EL RETORNO (Novela)

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EL RETORNO (Novela)

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Vie Ago 18, 2017 1:45 am

EL RETORNO
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Por Alejandra Correas Vázquez

1- EL BRINDIS
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Mediodía. Un rayo de sol atravesaba la ventana y fue iluminando las paredes cubiertas de bosquejos dibujados o pintados. Miguel no despertaba aún. Sus labios dijeron algo muy suave, no comprendí qué era ¿Sería un saludo? ¿Una pregunta? Estaba todavía dormido.

Era una mañana tibia donde no necesitábamos abrigo. Mientras el sol que seguía entrando invadió todos los rincones de esa habitación, en la cual una variedad de objetos artesanales recibieron luz, y se dirigieron hacia nosotros al advertirnos ¿O eran ellos mismos extranjeros allí, en el cuarto de Miguel?

Pasé la mano por su piel. La sentí al tacto, suave, fresca y húmeda. Un tono oliváceo se delataba ante la luz del día, descubriendo a un morisco entre sus venas. Su osamenta fuerte y firme, al europeo. El torso lampiño como el de un adolescente, denunciaba escondidos ancestros nativos, indios, muy secretos, ocultos y negados tras su apellido de rancio abolengo.

Sus párpados continuaban entornados y un pequeño espacio debajo de ellos, permitía dibujar el brillo sutil de sus pupilas. Un óvalo profundo envolvíale los ojos sombreados y llenos de ensoñaciones. La piel del rostro no denotaba signos y la placidez adormilada de su boca hacíalo parecer más lejano y distante. Así lo veía yo.

Lo contemplaba pasivamente luego de una larga noche, y de una alborada, después de un reencuentro sorpresivo donde todo fue deslizándose hacia aquella emocionada vigilia en común. Era nuestra postrera esperanza. Habíamos traspasado nuestras vidas más allá de su límite, tratando de exprimirle su última gota. Comprendí allí en totalidad, cuál era la única paz posible entre los dos. Me había llevado dos años de diálogo conocer a Miguel. Supe al punto cuál era su contenido, su intensidad, su antorcha y su tortura.

Nuestra vinculación no iría más allá. Sólo quedaba esa mañana —la última— con lo único que aún podíamos extraer de aquel encuentro, de aquel cruce del camino. Y admiré su piel. Me volqué a contemplarlo semidormido, bañado por la luz de un nuevo mediodía, donde yo me despedía de su existencia. Recorrí con mi mirada todo su cuerpo. Busqué entrever algún niño oculto detrás de su boca, de su perfil o sus ojos. Pero estaba segura que al despertar él, ese encanto habría finalizado.

Yo había puesto en aquella relación, entre cercanías y lejanías, una esperanza. Un apoyo común. Un mundo de imágenes e ideales. Una alegría a compartir. Pero me hallaba ahora empobrecida en la potencia de mi espíritu. Cuando Miguel despertarse habría de terminar todo aquel peregrinaje conjunto, y nuestros caminos se abrirían definitivamente.

¿Por qué? ¿Por nada? Por infinitos motivos que atentaban contra la naturaleza enriquecida por el hombre.

Aún así, en aquel momento final y luego de un extraño reencuentro, yo brindaba sola, en una copa ofrecida por la luz resplandeciente de aquel mediodía de septiembre en plena primavera ¡Yo brindaba mi adiós! Y acariciaba sus cabellos, sus manos, que era lo único que podía aún ser. Pues todos los demás esfuerzos con él, fueron frustrados.

Besé su perfil y lo contemplé. Anhelé que el tiempo no pasara, que las agujas del reloj se detuvieran en aquel momento y Miguel continuase así, frente mío y en pose inmóvil, como un precioso ensayo de la naturaleza que él mismo había desperdiciado. Quise retener su imagen, presionar el espacio evitando todo movimiento, conservar su juventud en un bronce humano. Pero el tiempo no perdonó y sus ojos se abrieron sonriéndome... Sin saber que se despedía de mí.

—“Buen día... con un beso”— me dijo

—“Bésame a mí. Con los labios. Sin presionar... Suavemente, deslizando la piel”— le contesté

Ahora tenía mi rostro entre sus manos y me besaba. Sus dedos alargados se insertaban entre mis lacios cabellos rubios.

—“Viviana... extrañé tus palabras. Tu pensamiento. Tu voz. Y hasta tus críticas tiránicas”— me iba diciendo

—“Todo lo que dices me encanta, Miguel. Y los demás también escuchan tus palabras y te creen. Aun yo puedo creerte”— le respondí

—“Siempre con tus dudas hacia mí”— continuó él con voz semidormida

—“Tengo motivos”

—“¿Cuáles?”

—“¿Por qué regresaste, Miguel? O más bien ¿Por qué huiste de ella ... de Ariadna?”— le pregunté

Despertó. Fue incorporándose hasta quedar sentado, y luego se detuvo sin hacer otro movimiento. Fijaba su mirada en mí, como si me descubriese entre los vapores del sueño. Entonces dilató los ojos con sorpresa, o tal vez con terror...

—“¡He mencionado una palabra prohibida!”— exclamé

—“¿Por qué me lo preguntas, Viviana?”

