en una calesita y cuando quería detenerlos no obedecían sus órdenes. Joaquín era un artista. De los artistas se suele decir que, en general, tienen un sexto sentido más desarrollado que el común de los mortales. Pero lo que él llamaba “sus pálpitos” era indudablemente muy poco en comparación con las habilidades del hombre que desde hacía algún tiempo todos llamaban el “adivino”. Algunos diarios le habían puesto, además, el apodo de “emisario de la muerte”. Otros, a su vez, lo llamaban el “instrumento de la providencia”. Su fama se basaba en que hasta el momento sus predicciones habían demostrado ser ciertas, sin excepción. Anunciaba la muerte. Año, mes y día. Y hasta ahora no se había equivocado nunca.
El café La Paz de la Avenida Corrientes era punto de reunión de artistas e intelectuales. Era uno de los locales preferidos de Joaquín. Por aquí pasaba el límite entre el existencialismo y el materialismo, que el consumismo desenfrenado volvía a unir. Al consumismo no lo condenaba nadie. Después de todo era una expresión de la alegría de vivir. Se consumía para disfrutar la vida. Se disfrutaba la vida porque se consumía. Por lo tanto, había que crear las condiciones que le permitían a la gente gastar dinero y consumir más. Mejorar la calidad de vida. Saltar de la pobreza a una existencia burguesa segura. Hacer que la vida de millones fuera más digna de ser vivida. Eran los objetivos de su hermano que Joaquín compartía. No obstante, estaba muy lejos de creer en la igualdad de todos. No pensaba ni que debía aspirarse a ello ni que fuera factible alcanzar esa igualdad. Coincidía con Eduardo en cuanto al objetivo de combatir la pobreza, eliminando la corrupción. Pero mientras que Eduardo vivía más bien en el futuro, para Joaquín lo esencial era el momento presente. Creía ser un representante típico de su pueblo. Había pueblos que buscaban el sentido más que otros. El sentido de su existencia como pueblo y como individuos. Existían personas que eran “cuestionadores” natos. En particular los alemanes se destacaban en eso. Siempre y en todo buscaban el sentido. Cuando no lo encontraban, creían estar frente a algo inferior. Como un embalaje sin contenido. Entonces hablaban de los infrahumanos o de una raza inferior. Era esa su interpretación de la metafísica.
Si bien eran hermanos gemelos, muy pronto sus vidas habían tomado un giro totalmente diferente. Joaquín quedó atrapado por el tango, en tanto que Eduardo comenzó una formación laboral en la industria gráfica que despertó su amor por la palabra escrita y pronto agudizó sus sentidos por los problemas de los trabajadores. Aún hoy estaban expuestos al arbitrio de sus empleadores, recibían una paga miserable, estaban sometidos, humillados —eran el eslabón más débil en la producción de bienes, servicios, mientras que el bienestar quedaba reservado casi exclusivamente a aquellos que se veían favorecidos por nacimiento o eran más astutos y más inescrupulosos. Muy pronto se afilió a un sindicato y rápidamente trepó en la escala gremial. Actualmente era el presidente indiscutido del sindicato de cartoneros. Así denominaba la población a la organización de los recolectores privados de basura, que todas las noches salían después de las 22 horas para recolectar la basura y los cartones que la ciudad escupía día tras día como un volcán en permanente actividad. Hacía tiempo que el municipio había abandonado su lucha contra la basura.
Joaquín tenía dos pasiones: el tango y el tango. En su vida había mujeres en cantidad. Eran parte de su profesión. Las apreciaba, porque formaban parte de su carrera. No bastaba con que él interpretara bien su parte. La mujer era su compañera y sólo cuando el público tenía la sensación de que se fusionaban en un único ser, quedaba garantizado el éxito de su función. Entonces el público ingresaba a su mundo y él le arrancaba ovaciones. Aun cuando no le gustaba admitirlo, en su profesión dependía de las mujeres.
—Bastante tengo con que en el escenario no pueda bastarme sin mujeres. ¿Enamorarme de una? No es conveniente exagerar la dependencia —solía decirle en broma a su hermano
A la izquierda de Eduardo estaban sentados dos argentinos que acompañaban a un matrimonio francés amigo a la función, a su derecha tres mexicanos. Fue la única mesa junto al escenario en la que quedaba un lugar libre.
Luego de haber filosofado sobre la actual situación política del país y el socialismo en Cuba (todos coincidieron en que el sistema no sobreviviría la muerte de su máximo líder), la conversación pasó a discurrir por aguas más aquietadas y se comenzó a analizar las virtudes de las diferentes cosechas de un cierto tipo de Malbec. Los argentinos sentados en la mesa, —Eduardo creía que eran padre e hijo— dictaminaron que el vino tinto que estaba en la mesa, y que supuestamente era un Merlot, era malísimo y pidieron otro vino para sus amigos franceses.
Eduardo paseó la mirada por el público que se amontonaba en la galería. Prometía ser otra función con localidades agotadas. Los músicos ya se habían ubicado en el podio.
Figuras míticas, indios de la época previa a la conquista hispánica, subieron al escenario y se agruparon alrededor de un fuego.
Comenzó el primer número.
Joaquín subió al escenario.
Cada vez que veía a su hermano en el escenario, Eduardo se sentía sorprendido por su capacidad de transformación. Hoy llevaba un traje cruzado, azul oscuro a rayas finas, con camisa blanca y cuello abierto. Era el amante triste que debe despedirse de su amada. Luego de los primeros acordes enérgicos del bandoneón, su compañera apareció en escena. Eduardo la conocía. Era la mujer con la que su hermano mejor se llevaba en ese momento —al menos en el escenario. Como agregaba para no dejar duda alguna en cuanto a que se hablaba de una relación puramente profesional.
Eduardo tuvo que admitir que hacían una pareja perfecta. Entre ellos reinaba una armonía tal que era difícil creer en una relación puramente platónica. De todos modos sabía muy poco sobre la vida privada de Joaquín. Sus descripciones muchas veces presentaban vacíos. Como si fueran partes de una cinta borrada premeditadamente.
Eran gemelos, por eso ocurría a menudo que la gente los confundiera. Pero en el carácter eran tan diferentes como Marte y Venus. En un aspecto, no obstante, se parecían tanto como un huevo a otro: en cuanto abrazaban una causa se entregaban a ella con alma y vida.
