LA BELLA CAUTIVA

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LA BELLA CAUTIVA

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Vie Mar 30, 2012 3:40 pm

LA BELLA CAUTIVA
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Por Alejandra Correas Vázquez

PRIMERA PARTE

MARINOS DE ALTA MAR
El Periplo Histórico

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1 —LUSITANIA
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Portugal en sus seis siglos de oro, no era una nación territorial de Europa, o mejor diríamos, geográficamente europea. Sí lo eran sus habitantes, con una herencia de origen mayoritaria celta, más un aporte vikingo en la invasión del año 900. Pero estos habitantes a partir del siglo XII, cuando comenzó a reinar en ella la Casa de Borgoña desarrollando su marina, fueron repartiéndose por todos los continentes. Como hiciera Fenicia en la antigüedad.

El escaso territorio que le dejara el reino de Castilla dentro de Iberia, luego de varias guerras medioevales (al apoderarse de Galicia que era la tierra fértil lusitana) arrinconó a Portugal contra las secas montañas. Perdiendo de esta manera toda posibilidad de elaborar alimentos para una población en gran crecimiento demográfico, y quedándole solamente la costa como expansión. Este hecho produjo que Lusitania se lanzara al mar con su famoso pendón, donde en cada costa que arribaran estos marinos bandeirantes, colocaban su emblema, al grito de: “¡Acá reinarás Portugal!”

Portugal estaba pues allí, donde se hallara su enseña y sus lusitanos. No importaba en qué continente. Incluso se interesó en gran media por el desarrollo de esas tierras portuguesas nuevas, lo que hoy constatamos con el esplendor de Brasil frente al Portugal actual. Con los fenicios ocurrió algo semejante, pues Cartago llegó a mayor crecimiento y riqueza que Tiro y Sidón, en el pasado. Es evidente que los grandes pueblos marinos no fijan su existencia en un solar, en un territorio, sino en su expansión marítima.

Recurrió para lograr esta hazaña Portugal, a la marina genovesa, destacada en el medioevo como valiosa constructora de barcos. El rey lusitano Henrique el Borgoñón contrató a la marina de Génova para crear la marina portuguesa, en el siglo XIV, y es por ello que Cristóbal Colón es a la vez portugués y genovés (al mismo tiempo que sospechado de judaísmo).

Los genoveses vieron en ello su gran oportunidad e instalaron astilleros por todo Portugal, quien en ese momento tenía aún importantes bosques de buena madera para construir los barcos. Génova vivía en conflicto constante con las otras repúblicas italianas, que la ahogaban en su expansión marina. Aquella sociedad dio frutos excelentes.

Pasaron doscientos años. El destacado príncipe Henrique el Navegante, hermano del rey, impulsa la navegación lusitana a niveles internacionales. Cuando este notable príncipe fallece, Portugal era ya dueño del mar. Pero la “Xunta do Matemáticos” que dirigía a esta gran marina, no aceptó la propuesta de Cristóbal Colón, a pesar del apoyo y amistad personal que le brindaba el Rey Juan... De todas maneras a su regreso de América, Colón volverá primero por Lisboa donde fue agasajado por su amado rey Juan, con una gran fiesta pública ¡Ambos habían triunfado al fin! Fue en sus manos donde dejó los más importantes documentos de su viaje.

Pero al mismo tiempo ocurrió la expulsión de los judíos de España en ese año 1492, y la Inquisición se hizo cargo de su cumplimiento. Se le exigió desde el Papado a Portugal que dejara entrar en su territorio al Santo Oficio, tema que causó oposición. Entre gallos y medianoche, Don Juan de Portugal en 1495, sacó un as de la manga y “bautizó” por Decreto Real a todos los judíos de su reino.

Luego de bautizar por este decreto a todos los judíos lusitanos, Don Juan de Portugal pudo contestar amablemente al Papa que en su católico reino de Lusitania “no había judíos”. Toda la nación y las colonias portuguesas de ultramar, respiraron con tranquilidad. Se les extendió el certificado oficial firmado por el rey correspondiente a cada uno (sin haber pasado por la pila bautismal), pero nadie los vigilaba para evitar que se circuncidaran, o constatara que ninguno de ellos comían chancho, según la ley mosaica.

Entre comicidad e ironía, según los distintos comentaristas, estos reyes lusitanos sentaron siempre aquellos precedentes insólitos. Antes de la guerra inminente por la independencia de Brasil, sus reyes lo independizaron de Portugal. Cuando el Papa les reclamó a los Templarios (para encarcelarlos), estos curiosos monarcas portugueses los colocaron en la “Orden de Cristo”, una corporación de navegantes creada específicamente para ellos, y los enviaron a alta mar.

En ese mismo momento comenzaba también la sociedad marítima luso-genovesa. Y si unimos las dos ideas, resulta con evidencia que esta sociedad era de corte templaria. Los genoveses aportaban su excelente armado de barcos. Los Templarios, como siempre se ha sostenido, poseían planos marítimos y “portulanos” que es la ruta de viaje. Esta por tanto, puede ser también la explicación para el misterioso plano de “Piris Reis” (que traducido del portugués significa Rey Peres) donde figura toda América. Piris es un apellido muy corriente en Brasil.