—“Quiero saber”

—“¡Claro!... Te habías alegrado con mi partida! Es claro...claro. Nada te importaba si me envolvían otros brazos, y llegó a extrañarme tu diálogo amable con Ariadna en la Cantina Azul ...Sí... era lo que buscabas ¡Desprenderte de mí! Y por ello te fuiste con premura aquella noche y no volviste en la siguiente”— observó

—“Debías asumir solo esa decisión”— fue mi defensa

—“¿Crees que la asumí o que me llevaron? Alguna vez puedes haberte equivocado”

—“Dijiste, Miguel, que extrañabas mi pensamiento”

—“No por ello tengo que aceptarlo siempre, Viviana”

—“¿Te llevaron, dices?”

—“Sí... por ausencia tuya al no retenerme. Pues claro ¡Yo estaba lejos! Y ya no vendría más hacia ti para separarte de ese mundo que te envuelve, que te tiene cautiva. De esa multitud de amigos que te aparta de ti misma, y te crea una ilusión ficticia”

—“No me respetas. No has comprendido nunca mi mundo”

—“¡Claro!— volvió a gritar Miguel —Yo estaba lejos, entonces ya no brindarías más nada, a nadie, pero irías recogiendo de todos”

Se había recostado nuevamente y hablaba con vehemencia, manteniendo la vista fija en la pared del frente.

—“¡Como te engañas, Miguel! ¿Qué puedo darte yo y por qué buscas mi refugio? ... ¿Y por qué huiste de Ariadna?”

—“Te dejo esa respuesta para que halles la contestación”

—“Sin embargo yo lo sé ¿Qué soy para ti y qué es la Cantina Azul? ¿Qué es nuestra ciudad en tu vida, y tu vida misma dentro de ella? Un ensueño, una forma de no despertar nunca”

—“Desperté a tu lado ¿No es ello real?”— intervino

Pero no continuó hablando. Las luces del mediodía primaveral comenzaban a ser más intensas a nuestro alrededor. Pero no llegaban al interior de nuestros pensamientos.

—“Bien lo sabes Miguel, tu actitud hacia mí, o en la Cantina, sólo es un divagar. Un detenerse en ese instante para intentar congelar el tiempo. Una forma justificada de no enfrentarte, de no iniciar tu vida, de continuar con la primera palabra como el niño prodigio con su clavicordio. No intentas ningún esfuerzo de superación, para crecer”

—“No sigas, Viviana...”

—“Siempre sigues igual. El sol entra por esta ventana todos los días, y desde aquí lo contemplas inmóvil. Estático. Sin ninguna novedad dentro tuyo. Tu refugio es siempre el mismo”

—“¡Cuánta crueldad, Viviana! Niegas mi cariño con pensamientos, con ideas... mentalmente”

—“Te insisto otra vez... dijiste que extrañabas mi pensamiento”

—“Está claro como el agua. Tuyo es el miedo a las emociones, Viviana”— contestó interponiéndose

—“¿Quieres callarte?— reaccioné herida —No destruyas la dirección de mi diálogo, desviándome. Deja por un momento esa habilidad que tienes para destrozar argumentos, llevando la conversación hacia otro lado, al vacío. Por un momento siquiera, debes escuchar sin interrumpirme, para conocerte mejor”

—“Escuchemos...”— opinó él, casi irónico

—“¿Por qué regresaste, Miguel? Por una mujer ...por mí. No es verdad ¿Acaso por apartarte de Ariadna? Tampoco es verdad ¿Por amor? ¿Por cuál amor, Miguel? Por ninguno. Sólo emociones sueltas invaden tu vida. Vivencias. Artificios verbales. Divagaciones trágicas. Extraños senderos torturados. Una vida de artista sin arte. Una existencia de pintor sin pinturas”

Lo miré atentamente. Miguel era una nube, una antorcha fugaz, un desvío.

—“¿Qué repuesta quieres?”— me preguntó decididamente

—“La auténtica ¿Por qué huiste de ella?”

Estaba yo sentada sobre el diván donde habíamos pasado ese amanecer. Ahora era el mediodía. Desde la ventana se percibía la ciudad. Los citadinos. Los estudiantes. Los profesores. Los empleados. Los obreros. Los motores. Y en aquel recinto él y yo. En un mundo de anhelos, de formas y colores, pegadas con chinches a las paredes de su habitación ¿Pero cuáles habían brotado realmente de las manos de Miguel?

—“Hubo muchos que claudicaron en este mismo camino de constancia, de disciplina, que es el arte”— dije mientras observaba los ornatos pegados allí —La pintura y el dibujo necesitan continuidad, permanencia. No se combinan los colores por arrebatos, ni se definen las formas al capricho, sino por un camino mesurado de pensamiento. No se inicia esta larga senda para abandonarlo todo, como un campo acabado antes de ser trillado. Que es lo que has hecho, dejando de pintar”

—“Dado que es un camino largo, yo puedo esperar”— contestóme él muy sonriente

—“Guardas aquí el recuerdo de cada uno de los artistas transeúntes que te visitaron. Que pasaron por este sitio. Es un pequeño museo ¡Si al menos fuera un santuario!”

Y le señalé la multitud de objetos pictóricos que nos rodeaban, entre cuales los de Miguel estaban en minoría. Era un atelier de artista enriquecido por obra ajena, y aún ésta había claudicado.

—“¿Qué clase de santuario querrías, Viviana?”