Eduardo sabía que esa era una manera peligrosa de vivir. Se necesitaba un contrapeso, pero él carecía de la necesaria capacidad para no caer en un extremo u otro.
Su hermano conducía a su compañera como a una muñeca articulada por el escenario. Tenía buena pinta, ahora vestido de traje gris con corbata roja, el pelo negro peinado para atrás y el sombrero de fieltro gris oscuro tirado un poco hacia la frente. Era el Nurejev del tango que tenía rendido a sus pies al público, compuesto en su gran mayoría por turistas.
El final a toda orquesta. Paños drapeados de colores cayeron desde el techo mientras toda la compañía entonaba: “Don't cry for me, Argentina —no llores por mí, Argentina”.
En el tercer acto, Rigoletto se inclinaba sobre su hija moribunda. Cuando finalmente cayó el telón, el público se levantó de sus asientos y aplaudió a rabiar, mientras resonaban innumerables “¡Bravos!”. La gran sala del Teatro Colón, que resplandecía en centelleos dorados y púrpura, estaba al rojo vivo por la excitación. A pesar de su larga y brillante historia, el teatro parecía henchirse una vez más de orgullo.
Un espectador en la quinta fila no se había levantado, tampoco aplaudía. Tenía la mirada clavada en los números de la chapa de latón del respaldo que tocaba sus rodillas. Ante sus ojos, los números se transformaron en un año cercano. El asiento ubicado inmediatamente delante de él estaba ocupado por una mujer que aplaudía con fervor. Vio su nuca y los omóplatos que se perfilaban sobre el escote de su espalda. El vestido parecía caro; le quedaba algo ajustado, destacando la falta de transición entre la cintura y el torso. Parecía como un bloque de piedra sin modelar que había salido recién de la cantera. No podía ver su rostro, pero imaginó que ya no era joven. Durante un breve instante se vio tentado de ponerle la mano en el hombro. Luego volvió a dejar caer la mano que ya había levantado. No era posible ponerle a una persona la mano en el hombro y decirle como si fuera lo más normal del mundo: “señora, sería conveniente que redacte su última voluntad porque la semana que viene va a morir y no hay nada que pueda hacer al respecto”.
Estaba parada junto a la balaustrada y miró en dirección hacia donde estaba él. Él volvió la mirada hacia arriba. Uno siente cuando se es observado, pensó. La mujer tenía en su derecha una copa de champaña. Llevaba flequillo y su cabello azabache le caía hasta los hombros. Su vestido verde oscuro tenía lentejuelas brillantes, y cuando giró un poco al costado, vio que tenía tajos de ambos lados. Esa noche, en el teatro Colón, daban Aída y por un instante Eduardo tuvo la sensación de estar parado delante de una de las sacerdotisas egipcias que, salida de la ópera, se entremezclaba con el público.
Se obligó a apartar la vista. Cuando subió la escalera, la mujer había desparecido. En el bar volvieron a encontrarse. Ella devolvía su copa, él había ido para que le sirvieran otra de tinto. Por algunos segundos quedaron parados uno junto al otro. Mientras pagaba el vino tenía la sensación que lo examinaba desde abajo de sus largas pestañas negras. Cuando se dio vuelta, sólo alcanzó a ver su espalda y su cabeza erguida. Tropezó con una señora mayor, balbuceó una disculpa y llegó justo a tiempo para ver cómo la desconocida volvía a ocupar su asiento en una de las primeras filas.
Sonó el último timbre. Al lado de él estaba sentado un matrimonio de mediana edad. La mujer acababa de bajar sus binoculares.
—¿Me prestaría un momento los binoculares? —preguntó.
La mujer le echó una mirada fugaz.
—Sírvase.
Eduardo enfocó los binoculares y constató con alivio que su “sacerdotisa” estaba flanqueada de ambos lados por mujeres.
Satisfecho le devolvió el catalejo a su vecina que lo miró insegura.
En su edición del día, el diario La Nación informaba sobre un descarado asalto que se había producido a altas horas de la noche en la calle Libertad, a pocos metros del Teatro Colón. Tal como se desprendía de las declaraciones de testigos presenciales, dos hombres jóvenes habían asaltado a una mujer, que aparentemente estaba esperando un taxi luego de haber concurrido al teatro. Al parecer, los delincuentes habían intentado quitarle la cartera a la mujer. Cuando ésta se resistió, uno de los dos hombres extrajo un arma y le disparó varias veces. Así se desprendía de la declaración de un taxista que en ese preciso instante llegaba al lugar del hecho. La mujer murió en el hospital a causa de los disparos recibidos. La policía había instruido sumario por homicidio y convocaba a la población a colaborar en la pesquisa.
Eduardo había leído el informe. El clima en la ciudad se había brutalizado. La ola de violencia crecía en forma permanente. A su juicio, también eso era una consecuencia del sistema y de la situación social, que lo fomentaba. Luego de las elecciones las cosas cambiarían. Para mejor, como esperaba. Haría todo lo que estuviera a su alcance, para que fuera así.
Eduardo cerró el diario.
—¿Crees en la providencia? —preguntó Joaquín.
Su hermano sonrió.
—No, somos nosotros los que decidimos lo que se sirve en la mesa y con quien nos sentamos a la mesa.
—Ayer asesinaron en Avellaneda a un muchacho de diecisiete años. Llevaba las zapatillas equivocadas. El asesino quería sus Nike.
Eduardo se encogió de hombros.
—Estaba en el momento equivocado en el lugar equivocado.
—¿Así de simple es?
—No, claro que no. Pero no fue la providencia la que mató al muchacho. Lo asesinaron dos ladrones para los que la vida humana no vale nada. Claro que nosotros sólo vemos el resultado. Los asesinos son un producto de esta sociedad.
—¿Eso quiere decir que la sociedad los convirtió en lo que son?
—Sabés que no soy amigo de simplificaciones y generalizaciones y no hay disculpa para lo que hicieron. Pero sería un despropósito negar que también la sociedad está en el banquillo de los acusados.
Dudó por un instante.
—Allí donde la justicia es ciega de ambos ojos, donde ricos y pobres se enfrentan como enemigos a muerte, donde existen muchos que no tienen casi nada y sólo unos pocos que se reparten todo el resto, la fe en un orden justo rápidamente se transforma en un lujo impagable.
—¿Y vos creés que podés cambiar eso?
Eduardo siguió con la mirada a una joven cuyas piernas estaban enfundadas en unos leggins de estampado atigrado y que se había levantado de la mesa de al lado y se alejaba moviendo las caderas rítmicamente.
—Este país es como una joven mujer cuya belleza se esconde bajo harapos; es preciso arrancarle los harapos del cuerpo y volver a vestirla.