Al parecer lo mismo hicieron con “sus” judíos, que eran sus banqueros. Quienes también en muchos casos, ejercían la profesión de pilotos y cartógrafos marinos. Los judíos lusitanos fueron los primeros hebreos realmente europeizados, en vestimenta, parentesco con familias nobiliarias, y títulos de nobleza con escudo (que por cierto compraban al rey). Tenían como contables una participación importante en la empresa marítima portuguesa. Pero para evitar nuevos enfrentamientos con el Papado —después del “bautismo por decreto”— convencen a muchos de ellos de ir ...¡a Alta Mar!... O sea a las colonias de Portugal repartidas por Africa y Asia.

Ya los lusitanos habían recorrido la costa africana y en poco tiempo el almirante Vasco de Gama llegará a la India, en donde los portugueses con sus familias quedarán instalados con pie propio hasta el siglo XX. Fue desde allí, al unirse las coronas de Portugal y España en 1585, en la persona de Felipe II (hijo de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Caros V) que numerosas familias lusitanas católicas en su mayoría (pero también algunas de aquéllas bautizadas por decreto del rey Juan) arribaron al Perú. Navegando para ello desde Oriente.

Y hacia allí fueron. Procedentes del Océano Pacífico. Procedentes de la China, de la India y el Africa (periplo portugués) desembarcando en el puerto de El Callao para ofrecer sus servicios al Virrey del Perú, al unirse las dos coronas. Ni lerdo ni perezoso, este hábil virrey conocedor de la experiencia en rutas de estos lusitanos de alta mar, los enviaría hacia la Real Audiencia de Charcas del Alto Perú, en la actual Bolivia. La cual buscaba por entonces cartógrafos para explorar continente adentro, tierras no conocidas y no demarcadas.

Era al sur de la provincia del Tucumán (llamado el Tucumanao), donde más se los necesitaba. Una pampa de buen clima, un vergel natural y virginal, pero amenazada siempre de Malones. Esto es, la horda salvaje de los indios patagónicos. Peligro que ellos ignoraban y del cual las autoridades virreinales españolas se ocuparon en no informarles nada. Los lusitanos de esta forma, desconocían el peligro en ciernes.

Y hacia allí los enviaron, con sus trajes elegantes. Con sus modales sofisticados, aprendido al contacto de mandarines chinos y rajaes hindúes. Con su lenguaje alambicado. Con sus escudos y títulos nobiliarios de Alta Mar (reales o no). Con sus herencias judías en algunos de ellos (ciertas o no). Y esa emigración hacia lo desconocido, a la “aventura” que siempre fuera su fuerte, los entusiasmó de la misma manera que un día de 1438 partieran de Portugal despedidos por el príncipe Henrique el Navegante, en busca de las especies. Y nunca regresaron.

Lo que para ellos era una aventura más, sería definitiva. De tierra adentro, de continente adentro, ya no se sale. Es una ley. Para este grupo numeroso de familias lusitanas, sería la última aventura.


SEGUNDA PARTE

MARINOS TIERRA ADENTRO
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(Basado en la tradición familiar de la familia Vázquez Cuestas)


2 — EL TUCUMANAO
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Este periplo de navegación europeo, africano, asiático y americano, fue descripto de generación a generación, por las familias coloniales de luso-origen a sus descendientes durante cuatro siglos, en Argentina.

El arribo al puerto de El Callao en el Virreinato del Perú, cruzando el Océano Pacífico desde las colonias portuguesas de China e India, y otros numerosos islotes oceánicos como Timor, demandóle a los lusitanos de ultramar —acompañados por sus familias— una larga travesía con todas sus peripecias. Eran los finales del siglo XVI.

No fueron demasiado generosas con ellos las autoridades virreinales del Perú, pues enviaron a gran cantidad de estos nuevos habitantes con sus familias completas (que eran gente de alcurnia y profesionales) más allá de Salina Grande, específicamente al “Tucumanao” que era la frontera del Tucumán. Con toda evidencia viéndolo desde hoy, Siglo XXI... “se los querían sacar de encima”. El Tucumanao estaba situado al pie de la prehistoria sudamericana, donde los nativos vivían en cuevas. Eran hombres de las cavernas subsistentes en ese estado primigenio, desnudos, en plena Edad Moderna, cuando ya Europa había pasado por el Renacimiento.

Estamos a finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII, cuando se reparten las Mercedes Reales para poblar el Tucumanao (territorio incluido dentro de la provincia del Tucumán). Más de la mitad de ellas son otorgadas a portugueses, siempre y cuando se radiquen allí con sus familias completas. Lo importante para este rey Felipe II era poblar y fundar ciudades. El Tucumanao (que hoy es el centro de Argentina) en ese entonces era una inmensa tierra inexplorada, dependiente del Virreinato del Perú, pero que hasta ese momento sólo figuraba en el mapa de Diego Homen como “Icógnito Regno”.

