EL INDIANO

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EL INDIANO

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Sáb Oct 16, 2010 5:02 am

EL INDIANO
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Por Alejandra Correas Vázquez



I – REGRESO DEL INDIANO


Juan de Aguiar pisó las calles de su aldea andaluza después de haber dejado la juventud. Atrás suyo, en un pasado de andanzas incontables, había perdido el mirar ardiente que en otras tiempos le abrieran las rejas, hacia los rostros morunos ocultos tras la cruz conquistadora del cristiano.

Juan volvía a la aldea natal con los miembros envejecidos, pero con grandes monedas de oro asomando de sus bolsillos. Una mozuela de aire extraño lo acompañaba, observando con sorpresa, el escenario donde su padre viera la luz. Era su hija. El único recuerdo que aún conservaba de la ”Ñusta” doliente —princesa inca— que un día le pidió clemencia para el padre, un noble Orejón, en medio de la azarosa conquista del Perú.

Su nombre era Catalina, y ella valía más que el oro de sus bolsillos. Como la melancólica Anac había constituido para el guerrero, un tesoro mayor que muchas victorias de sangre y raptos, por ser lo único que su brazo conquistó sin la violencia. Su reciente pérdida trájole tanto dolor, que Juan resolvió el retorno al solar natal.

Hoy volvía viejo, heroico y poderoso, a caminar por las calles que supieron de sus correrías con pies descalzos, de una infancia apartada en el olvido. Sin embargo, un temor incomprensible había invadido al conquistador de Indias, cuando las velas lo empujaron frente a la costa española.

Y allí estaba ¡En España!... luego de tantas imposibles aventuras. Después que aquel torrente de sangre llegó a cubrir sus pensamientos hasta llegar casi a ignorarla. Sí. ¡En España! Esa sangre nueva que ahora ocupaba la historia del mundo y que como él, también envejecería.

La rústica aldea con su mar, sus pescadores y las viñas, no reflejaban mayores cambios. Sólo una renuncia obligada a los legados árabes y abundantes cruces. La torre del Al-Almoacín se perfilaba en silencio sobre el azul penetrante del cielo. Y las vibraciones de un órgano envolvían las naves de la antigua mezquita.

Y esta aldea lo recibió con júbilo, así como lo viera partir con indiferencia. El oro le labró pronta fama y la hija de América, con su principesco origen incásico, lo bañó en misterio. Numerosos amigos saliéronle al encuentro, cuando nadie lo había despedido en su lejana partida.

Esta circunstancias hubieran envanecido el espíritu de cualquier aventurero, pero las experiencias de una vida arrojada en manos del azar, habían decepcionado al Indiano. Partió del Cuzco llevando consigo los últimos ímpetus de audacia, pero éstos se eclipsaron frente a los rostros de aquella multitud de amigos inesperados.

Una noticia que surgiera con el retraso de los años de ausencia, vino a ensombrecer aún más, las esperanzas de un necesario descanso. Su novia de juventud, la morisca Dajma —de la que partió llevándose la imagen adherida a los recuerdos de hogar— aquella bella mora que escuchó de sus labios mozos la promesa inquebrantable de un regreso... ¡Había sucumbido en plena juventud bajo las llamas inclementes de la Inquisición!

Creyó encontrarla con blancas sienes rodeada de numerosos nietos. Pero las llamas de la hoguera habíanla destruido después de su partida. Y mientras deambulaba por la calles de su primera ilusión, recordó fugazmente a la espada invasora que elevó tantas veces, sobre las cabezas color cobre que miraban hacia el dorado Templo del Sol.

El terruño supo brindarle la añorada brisa, los frutos morados de sus viñas y la sobra del olivo. Pero sus hombres no eran los que él conociera. Nadie recordaba las risas infantiles de Juan de Aguiar, todos se descubrían ante el paso del Indiano. El conquistador palpó amargamente las bolsas ensangrentadas de sus monedas y se retiró hacia una huerta de los contornos —que adquirió lejos del pueblo— desde donde podía contemplar en lejanía las costas del mar que le recordaban, dolorosamente, toda la historia de su vida.