La plaza estaba rodeada de locales, bares, cafés y restaurantes y desde lejos despertaba la sensación de ser una gran isla en medio del febril tránsito que circulaba a su alrededor. En el centro había una plaza de juegos infantiles; los domingos se celebraba regularmente un mercado de artesanos, en el que los artistas ofrecían sus trabajos y más de una baratija cambiaba de dueño. Era el lugar de encuentro de la bohemia local. Por la tarde no quedaba un sólo lugar libre en las veredas.
Los locales eran frecuentados mayormente por público joven. En gran parte eran estudiantes y alumnos de secundario. Tenían el aire de la despreocupación propia de cierta pobreza; parecía que les daba lo mismo lo que les esperaba mañana y a menudo discutían hasta altas horas de la noche.
Hacía calor y la cerveza barata corría de a litros. La burguesía, fácil de detectar por su ropa, tomaba vino caro. También las calles que cruzaban la plaza o nacían allí estaban colmadas de locales y restaurantes.
Hacia la medianoche, el bullicio llegó a su punto máximo. Los chicos seguían jugando bajo los ojos atentos de sus madres en la plaza, bañada en una rara luz difusa producida por los árboles iluminados con lámparas de neón. El tránsito que bordeaba la plaza avanzaba a paso de hombre; la búsqueda de un lugar libre en uno de los tantos locales que daban a la calle se había convertido en una verdadera misión imposible.
El sonido de bombos llenaba la plaza. Las botellas de cerveza circulaba entre sus circunstanciales ocupantes. El calor se había vuelto algo más soportable. El hombre que estaba sentado solo en una mesa miraba la pared llena de papeles. Papeles de color con publicidad, solicitudes, ofertas y pedidos de ayuda. Tenía cara redonda y media pelada. Llevaba un traje gris, cuyo pantalón necesitaba planchado y una camisa azul con el cuello abierto. Probablemente se había sacado la corbata para la visita a ese local, frecuentado mayormente por gente joven. La camarera le trajo una cerveza y un plato de fiambre y queso. Entre los tantos papeles estaba también su aviso:
¿Quiere conocer su futuro? ¿Saber cuánto tiempo le queda para realizar sus deseos y sueños? Predicciones con indicación exacta del día.
Luego seguía su número de teléfono. Estaba impreso en gran cantidad de pequeños cupones, troquelados para poder arrancarlos rápidamente. Vio que ya faltaban algunos cupones. Movió la cabeza satisfecho. Aquí se perfilaba un negocio lucrativo que no le costaba nada y prometía suculentas ganancias. Por otro lado debía cumplir con su misión. De cualquier modo pronto se vería cuánto le valía a la gente conocer con precisión su futuro, con más precisión que lo que podía ofrecer cualquier otro horóscopo o las propias cartas. Claro que su ofrecimiento también despertaría reacciones adversas; había gente que no quería saber lo que le esperaba. Pero en su gran mayoría triunfaría la curiosidad por sobre el miedo. En cuanto se viera confirmada la confiabilidad de sus predicciones no daría abasto con la cantidad de consultas.
Eduardo había tomado una cerveza en un bar de la calle Reconquista para saciar la sed y se encontraba ahora en la Avenida del Libertador en medio del habitual congestionamiento de tránsito. Había quedado en encontrarse con Joaquín en un local en la Plaza Serrano. Era una de esas pocas noches en las que Joaquín no tenía función. Hoy le tocaba al equipo B, como llamaba a sus reemplazantes, acercarles a los turistas la esencia de ese sentimiento argentino que es el tango. A veces pensaba que Joaquín y el tango estaban hechos el uno para el otro. Joaquín era todo fuego y brasa, pero también ceniza. Su hermano pasaba muy a menudo por fases depresivas. La gente lo aclamaba, pero su matrimonio había fracasado por su carrera artística. María, su mujer, sospechaba de cada una de sus parejas de tango. Pero lo peor era que comenzaba a sentirse viejo —y ¿qué podía ser peor que un bailarín que comenzaba a envejecer? El tango era su vida. No podía imaginarse la vida después del tango.