Los lusitanos llegaron allí luego de seis meses de tránsito en carretas desde el Alto Perú (hoy Bolivia) con pesados bártulos. Baúles con vajilla. Mobiliario. Arcones con ropas. Bolsas con semillas. Jaulas con gallinas. Y arriando ganado vacuno.

Hay una muestra engañosa que ofrece la cinematografía actual, donde las familias pioneras van cómodamente en las carretas llevadas por un ágil corcel. Pero nada de esto es verdad, sólo una ficción. En la realidad esas personas iban caminando a pie junto a las carretas, que estaban pesadamente cargadas y tiradas por yuntas de bueyes. Podían llegar a ser seis u ocho bueyes, según el peso de la carga. No había espacio libre en esos carretones para los seres humanos. Debido a ello ninguna persona mayor hacía tal viaje, sino matrimonios jóvenes con hijos en edad de caminar. Llevaban unos pocos caballos que trotaban a la par de las carretas, con jinetes bien armados.

Atravesaron el Altiplano. Pampas y Punas. Forestas. Lluvias. Selvas. Churquis. Gredales. Salinas. Sequía. Pantanos. Vientos. Sierras ariscas... Siglos de mar se eclipsaron de un solo golpe. Ya nunca más verían a los delfines ni a los tiburones. Ni los bancos de perlas o de corales. Ni los puertos de Oriente. Ni el límpido cielo de los mares del sur. Una inmensa llanura sudamericana, tan extensa como el propio océano, iba a atraparlos para siempre. Como si la vara de Moisés que abrió el Mar Rojo y retiró sus aguas, se hubiera perpetuado sin retorno.

Así llegaron estos pioneros que trocaron el delfín por el ombú, a la gran pampa de Río Segundo y Río Primero (nombres actuales). Con olor a barco y ballenas. A mar y mareas. Con color a perla y coral. Atrapados en el interior de este continente, en el Cono Sur de Sudamérica, para ingresa en un “improntum” dentro de su historia. Y siempre como buenos pilotos de alta mar con sus sextantes, brújulas y cuadrantes, que habíanlos guiado hasta allí haciéndoles posible “navegar” por ese mar de tierra.

Un llano inacabable. La pampa inmensa y virginal. Fértil y abandonada desde siempre. Desconocida. Peligrosa. Habitada por gente prehistórica. Donde ni siquiera el Inca habíase internado, para develar su misterio. Negándose a llevar por esas tierras su fuerza imperial y cultural.

Eran familias enteras acostumbradas a vivir en ciudades mundanas, con todo el ornato de Portugal. Y se internaron en el interior del continente sudamericano, sin salida al mar. Cargando el barroco mobiliario portugués. La afectada elegancia lusitana. El ropaje varonil bordado con su gola al cuello. Las largas vestiduras de encaje de sus mujeres. Los enormes arcones. Las pesadas carretas... ¡Que vaciaron en ese escenario salvaje!

Hijos de Lusitania. Sofisticados. Elegantes. Enjundiosos. Casi soberbios. Acostumbrados a los lujos orientales, de las cortes que visitaban en tiempos del Rey Juan. Separados ahora del mundo. Aislados. Muy solos. Arrinconados en ese descampado. Con pretensiones nobiliarias nunca confirmadas, y acusaciones marranas (judías) tampoco confirmadas. Habrían de transformarse a partir de ahora en un pilar fundamental, para la empresa del Virreinato del Perú, como toda ocupación de frontera hecha con ahínco.

Los lusitanos fueron los primeros europeos que en estas tierras colocaron familias. Centros de producción. Ganadería. Tambos. Curtiembres. Sembrados. Molinos. Familias pioneras que vinieron en épocas de una dureza increíble, después de atravesar varios océanos: Atlántico, Indico, Pacífico. Navegando. Este finisterre salió de la prehistoria mediante sus encomenderos portugueses, que hicieron progresar a las “Mercedes Reales”. Esto es, tierras del rey confiadas en administración a un encomendero, con sistema hereditario. Su carácter era el mismo del Vasallo con el Monarca medioeval, que fue el nacimiento del feudalismo.

Ellos eran hombres de alta mar. De puertos. Herederos de antiguos navegantes, cuyo ancestro era el propio dios Neptuno, confinados ahora para siempre (con todos sus descendientes) en el desconocido Tucumanao... “Incógnito Regno”.

Tucumanao. Final del Tucumán. Final del Imperio del Inca. Final del extensísimo Virreinato del Perú, en los siglos decimosexto y decimoséptimo. Final del mundo ilustrado y progresista. Límite entre civilización y barbarie.

¡Finisterre!

Final de ruta. Final de los caminos que trajeran desde tan lejos a aquellos hombres y mujeres, quienes soportaron este destierro sudamericano con el estoicismo que otorgan las fuertes convicciones para sobrevivir.

Finisterre final...