—“Al menos un santuario a la amistad”

—“Quieres entonces que vaya por el mundo rescatando a cada uno de sus autores, diciéndoles: ¡Vuelvan, la musa del arte los reclama!”— me expresó desconcertado

—“Nada de eso. De nada valdría. Los muertos sembraron y se fueron, ya sea para habitar en adelante bajo la superficie de la tierra, o en su peregrinaje estéril sobre ella”— le contesté

—“¿Y yo soy a tu parecer uno de ellos?”— me inquirió encerrándose luego detrás de un mutismo

Ahora su mirada era triste, obscura, apagada. Sus ojos volviéronse pequeños, cubiertos por los párpados. Parecieron sumergirse en un profundo foso... o detrás de algún objeto invisible para mí. Sus ojos me rehuyeron. Pero yo podía penetrarlos igualmente.

Comprendí entonces, que Miguel huía ahora de Viviana. Y quizás por razones semejantes, por intentar hacerlo despertar, por desear que emprendiera su camino sin desecharlo. Me veía con él y a él conmigo, en aquel mediodía de septiembre cuando recién asomaba la primavera. Sólo tibieza de sol, ciudad y habitantes.

—“Peor que ello, Miguel. No, no estás muerto. Peor que ello ¡No quieres vivir!— volví a insistir —Antes de comenzar ya has renegado. Antes de probar ya has argumentado negativas con frases hechiceras y bonitas. Encarnas a un bohemio noctámbulo, sin búsqueda. A un rebelde, sin deseos de vuelo ¡Pero aún más! No quieres vivir, lo acepto pues es tu elección... Pero tampoco quieres que los demás vivan, y eso ya no lo acepto... ¡Pues yo quiero vivir! Y voy a vivir, amigo mío”


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El atelier de Miguel ya no era el mismo. Una nube primaveral ocultó el sol, y nuestras conciencias cobraron otra lucidez. Podíamos hablar sin el hechizo de los rayos dorados, permitiendo reconstruir cada uno sus valores.

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2 - REFLEXIONES
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Las obras artística que nos rodeaban, eran proyectos de jóvenes en proceso. Pero habían quedado inconclusas como sus autores. Ello me animó a continuar en mis reflexiones.

—“Vivir es mi decisión, y no me complace escuchar tu destrucción de la vida”— díjele con gran seguridad pero con voz calma

—“Es una opción que nadie puede negarte, y menos yo”— aseguróme él

—“Mira Miguel, veo y compruebo que no buscas una rebeldía frente a la sociedad añeja. Tal como yo supe creer al principio de conocerte. No buscas superarla ni agotarla. No te alejas de la savia moribunda. Agredes en cambio todo lo que es creación nueva, pensamiento, luz, germen de vida. Y detrás de tu deambular errante, de tus cabellos revueltos, de tu rechazo a la sociabilidad, hay una sumisión a los órdenes acabados y un ataque a toda renovación”

—“No puedes negarme un lugar en esta aventura del presente, a la cual todos compartimos”— expresó con sorpresa

—“Puedo. Pues no te hallas en rebeldía contra las normas enquistadas y sin futuro, pero en cambio te opones a cada una de nuestras propuestas: Una noche de tertulia. Un gatito barcino. Una idea novedosa...”

En ese momento se incorporó y fue caminando en distintas direcciones. Sus ojos tomaron una brillantez nueva. Revelaba en aquella actitud indignación... y entonces díjome:

—“¿Quieres verme acaso con una bomba en la mano destruyendo domicilios”— fue su inquietante pregunta

—“¿La tengo yo acaso? ¿Me la has visto en algún momento? ¿Cuándo hemos participado los noctámbulos de la Cantina Azul en estos trágicos y torpes desencuentros?— le contesté con igual indignación

Miguel seguía caminando. Por momentos sus músculos hacían flexiones, como intentando despejar los últimos vapores del sueño. Como si creyera que ese diálogo era un sueño propio suyo. Pero luego miró hacia mí, comprobando la realidad de nuestra plática. Había deseado siempre ser dueño de la gente, pero nunca de sí mismo. En aquel momento lo comprendí, y ello me permitió continuar.

—“Pero sí existe en cambio la imaginación. Esa posibilidad de concebir, de estructurar. Hay una rebeldía vital que no implica muerte, desgarro, ni violencia. Allí donde no existe la subversión ni los secuestros, en la acción límpida a la faz del aire y frente al juicio humano. Donde se detiene el estampido de las bombas y los vidrios pulverizados... Donde se piensa, trabaja y vive”

—“¿En qué la diferencias? Podría se cobardía”— dijo él

—“En dar la cara por una idea sin esconderse... Como el amante por un amor”— le afirmé

—“Sí. Estamos escondidos ¿Es cuánto querías decirme?”— me respondió

—“Mucho más... Porque un rebelde real invade a la sociedad que encuentra caduca. Rompe sus moldes agobiantes. Transmuta sus estructuras vencidas. Señala la falsedad arrasando con sus luces de iones. Rechaza los acrílicos denunciando a esa imitación de la porcelana. La falsificación de la decadencia. Quita el antifaz a una sociedad que ya no se respeta a sí misma, mostrando al mundo cómo nada ha quedado del esplendor antiguo. Esparce por el asfalto todos sus antiguos colores. Y luego Miguel... ¡Con aquellos mismos colores construye un nuevo orden!”