II – LA HIJA DEL INDIANO


Cuando el músculo del guerrero asentó el primer golpe de la azada sobre la tierra (en compañía de los hombres de labranza que él contratara) adquirió ante los ojos de Catalina el aspecto de un niño. No era un campesino más que quería recordar un tiempo de sencillez olvidada —ya que él ahora tenía suficientes campesinos a su servicio— sino un espíritu nuevo que descubría dentro suyo, facetas casi ignoradas. Lo veía trabajar con el alba, entusiasmado en aprender ese oficio, igual a los escolares deslumbrados ante el trozo de greda sobre la pizarra.

Luego ella se alejaba para recorrer estos parajes, adonde le destino había colocado su existencia. Era una extraña muchachita de obscuros cabellos lisos, ojos claros, piel mate, carácter firme y andar callado. Su rostro y su temperamento se forjaron en el cruce de dos razas, durante la agonía de una civilización sudamericana.

Observaba con admiración —junto a la aldeana que la acompañaba— el enrejado de las casas con frente blanco, desde donde partía el alegre bullicio de las zambras. Viviendas que mantenían aún el diseño almudéjar, cual filigrana de encaje hecho en yeso, y los exquisitos ornamentos arábigos. Entre las callejas de piedra de artesonado morisco, algunos chiquillos muy pobres correteaban luciendo su rota y escasa vestimenta. Mientras los carruajes de los señores atravesaban el pueblo golpeando sobre el adoquín, las grandes ruedas con remaches de oro reluciente, extraído de los templos americanos.

Las costas le obsequiaron un paisaje de paz. Ella pensó que al otro lado del horizonte una quena acompañada de sikus, elevaría su escala de cinco notas sobre el silencio de las ruinas del Inca. Catalina creyó percibirla a través del aire nuevo que la iba envolviendo. Y como un espectro de soledad aquella voz del Incaísmo, fue diluyéndose lentamente, con todo su encanto nostálgico, entre las imágenes del presente.

El “jipío” de un cante cubrió de pronto las aguas que bañaban la costanera. Una barca volvía de la mar con su cargamento diario. Las redes se volcaron sobre la arena, mientras las cuerdas de una guitarra entonaban un romance de pescadores. La joven y su acompañante de acercaron. Sus mantillas les cubrían los cabellos protegiéndolos del viento. Aquella tarde Catalina encontró el amor.


III – RECUERDOS DEL INDIANO


Don Juan lo supo. El encuentro llegó a sus oídos, pese al silencio de su hija y de Encarnación (esa mujer que había comenzado a ocupar un lugar de madre, ahora vacío en la casa). La huerta florecía y los durazneros se colmaron de frutos. Llegaron los damascos y las brevas. El higo morado tiñó los campos. Los parrales coloreaban junto a los surcos. El Indiano introdujo aún más sus manos en la tierra.

Las noches llegaron en su labranza mientras él rememoraba, tardíamente, aquel afecto de su juventud con el cual trataba de justificar al destino ineludible, que arrancaría a la hija de su lado. No conoció a sus padres, pero se hubiera alejado de ellos. Dajma surgió en su recuerdo como una ilusión imposible.

Las ricas habitaciones del moro lo rechazaron. Llevaba los pies descalzos el día en que se cruzó con ella, ataviada de tules y adornada de joyas. Gruesos cortinados color granate separaban a las doncellas árabes, de la sala de recibo. Pero las verjas de los ventanales se abrieron por las noches... Hasta el día en que el opulento morisco las cerró con violencia.

El partió a las Indias, y a su regreso tenía los brazos cargados de riquezas. El comerciante moro ya no estaba para admirarlas. La desgracia cayó sobre todos ellos, pero la imagen cubierta en llamas de su primer amor, no le permitió gozar con la venganza. Desde la orilla del mar los aldeanos entonaban las antiguas zambras moriscas. Las blancas cabalgaduras sarracenas persistían. Sus huellas quedaban sobre cada cuerda de una guitarra. O en cada perfil aquilino de ojos sombreados y tupidas cejas negras, que navegara por las barcas de la costa.