Dobló desde la Avenida Santa Fe hacia la Avenida Juan B. Justo y pasó por Palermo Hollywood. Algunos travestis estaban parados al borde de la calle y hacían gestos obscenos en su dirección.
Finalmente se acercó por Honduras a la plaza Serrano. El día había sido muy caluroso, caluroso y pesado. El termómetro había superado la marca de los treinta grados. Eduardo sintió sed. “Mi reino por una cerveza”, dijo en voz alta cuando se topó con la plaza Serrano y comenzó a buscar un lugar donde estacionar. Era temprano, pero en esa zona era difícil encontrar un lugar para estacionar a cualquier hora. Una vuelta por la plaza lo convenció de que Joaquín aún no había llegado. Cerca de Honduras descubrió una mesa libre. Pidió una cerveza, se reclinó en la silla y esperó. Cuando su hermano se acercó desde el otro lado de la plaza, lo vio primero como en el buscador de una cámara. Un hombre con una camisa blanca y un pantalón de hilo, que llevaba el saco casi con descuido sobre el brazo izquierdo y se acercaba lentamente. Eduardo levantó su brazo derecho, su hermano lo reconoció enseguida y le sonrió. Se paró del lado de la vereda de enfrente hasta que el semáforo se puso verde. También la imagen en el buscador de la cámara se detuvo y Eduardo deseó que fuera posible detener esos momentos de la vida —como la imagen de una cámara.