Y así finalmente, o por fin, pusieron aquellos marinos su ancla en tierra firme, alejándose de todo su aventurero pasado. De todos los racismos, desencuentros religiosos, o misterios desconocidos —ocultos— que los llevaron a esta emigración hacia el centro de la futura Argentina.

3 — UN CARTÓGRAFO LUSITANO
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Así comenzó su vida sudamericana el cartógrafo lusitano Don Francisco Vázquez de Oporto. Era un joven alto, pelirrojo y de grandes ojos azules, el cual desmontó de su caballo que trotaba al lado de los carretones blancos de sal por el gran Salinar, y rojos de greda por la larga travesía desde el Alto Perú.

Estiró sus brazos y sus hombros con la sensación del marino que ha arribado a puerto. Fue poniendo en el suelo de aquel Tucumanao, sus piernas cubiertas por unas larguísimas botas de hidalgo portugués. Acomodó su elegante traje que hallábase desgastado por la lentitud del viaje. Retocó su gola arrugada, que habíale protegido la garganta de tantas ventoleras gredosas, tan diferentes para él a las brisas marinas.

¡Y por fin descendió a tierra! Desde aquel caballo muy cansado, junto a los carromatos crujientes y cargados. Puso sus pies en tierra firme, luego de aquella gran travesía.

Bajó a puerto seco... como antes descendía desde la borda de los navíos en playas orientales en busca de sedas. En playas de Oceanía en busca de perlas. En playas africanas en busca de marfiles. En playas de Melanesia en busca de corales ...¡Y pensó en su rey!... Don Felipe II de Austria y Borgoña, quien encerrado en su celda del Escorial con ayunos de varios días ¡habíalo colocado a él, en esa increíble llanura de Río Segundo!.. para poblar el Tucumanao.

Pampa. Soledad. Ombú.

Don Francisco el lusitano, marino, fue uno de los primeros pioneros en contemplar la pampa inacabable de la futura Argentina. Tal cual fuera antes de que el hombre comenzara a trabajarla. En estado virgen. El era un cartógrafo portugués contratado (debido a su profesión) por el virrey del Perú para trazar caminos desde el Tucumanao hacia el Alto Perú. Como pago a su tarea que realizaría durante los 40 años siguientes, se le concedió una Merced en el lejano Tucumanao.

Lucía un anillo de sello con escudo y había nacido en Calcuta, ciudad de la India bajo pabellón lusitano en el siglo XVI. Al unirse las dos coronas decidió abandonar con su familia el difícil Oriente, lleno de reglas nunca entendidas por los europeos, y así arribó al virreinato del Perú. Una vez allí fue comisionado para radicarse finalmente en el Tucumanao.

Su abuelo decía él, era conde en Portugal, siendo él un segundón de la nobleza lusitana. Un hidalgo. Sus rivales en cambio lo señalaban como marrano (judío). Fuera por realidad o porque en el territorio sudamericano a todos los judíos se les decía “portugueses”, según consta en las Actas Capitulares de Córdoba. Lo fueran o no. Pero ni el conde apareció ni el marrano, apareció sí, en cambio, el ancestro patriarcal de una larga familia cordobesa (de Argentina) aún subsistente con muchas ramificaciones luego de cuatrocientos años.

4 — LAS MERCEDES
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La prosperidad que produjeron las Mercedes en esa tierra olvidada del Tucumanao (pero inmensamente fértil) luego de veinte años de durísimo esfuerzo, en condiciones casi ilímites, enriquecieron finalmente a la familia Vázquez de Oporto, como a las demás familias lusitanas instaladas en ese finisterre.

Pero nunca olvidarían las difíciles condiciones del comienzo. Pues cuando arribaron al Tucumanao, luego de aquella gran travesía, advirtieron de pronto que no existían allí albañiles, ni alfareros, ni mano de obra alguna. Comprendiendo de pronto con inmensa sorpresa, que ellos mismos deberían proveerse de viviendas. Nadie les había advertido tal situación. Como quiera que sea, ya no podían retroceder. Estaban demasiado lejos de Calcuta, de Timor, de Macao... y sobre todo de Portugal.

Con escudos de nobleza reales o no. Circuncisos o católicos, la situación era igual para todos. Con sus modales atildados y su diálogo enjundioso. Con sus formas diplomáticas afectadas, al haberse acostumbrado al trato con Mandarines y Rajáes en Oriente (cuando eran emisarios de la corte portuguesa) debían ahora hallar su sitio propio en el solitario Tucumanao. Y sacarían a esta región perdida en al mapa de Diego Homen, de su aislamiento.

Pero primero que todo necesitaban techos para vivir. Las damas vestidas de lujo amasaban el barro para hacer los adobes. Los hombres de gola elegante, levantaron las primeras paredes. Pues no contaban con otro apoyo para lograrlo, que sus propias manos. Bajo los árboles coposos protegieron el bello mobiliario traído de China, las vajillas de la India, y los arcones con rica vestimenta.

Favoreció a todos estos portugueses del Tucumanao, el haber llegado al mismo tiempo en una travesía conjunta, lo que les permitió ayudarse entre sí ...¡No en vano eran marinos de una misma cofradía!... “La Orden de Cristo”.