—“¿Quieres verme allí?”

—“Allí, en esa empresa, estuvieron todos los artistas. Antes y ahora. Pero no eres para mí ninguno de ellos. Pues la creación debe ir a la vanguardia, abriendo caminos”— fue mi conclusión

—“Y bien... ¡Qué importo yo ...a nadie!”— expresó él resignado

—“Cierto. Quedaríamos ahí, sin tu arte. Y ya no necesitarías más identificarte con un artista. Adquirir su estilo, su lenguaje, sus lugares”

—“Lo tomo como una propuesta, Viviana”

—“Pero ocurre que además de ello... ¡No quieres que nadie más lo sea! No admites que ningún otro de tu entorno se aproxime a ese mundo ...No... No desechas los acrílicos. No te alejas de las estructuras vencidas. Pero en cambio me destruyes a mí, combates mi fe, mi ilusión, lo que llamas en tu forma peyorativa con el nombre de ...escena ficticia”

Miguel enfrentó con fijeza su mirada en la mía. Las profundas órbitas de sus ojos, como abismo irresistible, volviéronse más obscuras. Lucían en ese momento una gran hermosura, como el mejor de sus dibujos, como una creación real o imprevista. Tal vez como una belleza del mal. O del ingenio. Pero yo creo más bien, que tratábase de una oculta debilidad.

—“Sí. Destruyes al amigo que se halla a tu lado— volví a insistir —Al artista sensible que cree en la profundidad de tu alma, cuya inocencia poética no le permite entrever que en tu interior vive solamente una divagación. Un abandono sofisticado que no busca más que el placer de un instante. La emoción del momento. El ahora. Nada más”

—“¿Tanto así, Viviana?”

—“Desmenuzas. Desarticulas. Desordenas. Tienes la gracia verbal para cautivar, y destruyes las confianza interior de los seres de tu entorno. Los sutiles. Los humanistas. Los emotivos. Los rebeldes. Los imaginativos. Los artistas. Los que podrían construir una ciudad nueva”

—“¿Y de qué forma soy yo un destructor?... Un maldito”— expresó calificándose con ira

—“Te conviertes en un maldito porque te opones a todo cuánto los otros deseamos hacer y vivir. Degradas nuestra energía, fracturándola, desilusiónándonos... ¡Y en ello colocas una savia artística misteriosa, muy destructiva!”— le contesté con fuerza

—“Tengo ingenio entonces. Algo al menos me reconoces”— comentó irónico

—“Lo tienes. Talento— asentí —Es real. Mal distribuido. En estado crudo. Sin conducta. Sin tratamiento. Virgen. Salvaje. Ocioso...”

—“Ya es algo, Viviana”

—“Miguel, nosotros somos un poder creativo. No podemos utilizar a la naturaleza tal cual emerge de la tierra. Para sobrevivir, debe elaborarse. Tansformarse, para que sea aprovechable”

Miguel había variado nuevamente ¿Cómo definirlo? Se incorporó radiante. Recorrió la habitación. La nube que ocultara al sol había desaparecido. Su hermosa figura recortábase sobre la luz del mediodía, y esa claridad hizo resaltar el color oliva de su piel. Su prestancia era cautivante como modelo para un escultor. El esplendor tibio de septiembre convergía en su imagen, donde el magnetismo brotaba en forma espontánea... y él sabía utilizarlo.

—“Te molesta el fuego de mi naturaleza, Viviana. Te atemoriza la energía que he puesto entre los dos, y quieres huir de este amor nuestro que se ha apoderado de tus emociones. Te ha desbordado, Viviana”

Dijo aquello tomándome con fuerzas, pero sin pasión. Luego él mismo dejó caer sus brazos, advirtiendo que había comenzado a pensar.

—“¿Y qué me dejó el contacto con tu naturaleza, así... en estado virgen”— respondíle

—“¡Un deslumbramiento! ...La realidad de un contacto... La piel”

—“No. Es imposible, no alcanza para unir dos vidas. Hace falta una dinámica mayor. Es distinto para nosotros que para los seres del monte. Del churquizal. De las punas y las pampas. Nosotros tenemos que elaborarlo todo para que cobre realidad y salga del sueño. O del ensueño. Cuando una relación se alarga como la nuestra, Miguel, debe haber otras realidades mayores que la hagan fructificar”

—“¡Creo entonces, que el monte es mi auténtica realidad!”— opinó él con rapidez

—“El monte es otro nivel y no es el nuestro, somos humanos. Las piedras. Los insectos. Las aves. Los animales. Los ofidios. El churquizal y el yuyal. Las champas verdosas. El berro flotante sobre el arroyo... dialogan entre sí. Sobreviven en su ley”

Sobrevino un silencio. La mirada de Miguel habíase tornado meditativa, y su savia dormida de artista en reposo, pareció prendarse de aquellas imágenes.

—“Es la ley que acepto para nosotros y dentro de la cual deseo llevarte a mi lado”— expresó luego él anhelante

—“No, Miguel, no es posible. Una libélula circula de una piedra a una mata. La abeja sobrevive a la tempestad hallando refugio bajo una hoja. Los reptiles subsisten entre las poblaciones, pasando inadvertidos para el hombre debajo de pircas y churquis. Pero nosotros no, Miguel, somos humanos. No podemos vivir en esa espontaneidad desnuda. Repitiendo formas. Por herencia de especie. Nosotros somos de herencia divina. De pensamiento y creación”

—“Hallo en ello falta de naturalidad, Viviana”

—“Pero es real. Fuimos creados como humanos. Nosotros construimos cada uno su espacio, con aciertos y errores... Y no puedes oponerte más a ello ¡No Miguel!”