El equipo de aire debajo de la ventana silbaba asmáticamente, tenía dificultades para controlar el calor. A primera hora de la tarde había caído un aguacero que hizo que refrescara un poco, aunque también trajo la inundación a varios barrios de la ciudad. Por eso, Eduardo debía reorganizar el trabajo de los cartoneros para la noche.
En la vereda todavía estaban los charcos de agua de la última lluvia, pero el calor los iría secando rápidamente. Incluso en el interior del pequeño local había un olor a humedad y a moho. La superficie de la mesa de madera oscura estaba húmeda, como si el mozo recién le hubiera pasado un trapo húmedo. Era temprano, apenas una persona estaba sentada, como perdida, en una de las pequeñas mesas y estudiaba atentamente un mazo de cartas del tarot.

El adivino no creía en la capacidad de las cartas para adivinar el futuro, aun cuando en su vida hubo una etapa en la que se había ganando el sustento tirando las cartas. Hoy, en cambio, contaba con un sistema “científico” que le permitía hacer predicciones absolutamente seguras y prescindir de ese tipo de recursos auxiliares.

Eduardo volvió a encontrarse con su “sacerdotisa” en una farmacia de Corrientes. Tenía puesto un guardapolvo blanco y estaba parada detrás de un mostrador lustrado con barniz oscuro que separaba el sector de ventas de las estanterías con medicamentos. Lo miraba expectante y por un instante no pudo decir nada.
Lo único que se le ocurrió, luego de unos segundos, fue: —Qué casualidad.
Ella sonrió. La situación parecía divertirla.
Lentamente Eduardo recuperó la compostura.
—Nos encontramos una vez. En la ópera. Eso fue...
Ella lo interrumpió.
—Hace dos semanas. Daban Aída.
Eduardo estuvo a punto de volver a perder su compostura, apenas recuperada.
—¿Vale decir que me reconoció?
La joven negó con la cabeza.
—No. Sólo me hice una composición de lugar. Fue la única vez que fui a la ópera esta temporada, y como fue hace dos semanas, sólo pudimos habernos visto allí.
Eduardo asintió con la cabeza.
—Usted trabaja aquí, entonces.
Un cliente entró en la farmacia. Eduardo se sintió molesto, no podía continuar con la conversación.
—Deme una caja de aspirinas. De 100 unidades.
Sonriendo, su “sacerdotisa” se dio vuelta y sacó del armario la caja solicitada.
Mientras pagaba, Eduardo buscaba alguna observación inteligente a modo de despedida.
—El guardapolvo blanco le queda bien. Pega con su cabello. Como el vestido oscuro que llevaba en la ópera.
Con la última mirada logró descifrar el cartelito con el nombre que llevaba del lado izquierdo del pecho.
Su “sacerdotisa” se llamaba Lucía.

Residuos de todo tipo volvían intransitables las veredas. Era una suerte de sección transversal del desarrollo tecnológico. No faltaban los televisores ni las computadoras viejas, tampoco las heladeras o los lavarropas rotos, tirados. Las calles olían a una mezcla de restos de comida y fruta en estado de putrefacción, que se confundía con los vahos de los restaurantes y boliches. Antes de que aparecieran los cartoneros, innumerables perros y gatos callejeros se abalanzaban sobre los restos de comida. No estaban solos: enormes ratas con largas colas desnudas, temblorosos pelos de barba y ojos negros del tamaño de un botón le disputaban el botín. Una vez que los cartoneros habían hecho su trabajo, había desaparecido la basura más gruesa. A la mañana siguiente, los dueños de casa y el personal de los restaurantes y bares sacaban el resto, de modo que los bordes de las calles y las veredas hasta la noche se veían casi tan limpias como lo afirmaba, orgullosa, la publicidad televisiva de la municipalidad.

Dejó atrás el Obelisco y dobló por la Avenida Córdoba, que como siempre a esta hora estaba tapada como un caño de desagüe diseñado para una casa habitada por una familia y no para un hotel de quinientas camas. Mientras aspiraba los gases de escape de cientos de autos, observaba a algunos jóvenes cartoneros que revolvían la basura delante de un comercio. Más del noventa por ciento de los cartoneros estaban organizados sindicalmente. Lo que también era mérito suyo. Había sido el primero en reconocer el potencial que ofrecía este fenómeno de la metrópoli. Bajo su liderazgo, el sindicato de los cartoneros se había convertido en un factor de peso en la sociedad que la clase gobernante ya no podía ignorar. Los había convertido en una organización eficaz. Sin el trabajo de los cartoneros, en pocos días la ciudad quedaría sepultada por una montaña de basura que paralizaría la vida pública y desparramaría epidemias que obligarían al gobierno a decretar el estado de emergencia.