Los lusitanos formaron un grupo coherente, que habría de emparentarse en forma sucesiva por matrimonios, a lo largo de generaciones. Como intentando conservar la estirpe original. Este alambicado juego de uniones mantuvo su identidad de portugueses, viajeros de los países y aventureros de los mares. Ellos llegaron a sus Mercedes ubicadas en soledades ajenas a todo hombre civilizado y a toda forma cultural anterior, entre los siglos XVI y XVII. Fueron los primeros europeos en contemplar la pampa inacabable donde terminaba la provincia del Tucumán y el virreinato del Perú. Aquello que en definitiva sería siglos más tarde, el centro de Argentina. Y comenzaron con paciencia su rescate, como tierra civilizada para el devenir, en esas soledades indómitas.

Como quiera que sea, ni el Virrey del Perú, ni la Real Audiencia de Charcas del Alto Perú (que los habían mandado hacia allá sin duda para “librarse de los incómodos portugueses” que ahora compartían al mismo rey) tenían la más remota idea de qué era ese Tucumanao. Ninguna idea clara, ni siquiera aproximada, ni de la extensión, ni de la ubicación de estas tierras regadas por los ríos Primero y Segundo. Hasta desconocían el nombre de dichos ríos y ni siquiera les dieron uno propio. Se llamaron en total: Ríos Primero, Segundo, Tercero, Cuarto y Quinto. Hoy les hemos recuperado sus nombres originales indios.

5 — EL ENCOMENDERO
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Veinte años fueron un período de vida suficiente de adaptación para el cartógrafo portugués Francisco Vázquez de Oporto, ahora transformado en encomendero. Demarcaba caminos, guiaba caravanas comerciales hacia el Alto Perú, y reuníase cada cuatro años con su antigua flota en El Callao, en esas ceremonias secretas propias de todas las tradiciones marinas.

Había sido muy joven al desembarcar en El Callao, pleno de emociones y de vitalidad. Fascinado ante lo desconocido que se le ofertaba ...¡Y vaya si era desconocido!... Nadie lo conocía, pues sólo era el “Incógnito Regno” de los mapas. Ahora con 20 años pasados desde su llegada, la pampa sobrecogedora habíalo serenado. Pero aún conservaba su barba rojiza y sus ojos celestes. Su altura elevada, su pecho ancho como un velamen y su voz fuerte, casi estentórea, propia de un marino. Con ella especialmente, se servía para dar las órdenes a sus caravaneros.

Orgulloso y elegante, muy meticuloso en el vestir, partía anualmente con su comitiva de carretas hacia el Gran Mercado de Charcas en el Alto Perú. Un sitio centralizador de todo el comercio, que aún hoy es inmenso y sigue vigente. Sobre su gran portal de entrada en hierro forjado, podemos admirar todavía el águila bicéfala de la Casa de Austria, que continúa siendo el escudo de este histórico mercado colonial.

Llevaba productos de la tierra, de su Merced propia y de las vecinas. Charqui. Cueros secos. Harina. Bizcochos. Hombres armados a caballo, prestos a cualquier mal acontecimiento del camino. Y sus negros africanos, fieles guardaespaldas, traídos desde la colonia portuguesa de Angola. Luego de una residencia de veinte años, él conocía ya muy bien sus complejas y largas rutas. De posta a posta, instaladas en el extenso camino, viajando siempre con un sentimiento de permanencia sudamericana.

Las Mercedes Reales no eran propiedades auténticas, pero habíanse transformado debido a la gran lejanía con la capital virreinal de Lima, en un Señorío, con el Encomendero como patriarca del mismo. El era su administrador, se le había “encomendado” dirigir esta inmensa propiedad del rey. Y a veces ejercía de juez, en otras también por la falta de sacerdotes, tenía autorización para bautizar niños recién nacidos. Lo que llevó al extremo (comentado con gran ironía) de que algunos de ellos sospechados como “circuncisos”, bautizaran a niños de la religión católica.

La ciudad de “Córdoba de la Nueva Andalucía” (fundada en 1573 en el propio Tucumanao por andaluces) había logrado hacer que las Mercedes fueran hereditarias. No pagaban impuesto territorial, y aún hoy día muchos campos argentinos de lugares distantes, figuran como “Mercedes”. Lo que hace difícil su venta pues se debe buscar el aval de los descendientes, ya que ellas de otra manera son intocables. Cualquier transgresión a este sistema es denunciado a la justicia argentina.

6 — LA HIJA DEL ENCOMENDERO
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El había arribado al Tucumanao siendo muy joven, con su bella esposa y dos hijos nacidos como él, en Calcuta. La naciente prosperidad lograda luego de aquellos esfuerzos iniciales, como fueran edificar sus viviendas casi de la nada, le daban la seguridad interior de sus derechos propios adquiridos.