—“¡Viviana! Hay un poder en la naturaleza cruda que he querido comunicarte. Te lo he entregado en momentos hermosos. Con toda mi emoción. Te lo he querido hacer sentir también por las calles bohemias, que tanto te gustan—dijo él emocionado — Dejémosles a otros ese mundo de tareas. Esfuerzos. Triunfos. Torturas mentales y reales... Quedémonos aquí, con nuestra especie bien dotada de artistas, tal cual somos, con todo su entorno natural. Monte. Pampa. Vendaval. Colores. Emociones... ¡Hay mucho para vivir!”

En este punto yo quedé callada. No dejaban de emocionarme sus palabras cautivantes. Miguel era aún un artista creativo a pesar suyo, y lo manifestaba en esas observaciones. Sin embargo consideré que mi pensamiento también era válido, y lo expresé así:

—“Yo tomo a la naturaleza, pero para elaborarla. Toda aquella magnitud de los campos vírgenes nos agrede— insistí segura de no claudicar —La naturaleza de la tierra en estado puro fue diseñada para otros habitantes, no para nosotros. Debemos adaptarla”

—“No lo comparto. Todo cuánto formamos con ella es el símbolo de lo que hacemos también con nosotros. Ella es más poderosa, pues démosle ese dominio”— respondióme él

—“¿Has vivido alguna vez en plena sierra cuando los yuyales invaden tu entorno, hasta el borde de tu casa? Yo sí. La yarará reptando se introduce por tu puerta, cuando la halla abierta. El alacrán se cobija en tu cuarto de baño. La hita encuentra refugio bajo tu colcha. Es otra ley. Quizás más temible”

—“Quiero dejarla tal cual es”— objetó

—“Nunca sobreviviríamos”

—“Adaptémonos”

—“Miguel, lo que te has propuesto en todo momento, es transgredir una ley humana... Pero aquí estamos y aquí nos erigimos y aglomeramos en un planeta inhospitalario. Pues nos hemos propuesto sobrevivir, recreando a la naturaleza. Construyendo en su entorno. Tal vez transformarlo todo”

—“¿Crees que hay arte en ello? Apoyo la preservación selvática”

—“La preservación selvática es un deber al que muchos acuden, con real amor. Pero ello no implica vivir dentro de ella como un puma más. El arte es la reelaboración de la naturaleza. El amor también. El triunfo de la belleza está en ese contenido que el hombre puede prodigar a la materia... Y ahora Miguel ¿Quieres destruir una obra de milenios? ¿Retornar al primer hombre? Lejos de todo y de todos. Al monte primigenio. El churquizal de origen”

—“¿Quién me lo prohibe?— saltó él enérgico

—“Puedes. Sí, puedes. Nadie se opone... ¡Pero irás solo y no conmigo!”

Hubo un silencio prolongado entre ambos. Era el momento de introducirnos cada uno en su interioridad, y aceptamos nuestra mutua mudez. El bullicio exterior se adueñaba de la ventana.

—“Entre dos puede ser distinto”— me dijo luego con más calma

—“¿Dos? ... ¡Dos solos no!”

—“¿Por cuál causa?”

—“Sería más terrible la soledad. La agresión del medio, y la nuestra mutua... inevitable”— insistí aclarando

—“Te invito a compartir conmigo esa naturaleza sin roces. Aislada en un cofre de emociones”

—“Nunca me aislaré en un cofre cerrado, ni de oro, ni de plata, ni de estrellas— volví a expresar —Yo sobrevivo y lo hago en el medio humano. Asiento mis pies. Mis manos. Mi cerebro. Y creo hoy, luego de tu regreso, que hasta el más elemental de los humanos puede ayudarme a crear un núcleo. Una esfera. Una ciudad, amparada. Donde se condense la atmósfera necesaria que nos proteja de la naturaleza agreste y agresiva, del escenario original. No pertenecemos a él. Somos individuos reelaborados. Es nuestra herencia. Nuestra deuda. Nuestra continuación”— concluí callando

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Ambos quedamos silenciosos. La calle bullía. El sol penetraba sobre esa quietud de la habitación por una ventana. El cielo sereno nos enviaba su color.

—“¿Hace falta suprimir esta fiesta, Viviana?”— me dijo señalando al cielo colorido

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3 - RECUERDOS
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Miguel tenía su estilo. Su fuerza. Su increíble poder de sugestión. Aquella naturaleza suya que enternecía de amor o de dolor, pero que borraba el espacio cautivante de nuestra Córdoba bohemia. Era fácil dejarse llevar por ese hechizo suyo, con la independencia juvenil creada en esta década del 70, destructora de moldes añejos. Otra juventud. Nueva. Inquieta.

Luego de ello, todos mis anhelos se disolverían entre sus brazos y más adelante, mis fibras iban a quedar prisioneras de sus necesidades. De su imperio. Y a partir de allí comenzar a olvidar las razones que me habían impulsado a formar parte de aquella bohemia constructiva, para disolverme también yo, en la desmaterialización de Miguel.