El sistema de gobierno estaba podrido. Pero del mismo modo que una viga podrida puede seguir sosteniéndose por los aros de acero en los que se apoya, la alianza de intereses entre militares, empresarios y políticos podía resistir durante algún tiempo más la creciente presión social. Eduardo estaba seguro que no haría falta una revolución para hacer caer al sistema en el momento adecuado. Era necesario desquiciarlos sin violencia, y los cartoneros podían hacerlo.
Sonrió cuando pensó que también los barrios residenciales de la ciudad quedarían sumergidos en la basura. ¿Qué sacrificios estarían dispuestos a hacer los señores pudientes una vez que vieran que sus hijos debían esquivar a plena luz del día y delante de la puerta de su propia casa, las ratas y millones de moscas que se posaban sobre la basura? Sobre todo cuando brillaba ese sol ardiente se comenzaba a respirar un olor nauseabundo, apenas soportable si se tapaba la nariz con un pañuelo impregnado en perfume.
La iluminación de las calles era una suerte de línea divisoria entre la civilización del centro de la ciudad y los suburbios, donde la distancia entre las lámparas esféricas se hacia cada vez más grande hasta que los edificios en el borde de la calle sólo aparecían como cubos oscuros con bordes difusos. A veces la luz llegaba hasta un zaguán o iluminaba una parrilla en la vereda para que el dueño pudiera invitar a comer un jugoso asado.
Cada vez eran más frecuentes las consignas antiamericanas en los muros como también lo era ver a los cartoneros que aparecían súbitamente bajo la luz de los faros para hurgar entre la basura como ratas.
Recordó la época en que había sido militante del Partido Comunista.
En esa época habían empapelado las paredes con manifiestos.
Estaba camino a la casa de Lucía. Hacía dos meses que salía con ella. Hasta ahora pocas veces se había preguntado qué pasaría algún día con su relación. Quizá en alguna parte del camino desembocaría en la palabra “casamiento”. El matrimonio de sus padres había sido como un partido de fútbol: ataque y defensa constante. De alguna manera se sintió aliviado de que Lucía no hubiere tocado el tema. El presente parecía bastarle, al menos por ahora. Él se sentía cómodo con la situación tal cual era. No le exigía nada que él que no estuviera dispuesto a dar y el sexo con ella era exactamente la vía de escape que necesitaba para sustraerse al mundo de los cartoneros en el que casi todo se relacionaba con el olor a basura y con hombres.
En la estación de subte Callao, un hombre repartía manifiestos. Sobre un fondo amarillo pregonaba en grandes letras rojas:
¡ Todos somos instrumentos de la providencia!
¡Dios observa todos tus pasos!
¡También sabe si votaste a sus candidatos!
¡Votá al candidato de la luz eterna!
¡Una dádiva para el candidato de la luz eterna es una donación para el Reino de Dios!
Incluso se indicaba un número de cuenta bancaria al que debían efectuarse eventuales donaciones.
Sin embargo, los transeúntes no parecían estar interesados ni en el candidato de la luz eterna ni en el Reino de Dios ya que detrás de ellos dejaban un largo sendero de manifiestos amarillos que llegaba hasta la salida.
Tomó el subte en la Plaza Congreso. A Eduardo le gustaba esta línea. Era un pedazo de historia, una de las pocas cosas que no habían cambiado desde su nacimiento. Los vagones parecían como los vagones de los trenes de juguetes que se regalaban a los niños para Navidad. Las luces en el techo eran tan anticuadas como los asientos de madera laqueada y los marcos de madera de las ventanillas. El aire en el túnel era seco, tenía olor a gastado. Eduardo se reclinó contra la madera dura del respaldo. Tenía una cita con Lucía. Trabajaba en una farmacia en la Avenida Corrientes, no lejos del Teatro Opera donde desde algunas semanas estaban dando el musical Drácula. Había comprado dos entradas para la función de ese día.
Una estaca afilada perforó el corazón del Conde Drácula y su cuerpo por fin se transformó en ceniza. Todos los actores subieron al escenario para unir sus voces en el vigoroso coro final. Cuando Eduardo abandonó el teatro en la Avenida Corrientes junto con Lucía era poco más de las once. Por Corrientes circulaba poco tránsito. Observó a los cartoneros trabajar. Una niña pequeña tiró de sus pantalones y le pidió una “monedita”. Distraído le dio una moneda de cincuenta centavos.
La noche estaba fresca y se anunciaba la proximidad del otoño. Tomó a Lucía por la cintura. Ella se apretujó contra él y por un instante Eduardo pensó en la volatilidad del momento y en lo efímero de su relación. Un cartonero lo saludó y él le devolvió el saludo.
—No siempre hay un final feliz —dijo mirando a Lucía.
—No —suspiró ella— sólo en el musical —dijo y se estrechó aún más contra él.
Lucía observaba las largas estanterías de la farmacia de Corrientes donde trabajaba desde hacía casi un año. Estaba sola. Doña Elena, la farmacéutica, estaba recluida en su oficina, para controlar vaya a saber qué facturaciones.

Era casi mediodía y la luz brillante del sol iluminaba sin piedad cada una de las partículas de polvo que se depositaban en la estantería de madera oscura.
Lucía bostezó. No entraba nadie en la farmacia. En general, las horas de mayor afluencia comenzaban por la tarde, hasta alcanzar su pico hacia la noche. Pensó en pasar una franela para sacar el polvo. Pero no era tarea suya. Doña Elena tenía una muchacha que todas las tardes después de que cerraba la farmacia pasaba el trapo, aspiraba, limpiaba el baño y repasaba los vidrios.
Prefirió pensar en las cosas lindas de la vida. Hacía algunos meses que salía con Eduardo. Era el jefe del sindicato de cartoneros y algunos le auguraban un gran futuro político. Además tenía un hermano famoso, Joaquín, al que los titulares de los diarios llamaban el “Rey del tango”. En ciertos momentos, le resultaba difícil distinguir entre ambos. Gracias a Dios los traicionaban su andar, sus gestos y su forma de hablar. Pero algunas veces se divertían haciéndose pasar el uno por el otro. Eso confundía a Lucía y la ponía furiosa. Por otro lado, si no conocía su identidad era posible mantener una relación con ambos. Esa perspectiva era irritante y fascinante a la vez. Pero antes de que pudiera seguir desarrollando la idea, sonó el timbre de la puerta y un cliente entró en la farmacia.