Pensó nuevamente en su hija, y recordó a la madre que la alumbrara. Fue la encarnación del gran amor, el que acompaña durante años. El bálsamo que surgiera en el camino de su vida, entre el fragor de las contiendas, con una soldadesca victoriosa y envilecida ...Sí... Anac fue la paz en el centro de aquel infierno.


IV - DIÁLOGOS Y DUDAS


Aquel día Catalina tomó asiento en la mesa frente al padre. Levaba los cabellos sujetos a la nuca, asomándole a los costados de la cara un par de colgantes de plata. La mantilla era roja, como símbolo a su juventud.

—Esos aretes te lucen muy bellos ¿Son regalo suyo? ...digo... ¿de Diego?— le preguntó Don Juan al verla

Ella lo miró sin responder.

—Hija ... quiero tu felicidad. No me mires con dureza, que yo no voy a interponerme en tu destino— la voz del padre intentaba ser persuasiva
—Todo lo que me llega de él es bello. Trae la hermosura de una vida laboriosa.
—¿Es sincero? ¿Te conoció después de verte a mi lado? ¿O se llegó a ti en forma espontánea?— sus ojos se cruzaban en alerta
—¿Por qué desconfías? ¿Por qué piensas que todos los habitantes de tu aldea natal, son codiciosos de ti al saludarte? No has permitido que nadie, desde nuestra llegada aquí, te abra su amistad. Diego tiene la sinceridad del hombre de trabajo. El único que puede honrar su nombre de varón. El que forjará un hogar estable.

El viejo guerrero se irguió de un salto sobre su asiento. Para recostarse nuevamente con lentitud.

—Catalina ... tu infancia se desarrolló en medio de borrascas. Pero debes saber que en el mundo que conocieron mis días no supe de descanso. Para que perdure un hogar no basta la labor, deben perdurar las vidas. El pescador acecha la suya contra una fuerza superior a la humana, los soldados exponemos la vida hombre contra hombre. Las posibilidades llevan igual parte. El mar es una guerra contra la naturaleza.
—No me espanta, padre. Lo que está determinado será siempre invariable, pero la mutua fe, no habrá de morir nunca por ello— la hija había perdido su dureza del comienzo, tratando de hacerse comprender

Un lento silencio inundó la habitación. Sobre la mesa estaba servido el almuerzo. Las verduras de la huerta propia, cubrían la fuente como un mensaje de armonía.

—¿Puede Diego darte un presente como éste, logrado con mis manos, después de una vida de agitaciones sin cuenta? ... ¿O espera lograr su barca propia con la ayuda de mi bolsa de conquista?
—¡Don Juan!— intervino Encarnación con alarma —Vuesa Merced, lo conozco a usted desde niño. Yo era mozuela cuando veíalo detenerse frente a una reja, desde donde partían al abrirse esencias delicadas de los más variados perfumes. Si las puertas lujosas de aquel padre hubiesen dejado transponer sus pies descalzos, ofreciéndole entonces en obsequio, los borceguíes que sobraban en su tienda... no hubiera usted partido para Indias.
—No... Todo es pasado en mi vida, pero esta niña es mi presente ...No... No puedo ser dogmático. Los rincones más apartados de mi deambular, denunciarían la falsía.

Miró de frente a su hija, y con suavidad extraña en él, continuó hablándole pero ya cambiado de tono.

—Temo por tu futuro Catalina o tal vez por mi propia existencia. El reposo me es duro. No estaba preparado para él. En la vigilia las circunstancias son mucho más llevaderas.
—El que ama, padre, da sus homenajes a la amada.
—¿Crees que me fue fácil preservar la vida de aquel anciano Orejón, frente a la furia sedienta de mis camaradas? Un solo luchador muerto representa, no un odio de enemigos, sino una defensa al pavor detrás de la victoria. Al protegerlo conquisté el amor. Fue un acto instintivo del que no podía substraerme ¡Era el llamado de la vida!
—Y aquel reconocimiento de mi madre pudo ser también sumisión al vencedor... ¡La derrota sobrevino violentamente!— Catalina deseaba abandonar el diálogo
—El amor no se engaña, hija mía, aunque se presente en situaciones dramáticas. Luego llega la convivencia donde se prueban los sentimientos. ¡Piénsalo! ...Piénsalo mucho... La tierra donde hemos anclado, Catalina, tiene para ti la magia de los opuestos. Al lado de Anac me introduje en el misticismo de su raza, en la educación principesca de una Ñusta, hija de un Orejón. Tú en cambio, descubres acá la sangre vivaz y salerosa de una aldea donde se nos mira con codicia.
—Padre ... descansemos, llega la siesta.