—“¿Recuerdas Miguel?— le dije nostálgica de un recuerdo —Una noche... después de mucho tiempo de conocerte a distancia, una noche de invierno caminamos bajo la atmósfera de esta ciudad... empapada en un rocío helado”

—“Sí, lo recuerdo muy bien. Fue un pasaje sutil. Una anécdota casi diluida ¿Dónde quedó, Viviana?— se internó en el tiempo y viajó por él

—“Creí verte como un personaje extraño, agudo, inquieto, penetrante. Una esencia de artista flotando alrededor tuyo ¿Recuerdas Miguel?”

—“¿Ya nada queda, Viviana?”

—“Ibamos juntos y nos acompañábamos. Las calles vacías a esa hora, se abrían delante nuestro como senderos de un final misterioso ¿Recuerdas?”

Adormilado por ese ensueño, Miguel me tomó de los hombros, apoyando su cabeza en ellos. Utilizó el momento evocativo, que para mí era tan importante, tratando de exprimirle toda la savia. Y su necesidad de hechizo buscó formas nuevas. Suaves. Pero yo viajaba en pensamiento.

—“Recuerdo aquella noche— continué —La ciudad estaba muy fría. El amanecer no tenía prisa y deambulábamos como dos jóvenes nostálgicos, mientras la urbe dormía. Tu mano me pareció una compañía tibia. Tu voz un consuelo fraterno. Y entre ambos creí entrever una estela, la extremidad de un cometa, cuyo núcleo central nos llevaba hacia un encuentro substancioso”

—“¿Qué habríamos de encontrar allí?”— preguntó

—“Otro orden”

—“Para evadirnos de nuestra escena”
—“No, Miguel. Para traerlo hacia nosotros y enriquecer todo el espacio. Toda la esfera habitable, donde tántos deambulamos”

Miguel volvió a replegarse, abandonando su magia envolvente. Recorrió con su mirada aquel entorno de su habitación. Y depositó sonrisas sobre las paredes cargadas de adornos.

—“Pero yo entonces— evoqué —veía mi anhelo propio, y creí que era el mismo tuyo”

—“Pertenecemos a la misma generación, Viviana, tenemos por fuerza semejanzas. Identidades comunes— observó él con entusiasmo —Necesariamente vamos transitando por la misma historia. Dejaremos el mismo paso por esta ciudad universitaria. Y nos recordarán como el conjunto de una misma generación con sus peculiaridades. Dolores y logros. Tal como se recuerda a las otras que nos antecedieron”— con estas palabras Miguel adquirió seguridad

—“Pero había desde el principio diferencias entre los dos— opiné —Yo intentaba en ese entonces resurgir de un mundo agotado. De costumbres societarias que habían llegado a su agonía. Sin mi culpa. Sin mi causa. Antes de que yo palpitara. Verdades concluidas. Y ésa era mi rebeldía generacional, sin necesidad de proclamas sangrientas. Sigue siendo la meta a alcanzar. Nuestra generación del 70 no es culpable de recibir una estructura vencida ¡Pero somos responsables de nuestro presente y debemos abrir el camino del devenir!”
—“Responsabilidad suma... ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué a mí” — comentó él

—“Porque tenemos deudas con el pasado. Deudas con esta ciudad valiente cuya edificación fue muy difícil dentro de un territorio primitivo y aislado, que lograron realizar familias sacrificadas y estudiosas. Con una Universidad de cuatro siglos levantada desde la nada por los Jesuitas, maestros vigorosos que nos antecedieron ¡Y no podemos ser menos que ellos! Debemos merecer esa herencia, tal como fue en ese tiempo mucho más difícil que el nuestro. Donde sin embargo, marcaron épocas ¡Nosotros somos más ricos aún! Vivimos en un siglo integrador”

Nos mirábamos altivamente. Principiaba el planteo de nuestras diferencias y ambos percibíamos ya, la distancia insuperable.

—“Has mencionado una riqueza. Quiero verla”— me espetó

—“Sí. Somos jóvenes y libres. Elegimos nuestros horarios y caminos, a diferencia de las generaciones anteriores que llevaban sobre sí sellos de ataduras, que ya no existen ¿Es poco acaso?... Piénsalo”

—“Voy a pensarlo, te lo prometo, Viviana”

—“Nosotros somos muy ricos, Miguel, dueños de esta urbe creativa e ilustrada. Seguros de la propia identidad y sin limitaciones de vida. Con la protección económica de nuestras familias. Con la energía del pensamiento elaborado largamente, en esta ciudad llamada la Docta, como un regalo que los dioses celeste otorgan con placer a ciertas comunidades elegidas. Para probarlas. Pero debemos responder a la fe que depositaron esos seres divinos en nosotros... Y no arrojarlo todo al vacío”

Dije aquello con convicción, muy emocionada. Miguel me tomó de las manos intentando calmarme. Me serené, pero seguí mi pensamiento:

—“Esa era mi oferta. Mi propósito. Mi espera. La puse entre los dos. Pero entonces ...¡Trajiste la angustia!... Esa insólita angustia tuya”

—“Es nuestro 70... Yo no soy el único en vivirla”— contestóme él

—“¿Olvidas la libertad que posee nuestra generación? Integral. Es un tesoro incalculable. El preciado bien que todas las juventudes reclamaron a los cuatro vientos por diversos tiempos. Libertad para construir o destruir. Yo elegí la faz constructiva desde el comienzo. Miguel... ¡has elegido la destructiva!”