Su tarea continuó con igual constancia. Demarcar caminos entre las distintas Mercedes para una comunicación social, vinculando entre sí a estas familias que arribaran desde tan lejos. Trazar las rutas desde el Tucumanao hasta el Mercado de Charcas. Hacer producir las Mercedes con siembras y ganadería. A falta de una mano de obra local, se trajeron chacareros coyas del Alto Perú, siempre muy eficientes. Esto es, agricultores indios de allá.

Todos estos pasos consecutivos dieron beneficios, y finalmente harían que los lusitanos se asentaran en forma definitiva. Tal como esperaban que sucediera, los Oidores de la Real Audiencia.

Pero para volverse un tucumano verdadero necesitaba Don Francisco procrear su linaje, extender allí con un nacimiento su apellido Vázquez de Oporto, en esta tierra primitiva donde la civilización naciera por su intermedio ¡Y tal sucedió! Pues su esposa trajo al mundo en su Merced, cinco años después de su llegada, una hermosa niña rubia, de piel rosada como el amanecer, con cabellos color oro como los rayos de Inti. La Pachamama la admiró, asombrándose con ella. Era la primera hija sudamericana de su familia. Un ángel rubio nacido en esa pampa inmensa, cubierta ahora hasta el horizonte de trigo y ganado.

La niña tenía los ojos celestes como el padre y era la delicia del Encomendero. Este hombre altivo, duro y enérgico, vuélvese dulce con la criatura. La mira. La contempla. Se deslumbra en ella. Se conmueven los ojos azules de Don Francisco al ver reflejado el cielo en los de su hija. Son sus propios ojos que quedan allí en la Merced, durante cada ausencia suya. Es él mismo, quien permanece en esa tierra mediterránea, a través suyo, cada vez que él parte con su caravana comercial hacia el Alto Perú.

El tráfico anual tiene una duración de tres meses, el tiempo necesario para comerciar, buscar buenos compradores y adquirir productos necesarios para las Mercedes. Con cada partida la niña lo mira. Lo despide doliente. La lágrima que corre por su mejilla es tan transparente como su piel. Cuando parte la caravana, la luz de la aurora matiza sus cabellos de oro, antes de que el sol extienda sus rayos iridiscentes sobre la planicie pampeana de Río Segundo.

La caravana parte. Esa criatura rubia que apenas habla, ya comienza a vislumbrar la existencia del mundo al que pertenece. Entonces comprende que los brazos de su padre se extienden más allá de su pequeñísimo cuerpo. Está extasiada con el movimiento que ha conmovido a toda la Merced con aquella partida. Y ella, que es la mascota de todos, se siente por un momento olvidada. Llora porque su padre la ha mirado con tristeza al despedirla. Ese hombre fuerte y joven, duro y aventurero, que ella conoce tierno y cobijante, se ha sentido débil frente a ella.

Pero la pena infantil dura un momento. Menos de una mañana. Hacia el mediodía cuesta sacarla de sus juegos, de sus corridas, de sus gritos y risas infantiles para traerla al almuerzo, olvidada ya de la partida paterna.

Los días se suceden, las semanas, el mes, y luego de cumplidos los tres meses se reunirán nuevamente el padre con su hija. Ha crecido mucho. Casi lo desconoce, con esa curiosa reacción de olvido de su edad ...”¡Soy yo! ¡Yo!”... insiste Don Francisco, y lentamente todo retorna a la normalidad. Su ángel rubio es nuevamente suyo.

Ella crece junto con la Merced. Con el Tucumanao. Con el producto comercial de las carretas que van y vienen. Y sigue dentro de su infancia dulce, casi silvestre. Ha vivido siempre con tanta extensión a su alcance, que resulta difícil convencerla de que pronto se acercará a una nueva edad. La fascinación de su padre por ella es tan grande, que tampoco él ha advertido nunca que su hija pronto será una doncellita, y ya no podrá llevarla a todas partes consigo a la grupa de su caballo, cuando recorra la Merced junto con sus negros angolas custodios.

Ahora los dos, deben reeducarse.

Sí. Una reeducación... y la reeducación comienza. El sueño rubio de Don Francisco se somete a la transformación. Se ordenan sus cabellos hacia arriba. Se alargan sus vestidos. Comienza a caminar bajo instrucciones estrictas. Su belleza resalta en esa incipiente elegancia de damisela. Frente a ella, sentado en un bello sillón de obscura madera con labrados barrocos, traído de China, sedente y sonriente, Don Francisco mira con placer a su hija... y ríe.

Ríe, porque la niña se confunde y equivoca. Porque no es niña ni mujer aún. Porque ella es aún la misma que recorría a su lado toda la Merced. Esta mujercita que ha cumplido los quince años, es ahora un nuevo juguete para todos. Pero las ropas que le colocan son simplemente adaptaciones a su cuerpo, de prendas orientales traídas antaño en los arcones. Aquello no conforma a su padre, quien insiste que las modas altoperuanas son muy diferentes. Y él sostiene con énfasis, que en su próximo cargamento le comprará las adecuadas.