Era una mañana inusualmente fría de febrero. Al día siguiente los diarios escribirían que había sido la jornada más fría del verano. Los mendigos se cubrían con sus mantas refugiándose en las puertas de los edificios. Delante del hotel Normandía lo alcanzó una ráfaga de viento frío que le hizo encoger los hombros. No debería haber salido sin suéter o saco a la calle. Por fin encontró un quiosco de diarios abierto a esa hora temprana de la mañana. Compró la edición del domingo del diario La Nación, que ese día era más voluminosa que durante los días de semana. Descubrió un banco vacío y cruzó la calle sin importarle la luz roja del semáforo. El banco estaba en el sol, y protegido del viento. Muy pronto encontró lo que buscaba. Un informe sobre la convocatoria a huelga de los cartoneros. Se la había entregado dos días antes a la prensa.
El artículo pormenorizaba los reclamos sociales de los cartoneros, entre los que figuraba una obra social y una jubilación estatal mínima. El artículo decía poco sobre sus reclamos más generales, pero al menos los mencionaba:
el gobierno reconoce a gremio cartonero en las paritarias
admiten candidatos para las proximas elecciones parlamentarias
Eduardo cerró el diario y se reclinó contra el respaldo del banco. El último punto era de vital importancia para él porque detrás de ello se escondía el reclamo de equiparar al sindicato con los partidos políticos. Sólo eso le permitiría llevar candidatos propios a las próximas elecciones.
El sol lo hizo parpadear. Antes de que la próxima nube volviera a taparlo, se levantó en busca de un bar donde tomar un té caliente que lo ayudara a ahuyentar el frío.
Un artículo en un diario de derecha había comparado a los cartoneros con la peste en la obra de teatro Estado de Sitio de Albert Camus.
Envenenan la vida política. Los cartoneros no son otra cosa que comunistas disfrazados que lanzarán al país al abismo si alguna vez llegaran a ocupar cargos de responsabilidad política. Terminarán por constituir una dictadura de los menos privilegiados y frustrados, en resumen: una dictadura de los fracasados. Una vez en el poder serán peores que los Jacobinos de la Revolución Francesa. Es imperioso advertir a los votantes para que no sucumban a sus cantos de sirenas. Los cartoneros no traerán más que desgracia al país.
Eduardo puso el diario a un costado. Acababa de leerle a su hermano el artículo.
Joaquín hizo una mueca de desprecio.
—Temo que, por nuestro parecido, van a terminar por tirarme tomates o huevos podridos a mí también. Por ahí la próxima vez se juntan tus enemigos después de la función y se las toman conmigo, —dijo con amargura— ¿cómo se puede escribir en tan pocos renglones tanto disparate?
Miró a Eduardo con mirada interrogante.
—Habría que invitar a los autores a un debate.
Eduardo negó con la cabeza.
—No vendrían.
Joaquín dejó caer los brazos sin saber qué decir y miró el diario.
—La atmósfera está envenenada —dijo—, te odian.
Eduardo asintió.
—Tienes que tener cuidado. El otro bando nunca fue muy selectivo con sus métodos.
Eduardo bostezó.
—Sabré sobrevivir.
Joaquín largó una risita dura.
—Espero que eso valga también para mí.

La calle Balcarce parecía de otra época. En su empedrado todavía estaban las vías del tranvía que hacía ya muchos años había desaparecido de la ciudad. En sus veredas crecían frondosos árboles y por la noche antiguos faroles iluminaban la calle.
El departamento de Lucía estaba en el primer piso de una casa, ubicada directamente al lado de un restaurante que con grandes letras doradas, anunciaba con orgullo que servía cerveza alemana. Era un departamento de dos ambientes, cocina y baño. En general se hacían el amor sobre la mullida alfombra del living, tan gruesa que Eduardo veía desaparecer sus zapatos en la alfombra ni bien la pisaba. A favor de la alfombra no hablaban tanto razones sentimentales como más bien prácticas: el dormitorio de Lucía era chico y la cama diminuta.
—Esta alfombra parece un césped inglés ¬—había dicho Eduardo, cuando se acostaron por primera vez sobre la misma.
—No sé como se siente el césped inglés —había respondido Lucía dejando sentado, de una vez y para siempre, su forma práctica de razonar.
Las metáforas no formaban parte de su mundo que consistía de cosas concretas y reales. Quizá por eso compartía las ideas políticas de su amante: la pobreza, la injusticia, la falta de oportunidades de miles de personas con las que se cruzaba a diario, eran reales, después de todo.