—“¿Estás segura de ello?— inquirió con disgusto —¡No soy un subversivo! No coloco bombas. No busco la violencia ni la incito. Pues hay subversivos de palabra y discurso, incitadores en las aulas, quienes luego se escudan detrás los jóvenes que forman la “carne de cañón”, produciendo los hechos físico. Soy testigo. Y después aquél que los ha convencido se mesa los cabellos cuando queda señalado. Porque al no actuar en forma directa, se considera a sí mismo limpio de todo cargo. He asistido a esta escena con sorpresa. Me sorprende la cobardía de los incitadores que se valen de la palabra”

—“Pienso lo mismo de esto último, y he sido también testigo de ello. Pero cuando se detiene el estampido de las bombas y los vidrios pulverizados, hay otras formas de estar en subversión”— le respondí

—“¡Entonces entra en juego mi angustia generacional!”— exclamó exaltado

—“Sí. Tu angustia. Tu deambular juvenil pudo haber tomado un camino más positivo. Podría bien llevado, haber sido un deseo de búsqueda. Un anhelo de continuar hacia delante tras la salida, para atravesar el monte empinado y el río cubierto de remansos. Pero no. Tu angustia era sólo el deseo de quedar atascado e inmóvil en el laberinto, para culpar a todos de tu tragedia ...No...No había tragedia alguna ¡Pero lograste crearla”

—“Esperabas de mí la arrogancia de un cóndor”— burlóse

Me detuve. La luz del mediodía rebotaba en sus pupilas con chisporroteos inquietos e ingeniosos. Como caricias contenidas en pretéritas escenas. Había perdido mi calma y necesitaba recuperarla. Cuando lo logré, fui continuando de a poco mi pensamiento:

—“No era eso— comencé a responderle —Sólo había necesidad de dar aliento a nuestra gente del 70. De dar cauce a nuevas formas, para hacer honor a los antiguos habitantes de esta ciudad que tanto se esforzaron, que nos brindaron un estilo. Y de los cuales hemos heredado esta bohemia, esta ilustración y estos sueños”

—“¿Vas a negar Viviana el dolor de toda juventud? ... Es doloroso ser joven”

—“¿Por qué lo afirmas?

—“Sufre todo joven. Hay un dolor interno. Se ha perdido la niñez apacible y no se adquiere aún la madurez”

—“Pero también se posee emotividad, creatividad, ideas, alegría eufórica. Y todas ellas en conjunto nos modelan ¡Pero las has rechazado dentro tuyo!”

—“¡Viviana! Es doloroso ser joven... hemos perdido el encanto de la niñez”

—“Pero hemos adquirido también otras emociones. Y porque no amas esa alegría juvenil, ves un crimen en la mía. Quieres ahogarla. Asfixiarla. Me impones tu compañía exclusiva. Me buscas en forma posesiva”

—“Es así el amor”— aseguró él

—“No lo es. Tu magnetismo te magnetiza confundiendo dentro tuyo el sentido del amor, como una forma sutil de expresar tu anhelo de poder. Por ello sientes la necesidad de alejarme del mundo y ocultarme en tu fortaleza, como amo absoluto. Estás muy lejos del amor, Miguel. No te apartas de los demás por una necesidad de meditación, de creación pictórica. Sino por falta de amor. De amistad. De cordialidad. De convivencia... Y también de valentía de parte tuya hacia el mundo”

—“¿Valentía? ... ¡No!— gritó

—“¿Estás seguro?”

—“¡Soy el único entre ustedes que rompí! ...Que emigré... Que partí lejos. Que salí del foso cordobés, nuestra hondonada del centro citadino. Que tomé un aire diferente al de La Cañada. Que me cobijé bajo otra arboleda, distinta a las añosas “tipas”... Y los he encontrado al regresar iguales a cómo los dejé”

—“Has dicho bien ¡Rompiste! Sin aportar ideas nuevas”

—“¿Cuál es pues tu idea de la valentía?”— insistió Miguel

—“¡Huir no es valentía!— opiné yo con fuerza —Emigrar es muchas veces sólo una huida y no una ansiedad de aventura, de crecimiento. No en tu caso. Podrías haberte quedado con nosotros, o irte con Ariadna, poco importaba el cambio de geografía. Todo lo que importaba aquí o allá, era que construyeras. Que dieras marcha al riesgo de pensar, pintar, posibilitar, proponerte nuevas tareas”

—“¿Sin importar el cambio de escenario?”

—“Sin ello o con ello. Pero no. Te apartas de los demás para que no te obliguen a cumplir tu compromiso frente al mundo. Tu deuda con la naturaleza elaborada”

—“¿Es acaso imperioso?”— preguntó Miguel, insatisfecho

—“Lo es...”

—“Sin aliento”

—“¿Y por qué huiste de Ariadna cuando te llevó a su lado? ¿Puedes contestarme?— le interrogué — Yo lo haré... Porque ella te enfrentaba ante tu propia imagen. La seguiste al principio pues creías que ibas a lucir ante Ariadna tu naturaleza cruda, tu magnetismo natural, para cautivarla ¡Pero ella vino detrás de tus colores de artista!”