La niña lo miraba sombríamente. Sus ojos claros heredaban el color y la severidad de su padre, sus rasgos alargados la serenidad de su madre. Mientras que su atavío de aldeana rica, brindábale una alegría nueva y desconocida.

—Escúchame un momento. Quise a tu madre más que a nadie. Hubiera deseado traerla conmigo y juntos en esta vejez, cultivaríamos las flores. Mira la huerta... todo germina. Pero estoy solo, y a tu lado más solo que con nadie. Es natural, hasta humano.
—El primer amor también te hubiera acompañado— expresóle la niña motivada por la emoción
—¡Quizás! ...Junto a aquella morisca viví las horas de mi juventud y mis recuerdos son fe, de que las oposiciones paternas no logran sus razones. Pero mi providencia era otra, y a mi regreso no venía en su busca. La historia me relató un drama inesperado. Algunas veces, meditando, llegué a imaginar qué hubiera sido de mí, al lado suyo ... Tal vez perecer en las mismas llamas.
—¡Don Juan!— volvió a intervenir Encarnación con angustia —Vuesa Merced ... ¿Ha perdido la fe en nuestras creencias cristianas?
—Señora, la Fe de un hombre y una mujer, es la suma de dos Feés. Como el amor, es la suma de dos almas. Hija... allí está el hogar.

Juan de Aguiar levantóse más sereno. Un calor espeso cubría la naturaleza.

—Tal vez llueva ¡Ave María Purísima!— exclamó la vieja cerrando las ventanas


V – ENCUENTRO NOCTURNO


La tormenta arrasó con furia las costas elegidas como descanso por el Indiano. Un silbido continuo unió los días con las noches. El padre recobraba con ello la paz. Catalina permaneció en la casa sin salir durante una semana.

Cuando el cielo comenzó a despejarse, él volvió a la huerta junto con sus labriegos. Y mientras cosechaba los primeros tubérculos, vio a las dos mujeres que descendían por el camino.

—¡Hija! ¿A dónde vas?— la llamó así saliendo al camino agitado
—Padre ¿Qué te ocurre? Salgo a caminar un poco, nada más.
—¡Regresa pronto!— luego volvió a su trabajo de hortelano, con la inquietud de los días pasados

Las tardes se sucedieron semejantes entre sí. La mar no volvió a encresparse y la niña continuó con sus paseos. Los ojos del progenitor no se apartaban de ella. El grito de las batallas era un recuerdo generoso frente a su angustia. En el saludo de cada aldeano creía entrever una mueca interesada en el brillo de sus riquezas.

—Debes volver temprano, Catalina— le insistía él diariamente

La joven se alejó una tarde en que el cielo comenzaba a nublarse. Encarnación la acompañaba como siempre. Luego de despedirse el padre sentóse en la huerta contemplando el horizonte, una vez que sus hombres de labor se hubieron retirado en busca del descanso. Una ráfaga comenzó a soplar despejando las amenazas de lluvia. Cayó la noche. Catalina no regresaba.

Don Juan salió al camino con una lámpara en la mano. Algunas barcas retornaban tardíamente alumbrándose con faroles. Los pescadores no cesaban de cantar.

—¡Cállense!— la angustia lo envolvía

Una figura obscura de vestiduras largas se interpuso en su paso. Sorprendido, reconoció en él a un sacerdote.