Traerá para ella un ajuar completo, con lo más elegante que encuentre en el Mercado de Charcas. Allí donde abundan las sedas de Manila. El bordado en lino paraguayo al ñandutí. Los tejidos cuzqueños. Los encajes limeños. Las perlas y corales que llevan los navegantes del océano Pacífico, tal como él hacía antaño. Allí las modistas de la elegante Chuquisaca trabajan estos lujos al último grito de la moda altoperuana... ¡Y él volverá con todo aquello que su preciosa hija debe lucir, como hija del encomendero Vázquez de Oporto que lleva veinte años en el Tucumanao!... ahora que ella ha cumplido quince años.


7 — MERCADO DE CHARCAS
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Las carretas se preparan. El Alto Perú las aguarda. La comitiva que acompaña a Don Francisco está pronta. También junto a él parte su hijo mayor, quien ya ha entrado en edad de aprender este tráfico comercial, para reemplazarlo como su mayorazgo en el futuro. Los custodios angolas, bien armados, ensillan sus caballos y pulen sus pistolas. Toda la conmoción del viaje anual vuelve a alterar la Merced.

El encomendero se ha colocado sus mejores galas, pues debe pasar previamente —antes de tomar el Camino Real— por la ciudad de Córdoba de la Nueva Andalucía. Allí saludará al Prior de la Compañía de Jesús, ofreciéndole sus servicios, simbolismo que nunca dejará de efectuar ningún encomendero. Además verá a su segundo hijo, quien se halla interno en el Colegio Mayor.

Su hija muy triste lo mira acicalarse con gran lujo, luciendo una gola impecable al cuello y altas botas labradas en Potosí. Así trajeado ella cree desconocerlo, ya no es un tucumano sino un altoperuano. Ante su atuendo de viajero la niña lo mira con melancolía. Pero no ha cambiado sin embargo, Don Francisco le sonríe cariñoso y ella ve que en su interior sigue siendo el mismo. Un marino portugués, radicado en tierra, que quedará en esa pampa a través de los ojos azules de su hija, que tanto se parecen a los suyos.

Y la caravana parte, colmada de mercadería alimentaria para vender en el Alto Perú. La pampa infinita la despide. Los días se suceden. El Tucumanao ha prosperado mucho como producto de veinte años de trabajo, y las carretas que van y vienen mantienen ese contacto indispensable con el gran Mercado de Charcas.

Y más allá... Al margen de este escenario que comienza a civilizarse, que intenta salir de la prehistoria donde se hallaba antes de llegar ellos, cuando era el “Incógnito Regno”... los pueblos originarios que aún viven en cuevas, contemplan esa caravana, asombrados. La ven pasar, sin comprender nada. Desnudos. Preculturales. Y espían intrigados a la caravana de la Merced que pasa cerca de ellos, con esa gente extraña que ha llegado desde muy lejos, cambiándolo todo. Un mundo nuevo erigido sobre sus tierras solitarias, en los confines del planeta, que apenas dos décadas atrás era un espacio de tierra, sólo conocido por ellos.

Comechingones y Sanavirones no eran tribus belicosas, pero sí amantes de lo ajeno, lo que imposibilitaba su adaptación en las Mercedes. Además no aceptaban aprender ningún trabajo agrario. Vivían de la recolección. Algunos de ellos tenían ojos claros y también cabellos rojizos. De piel casi blanca. En los siglos futuros los investigadores franceses hallarán una conexión lingüística y corporal, entre ellos y las avanzadas tardías de los piratas normandos, llegados por el año mil a todo el continente americano. Río Segundo registra, precisamente, varias toponimias analizadas por estos estudiosos galos.

Y la caravana continúa su ruta, en un viaje inverso al que hicieron los lusitanos en el comienzo. Pampas. Sierras. Salina. Desierto. Bosques. Lluvias. Selva. Puna. Altiplano. De posta en posta. Antes de ingresar a la puna deberán cambiarse caballos, bueyes y ruedas. Pues los animales deben estar adaptados a la altura, igual que las ruedas de las carretas. Los propios les aguardarán de retorno al Tucumán ...¡Finalmente!... el hechicero Alto Perú se abre a los viajeros y la caravana entra feliz en Charcas.

Los cueros son vendidos a un precio excelente. El Charqui (carne secada al sol) es de primera calidad. El bizcocho está bien tostado. La harina muy blanca y bien cernida, tiene buena acogida. Las velas son resistentes, pues están hechas con un sebo duro. El Vino del Rey, elaborado por los jesuitas en su estancia de Jesús María, son favoritos de los mejores catadores altoperuanos.

Los Oidores que hacia allá los enviaron, están cada vez más contentos con los lusitanos. El Tucumanao prospera en producción, en riqueza agropecuaria y se ha establecido ya una vía comercial que enorgullece a la Real Audiencia de Charcas, su tutora. No se habían equivocado con ellos. Los portugueses han respondido a su herencia genética. En búsqueda de una ruta comercial llegó Vasco de Gama a la India. Y en búsqueda de otra ruta comercial han llegado los lusitanos al Tucumanao, cumpliendo con sus consignas inalterables.