—“Fue duro, desilusionante, también yo lo comprendí emprendiendo el regreso”— aceptó Miguel

—“Así fue, y de pronto descubriste con espanto que debías a su lado pulirlo todo. Ofrendar al mundo tu deber para con él. La deuda que tienes por ese don especial que brota de tus manos y necesita elaborarse. Un don que los dioses celestes no ofrecen a cualquiera, pero implica también obligaciones mayores”

—“Es mucha carga para mí, pero me hace feliz que me valores al menos como pintor”— sostuvo él resignado

—“Posees el don y la deuda. Ella lo comprendió al conocerte. Ariadna vino a tu vera como un mensajero de tu camino artístico, mostrándote el hilo mágico. Pero lo cortaste de un solo tirón y has quedado ahora preso en tu laberinto”

—“Ahora me hallo de regreso a tu lado, Viviana”— rumoreó casi para sí

—“¿Y yo? ¿Qué soy? Algo muy diferente. Alguien que se niega a permanecer a tu lado”

—“¿Me abandonas?”

—“Aparto mi vida para salvarla”

oooooo

Yo estaba ya de pie con mi ropa puesta. Afuera era sol. Luna. Lo que fuera. Era nuestra ciudad. Nuestra amada Córdoba, hoy día doliente, lacerada de incendios y violencias. El 70 habíala perturbado en su docta vida de centenios.

¡Pero estaba yo! … Sí, yo Viviana aún estaba aquí.

Y estábamos todos los noctámbulos de la Cantina Azul para brindarnos. Para devolverle su lírica, sus pinceladas, toda la bohemia con su antigua energía.

Una década es una anécdota, como ésta que ahora parte a formar parte de leyenda:

Cruel. Satírica. Posible. Hasta increíble.

Viviana pertenecía a Córdoba ...Y Córdoba era Viviana...¡Juntas seguiríamos!

oooo

4-RETORNO FINAL
.......................

¡Generación del 70! ...¡Cuánto sufrimos en ella!... Con sus aristas. Sus conflictismos. Sus polémicas errantes. Sus vidas inconclusas. Sus sueños incompletos.

Miré a Miguel y un cariño suave me inspiraba, ya antes de partir, nostalgia por él. Me inquietaba. Un cariño hacia una naturaleza dotada y perdida, no elaborada, sin esperanzas.

Lo observé. Contemplé su encanto natural. Su piel olivácea. Su musculatura. Sus ojos obscuros y bellos. Sus manos largas, finas, cargadas de centelleos. Perceptibles a mí, a mi esencia. Y me quedé un instante observando esa obra magnífica de la especie, ese bronce humano con toque de brillante juventud, que se negaba a reelaborarse.

Pero no quise contemplar su espíritu. Su mente. Sus pensamientos y emociones. No quiero pensar que la especie humana sea responsable, también de ellos. No. Hay una responsabilidad que es nuestra, de cada uno. La responsabilidad de naturar a la naturaleza, de reelaborarla. Una responsabilidad que yo asumo.

La naturaleza da belleza a la mariposa y fealdad a la araña. Liviandad a la libélula y pesadez al quirquincho. Hace aéreo al choguí y terrestre al la yarará. Unos vuelan y otros reptan sin posibilidades de cambio. O con transmutaciones fijas. Sus procesos evolutivos o involutivos ocupan eras, y no pueden decidirse por un pensamiento individual.

Nosotros los humanos, en cambio, partiendo de la herencia recibimos y modificamos en una aventura privada. No somos estáticos. Nacemos y el resto es nuestro. No tenemos la misma ley que los otros, en el mundo animal y silvestre, y podemos modelarlo y modelarnos, ampliar o mejorar. También dejarlo todo a la deriva... como Miguel.

Lo miré nuevamente. Pero comprobé que su piel no tenía un diálogo con la mía. Que su aroma no me retenía. Que su interioridad era un vehículo desarmónico, interponiéndose entre ambos, como imagen de un tiempo vivido que había terminado en vacío.

ooooooo

Cuando la puerta quedó atrás y mi piel olvidó el contacto con la suya, seguí pensando en él como en un agua en apariencias transparente y bella, pero a la que no se debe beber. Pues no es potable. Y es preferible buscar entonces otros afluentes, otras serranías y nuevos valles. Un líquido apropiado. Un escenario indicado. Un vehículo adaptable.

Para nosotros. Para los jóvenes que anhelan hallar una puerta hacia el exterior. Para los ansiosos de atravesar las corrientes en busca de otra orilla, como un imperativo de la vida.

oooooo

La ciudad me aguardaba. Su energía pasó a mi lado como una condensación. Al contemplarla comprendí que debía desgastar una suerte de adherencias fijadas dentro de mi intimidad, entremezcladas y ajenas, durante este vínculo prolongado con Miguel.

Los rayos del sol heríanme los ojos. Las imágenes de esas sombras que se proyectan sobre la vereda, con cada caminante, imponían un mensaje. Para mí. Para muchos. Para los deseosos aún de cruzar el espacio que nos separa del devenir.

Y aquel era mi regreso. Mi retorno final hacia mi propia naturaleza, que buscaba una reelaboración... La mía.

oooooooo

..............FINAL..........


Alejandra Correas Vázquez

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