—¿A dónde vas Indiano?
—¡Mi hija! ... ¡Me la han llevado!— contestóle él casi gritando
—Nadie te la ha llevado. Está esperándote en la iglesia y vengo a pedirla en matrimonio.
—¿Cómo? ¿Y me deja así de improviso?— le dijo Don Juan muy sorprendido
—¿La has bautizado?— le preguntó el otro
—Sí, padre, como en toda familia cristiana.
—¿Y no pensaste que al bautizarla le dabas tú la libertad consciente de sus actos? ¿La desligabas de tu sino? ¿Qué crees del bautismo?
—Quizás... sea la introducción de algo que yo nunca he comprendido.
—O no lo intentaste comprender ¿Y la cruz que llevaste atravesando los mares?— preguntóle

El religioso se acercó junto a la lámpara. Un perro lo acompañaba. La noche avanzando hacía más útil la luz en el diálogo.

—Las insignias de los invasores son una daga de contienda— reflexionó el Indiano
—¿La Cruz?
—Padre ...¿Qué quiere de mí?... ¿Dónde está Catalina?— insistió fastidiado
—En la capilla a la que nunca te acercas. Quiero antes hablar contigo ¿Qué piensas del mensaje del Amor?
—El Amor... El Amor pasó por mi vida. Es algo personal, tal vez una egolatría o una armonía. Aquel Amor sublime quedó con su mensajero en las arenas donde viviera. Los guerreros comprendemos otros mensajes de la suerte— calló un momento
—Depende cómo se haya vivido. Escúchame Indiano, conozco a Diego desde hace muchos años. Quiero hablarte de ellos— meditò un momento

El silencio aceleraba la noche. La obscuridad invadía las costas. Don Juan levantó la luz para continuar el diálogo y se encontró con un rostro asombrosamente familiar.

—¿Quién eres tú?— le preguntó casi con terror
—¿Quién soy? ¿Te asombro? Mi rostro es casi el tuyo, un poco más joven ¿Recuerdas a la mora Dajma? Fue mi madre y me alumbró de ti.


VI – EL HIJO DEL INDIANO


La nueva sorpresa le inundó el alma, y una tranquilidad extraña lo fue envolviendo. Posó una mano sobre el brazo del otro.

—¿Tú? ... Dajma ... No ... No me hables por un momento— luego se dirigió a él con energía —¿Y porqué estas ropas cristianas? ¡Invoco su recuerdo y te pregunto porqué!
—¡Paz! Yo hallé la paz. Lo que he encontrado ha sido el fruto de un largo esfuerzo, y mis horas de meditación continúan. Más que a una religión me dirijo a un Creador. Ya voy percibiéndolo en la soledad de mi capilla, y cualquier peregrino puede buscarlo en los más distantes rincones.
—¿Por qué elegiste este camino?
—Mi senda fue la mística ¿Para qué cruzar el Estrecho en busca de un sendero hacia la Meca? Son distintas palabras. Las religiones existieron siempre, una nueva civilización cambia el idioma de los pueblos. La Religión Eterna adopta su nuevo rótulo, pero dentro de ella es la misma. La que nunca murió.
—¿Y cuál es tu profeta?
—Los Maestros se suceden. No nos hablan de ellos, sino de sus creencias. Hablan al hombre. Los sacerdotes llegan y los adoptan, agregándolos a su religión. Es una historia trágica. El místico no piensa en ella. No predica a los otros. Se nutre a sí mismo... Aquí estoy yo, padre Indiano.
—Te percibo.

Don Juan entró en un mutismo espeso como la noche. Un silencio intenso que envolvió al padre y al hijo. El silencio del tiempo que trajo la distancia, donde ambas rutas imposible antaño de reunir, eran en esta noche, una sola.