El adivino se había instalado en un hotel céntrico. Era un hotel de clase media que respondía perfectamente a sus necesidades. Como profesión indicó “viajante”. Ya habían llegado algunas cartas que hacían referencia a su aviso. Su cliente de hoy era una mujer. Una viuda que después de la muerte de su marido había decidido casarse nuevamente.
Se encontraron en la entrada. El prefería una atmósfera impersonal para sus citas. En un apartado rincón del hotel encontraron un lugar donde podían hablar sin ser molestados.
Conocía los datos personales de la mujer. Tenía 55 años, era de buena posición económica, tenía dos hijos adultos y quería contraer segundas nupcias con un hombre considerablemente menor que ella.
Ordenó dos jugos de fruta.
Antes de comenzar la conversación, un cheque cambió discretamente de dueño. Echó un vistazo a la suma y constató que era bastante alta. Sonrió a la mujer y guardó el cheque. Luego carraspeó.
Juntó sus manos delante del pecho y miró a la mujer a los ojos. Tenía ojos celestes y cabello rubio pálido. Su rostro tenía pocas arrugas. Llevaba ropa conservadora. Sus manos la delataban. Jugaba nerviosa con su anillo de casada que seguía llevando en el dedo anular. Parecía saludable. Pero le recordaba la manzana que había mordido esa mañana. Debajo de la cáscara estaba abichada.
Nunca se dirigía a sus clientes por el nombre. Cuanto más impersonal la forma de dirigirse hacia ellos tanto más fácil era anunciarles su veredicto. Los nombres significan una carga. Convertían al objeto de su experiencia en personas de carne y hueso.
La mujer lo miró expectante. Le resultaba difícil esconder la tensión que la embargaba.
Carraspeó nuevamente.
—Verifiqué sus datos. Usted formuló una pregunta sencilla. Luego de la dolorosa pérdida de su esposo quiere volver a contraer matrimonio. El candidato es sensiblemente más joven que usted. Su pregunta es una pregunta referida al tiempo. Usted se pregunta a sí misma y a mí cuánto tiempo va a estar junto a ese hombre que es tanto menor que usted.
La mujer apartó la mirada y miró hacia la recepción.
El adivino tomó un trago del jugo de fruta.
Luego le entregó a la mujer un pequeño papelito doblado varias veces.
—La respuesta a su pregunta está en este papelito. Es sólo una fecha, simplemente una fecha.
Sonrió en forma alentadora a la mujer que tomó el papelito.
Ambos se levantaron al mismo tiempo. La mujer tenía en su mano derecha, hecha un puño, el papel. Luego asintió con la cabeza y le dio las gracias.
Con paso apresurado abandonó el hall del hotel, sin darse vuelta una sola vez.

Una ligera brisa encrespaba las aguas turbias de la costanera y hacía que el calor y la humedad fueran algo más soportables. Pescadores poblaban el muelle. Pescadores apasionados, pescadores que pescaban por aburrimiento y otros que lo hacían para enriquecer un poco el magro menú de comidas. Podría haber tomado directamente un taxi en el aeropuerto. Pero prefirió quedarse parado en el muelle y mirar el agua. Cada vez que Eduardo regresaba desde una provincia a la gran metrópoli necesitaba un cierto tiempo de adaptación. En la metrópoli, el ritmo de vida era mucho más rápido que en la Pampa o en la Patagonia y a veces se preguntaba si todas esas almas, tan diferentes entre sí, alguna vez podrían fusionarse en una sola. Finalmente apartó la mirada del agua del Río de la Plata que fluía perezosamente y subió a un taxi que lo condujo al departamento de Lucía. Cuando se despertó a la mañana siguiente y extendió su mano derecha, sólo encontró la almohada. Lucía había desparecido. Recordó que tenía guardia nocturna. Miró el reloj. Eran las siete y media. Normalmente a esa hora era de día. Pero todavía estaba oscuro y decidió encender la luz. Echó una mirada por la ventana. Negros nubarrones oscurecían el cielo. Estaba lloviendo. Siguió el recorrido de las gotas que formaban charcos en las veredas. La lluvia haría más soportable el clima en la ciudad que, con la ola de calor de los últimas días, se había convertido en un verdadero horno. Titubeante se pasó la mano por la barbilla y fue al baño. Mientras que pasaba el peine por su tupido cabello castaño oscuro, pensó en las tareas que le esperaban ese día.

El nuevo oficio de cartonero no sólo era producto de los altos índices de desocupación, sino también de la incapacidad de la ciudad en controlar las crecientes montañas de residuos. El día de los cartoneros comenzaba por la noche cuando hurgaban entre los residuos, clasificándolos para luego tirarlos a los camiones que los estaban esperando y llevarlos después hasta las plantas de tratamiento ubicadas en los límites de la ciudad donde eran tratados, compostados o quemados. Organizarse se hizo cada vez más imperioso, para que su voz fuera escuchada en el concierto de la sociedad. Finalmente ese esfuerzo desembocó en la organización de un sindicato que, con él a la cabeza, pronto se transformó en un movimiento que no sólo estaba interesado en imponer los intereses sindicales, sino también en lograr objetivos sociales generales como la lucha contra la corrupción y la mejora de las condiciones de vida para las clases sociales más desprotegidas. Uno de los reclamos era la igualdad de oportunidades para la educación, igual que la exigencia de una justicia que no fuera la del dinero.

Una etiqueta con grandes y brillantes letras doradas pegada en la vidriera, buscaba atraer al cliente con cerveza alemana original. En la vereda había algunas mesas con manteles blancos. Cuando la camarera le trajo la cerveza, tomó un gran trago. Era la primera cerveza del día.
Con cuidado sacó del pantalón un papel doblado y lo alisó. Contenía dos nombres con dirección y número de teléfono. El esquema que aplicaba era siempre el mismo. Los llamaba y luego hacía algunas anotaciones. Ahora debía fijar una entrevista con ellos. Luego sabrían lo que les depararía el futuro.
Uno era un bombero, que tenía miedo ante cada incendio. El otro un futbolista con un problema cardíaco que mantenía en secreto. Cada vez que ingresaba el campo de juego pensaba que sería la última vez.



Peter Schoenau

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