8 — JOYAS Y SEDAS
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En Charcas el encomendero Vázquez de Oporto, recién arribado de la provincia del Tucumán (nombre general para ambos Tucumanes) recorre el Gran Mercado. Elige. Selecciona. Se hace asesorar en el gusto femenino. Es amigo de varias damas altoperuanas, que año a año lo aguardan, y que ahora se complacen en acompañarlo en estos encargos. Pero él tiene el olfato propio de su sangre lusitana, no sólo comercial, sino también de las elegancias y finezas. Del navegante que ha conocido Oriente, en su época de esplendor. Del caballero lusitano que a pesar de su aislamiento pampeano, aún recuerda el ornato de Portugal ¡Y llena un espléndido arcón!

Adornará a su ángel rubio de 15 años, con las galas más elegantes que existen en el Mercado de Charcas. Con el mejor lino bordado al ñandutí en Paraguay. Con las sedas de Manila. Con las últimas importaciones orientales, que llegan hasta alli por la ruta del Pacífico, su antigua ruta. La ruta de la seda, los corales y las perlas.

La joyería debe buscarse en Potosí, y esta selección le demanda más tiempo. Los talleres compiten allí en precios y bellezas. Cada uno de ellos es una muestra sorprendente de orfebrería. Por fin se decide, cuando cree hallar los mejores ornatos para lucir en una joven rubia. No se engaña, pues ellos son de gran hermosura.

La caravana finalmente emprende el regreso. El descenso. Desde Potosí a 4 mil metros de altura, debe retornar a la pradera pampeana de su Merced. La Puna se aleja. Se pierde a la distancia el Altiplano. Don Francisco recobra sus caballos, mulas y ruedas que dejara a buen recaudo. Entra en las selvas lluviosas. Luego tierras áridas lo envuelven. El vergel del Tucumán se insinúa. Cruza la Salina Grande. Atraviesa ese desierto blanco. El Tucumanao se aproxima y ya entra en él. La ciudad de los Jesuitas —Córdoba— lo recibe revestida en su sobriedad y erudición. Nuevamente saluda al Prior y le hace entrega de su encargo, el dinero logrado con la venta del Vino del Rey. Le trae cuantiosas noticias del Obispado de La Plata altoperuano. Otra vez se reencuentra con su hijo estudiante.

El camino nuevamente lo aguarda. Siguiendo la ruta del sur, el clima se refresca rápidamente. El horizonte baja, lo invade la planicie. Lo recibe la pampa infinita. Las aguas del Río Segundo, su vergel y su tierra lisa, saludan al encomendero que regresa al fin...

¡Se acerca ya el reencuentro! Medita en el momento cuando abrirá a su hija quinceañera el arcón, que ha atravesado repleto de sedas, joyas y bordados, casi un medio continente. La luminosidad del día está plena en su euforia matinal. Don Francisco reconoce el escenario porque es el suyo. Aquél que dejó tres meses atrás y el mismo que lo ha aguardado año tras año, en su tráfico altoperuano.

Es éste. Es el mismo. Es el suyo ... ¡Y no es el mismo!


9 — EL MALÓN
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Nada. Nada queda de su casa. Nada de sus almacenes. Nada de su hacienda. Nada de su capilla. Nada de todas las casas de su Merced ... Nada.

Un escenario vacío. Una tierra yerta ... Hollín ... Cenizas ... Despojo ... Algunos cuerpos mutilados ... ¡Un Malón se lo ha llevado todo!

Un Malón patagónico de indios Araucanos arrasó su Merced. La horda que todo destruye, roba, quema y asesina, a cuyo paso salvaje no crece ni la hierba. Y que se lleva además “cautivas” como trofeo de sus hazañas, a las doncellas... ¡El Malón le ha quitado su ángel rubio de quince años y nunca se lo devolverá...!


10 — LA CAUTIVA
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—“Su hija rubia fue llevada Cautiva por los indios del Malón, más allá del Río Quinto”

La buscará por espacios vacíos. La buscará por sendas desérticas. La buscará por toda la pampa posible. La buscará infatigablemente. La buscará por tiempos no contados.

La buscará con partidas de soldados tucumanos. Con guardias especiales altoperuanas. Con tropas bien armadas que llegan en su ayuda.

Y mientras más al sur descienda, mientras más la busque por tierras desconocidas, mientras más galope en dirección a la Cruz del Sur ...El… el cartógrafo portugués Francisco Vázquez de Oporto, quien colocó su estampa feudal en ese límite austral del Virreinato del Perú, donde terminaba el imperio español de ultramar... ¡Nunca podrá hallarla! ....Los indios Maloneros jamás se la devolverán.

Y mientras él más descienda cabalgando por la pampa infinita. Mientras más se interne en las soledades sureñas. Con adictos. Son armas. Con ejércitos de avanzada...

¡Más lejos aún de él... se la llevarán los Maloneros!


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“En el año del señor de 1606......”

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AGRADECIMIENTO

A la Profesora Aída Vázquez Cuestas


Alejandra Correas Vázquez

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