—¿Crees en un Dios? ¿Tienes un Dios que te alumbre?— volvió a preguntarle el sacerdote
—Tal vez muchos... Como los antiguos habitantes de esta península española. Su protección me preservó la vida en aquellas selvas sangrientas. El Amor de un antiguo Maestro del desierto estuvo siempre lejos de nosotros. Creo que tuve muchos. Hoy no me queda ninguno— Don Juan bajó la lámpara
—¿Pero piensas en algo imponderable, en una luz poderosa? ¿En alguien?— el religioso acercóse aún más al Indiano, casi con inquietud
—Tal vez ...en el Sol... Bajo su nombre transcurrieron las circunstancias de mi vida. Tuve una mujer que cerró sus ojos dejándome una hija. Mis manos se cubrieron de ricos metales. El Sol estaba en cada rincón de aquellos reinos hablándonos de su pasado, que era nuestra gloria presente— callóse de improviso
—Sigue. Es muy importante para ti.
—Cuando en la orgía de una noche invadimos su casa, nos iluminó desde el inmenso disco de oro que simbolizaba su imagen. Alcancé a tocarlo en uno de sus extremos, y una vibración mayor que la del mineral penetró por mi cuerpo. Era la vibración de mi propio destino. Mi suerte estaba sellada. Sería para siempre un Indiano devastador que había ligado mi sangre a su historia.
—¿Te tocó él con su mano?
—El Imponderable bajó hasta mí una sola vez, sobre las cumbres de nieve que nos llevaron hasta el reino de Arauco. Y allí, entre las ariscas cortantes andinas el hielo eterno me habló en su lenguaje, y mi espada se transformó en una araña. Los tentáculos llevaban la amenaza del veneno, pero nunca tendrían el poderío del Constructor. Luego, al descender por las laderas lo perdí de vista. Hoy es un día de luz, creo verlo detrás de tus ojos.

El perro del religioso comenzó a girar entre ambos, mientras ellos en silencio se comunicaban.

—Mis ojos están ocultos ahora en la niebla nocturna— expresóle el hijo
—La noche parece más cerca de la vida. Durante mis andanzas, el tumulto de las guerras cubrió por completo las horas que el día me daba. La cruz del Amor para el hombre, era en mis manos un arma de batalla.
—¿Y el amor que abandonaste en estas costas?
—¡Aquel Amor! ...
—Sí, aquél que me procreó.
—Lo llevé siempre conmigo... Durante una tarde escondidos en una gruta, mientras acechábamos el momento preciso para huir del cerco que unos nativos nos tendieran cerca de Nazca, varios de mis compañeros en un extremo obscuro elevaban en susurro casi silencioso, una plegaria. Me acerqué sigiloso para unirme a ellos, y reconocí con espanto, los versículos inconfundibles de la lengua árabe que escuchara en mi juventud.
—Puedo recitarlos aún, los aprendí en mi infancia.
—Aquellos conversos perdieron su máscara ante mí. Pero al caer de improviso la noche pudiendo escapar en la tiniebla sin ser vistos, la imagen de Dajma inundó el aire a mi alrededor ¡Y pensé que ella recitaba esa invocación extraída del Corán para protegerme! ... Pero Dajma ya no estaba con nosotros y yo no lo sabía.
—Ella te protegía a través de ellos, no tengas dudas.


VII – I N T I H U A S I


—No te fatigues— le dijo el religioso —La excitación es mala a tus años. Tómate de mi brazo. Tu hija te espera en la capilla ... ¿Me acompañas, padre Indiano?

Don Juan de Aguiar pasóse la mano por la cabeza. La noche era completa en su obscuridad. El cielo despejado estaba muy lleno de estrellas. Y el guerrero junto al hijo ignorado, en silencio emprendieron el camino hacia la iglesia.

—Mira... Tu Sol nos alumbrará mañana con un esplendor radiante— le dijo el místico

Caminaban silenciosamente, mientras él llevaba la sensación de un anciano que ha completado todos los pasos de su vida. La brisa recogía el aroma de las viñas para extenderla sobre el camino. Las conchillas de la costa confundían su fuerte fragancia con el fruto dulce del duraznero.

La noche intensa, abierta y diamantina, auguraba un día siguiente luminoso. Y al contemplar aquel telón nocturno salpicado de estrellas, tuvo para sí una evocación nostálgica. La cual hízole retrotraer su pensamiento en forma nítida, hacia aquella Cruz del Sur bajo cuyo esplendor transcurrieron sus andanzas, por los caminos de Indias ... Y que él ya nunca más vería.

Cuando la esfera solar reapareciese nuevamente, el astro rey en su ropaje dorado de Inti, posaría otra vez sus cálidos rayos de norte a sur sobre los hombres, iluminando su casa terrestre. Su Intihuasi.

Más adelante —pensó— los nietos invadirían la huerta de su retiro, en busca de la fruta madura.


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Alejandra Correas Vázquez

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