FABULAS DE LOS ESTUDIANTES (Parte 3)

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FABULAS DE LOS ESTUDIANTES (Parte 3)

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Vie Jun 27, 2014 5:26 pm


FÁBULAS DE LOS ESTUDIANTES

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PARTE 3

(Novela situada en Córdoba, Argentina)

Por Alejandra Correas Vázquez


FÁBULA TRECE
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EL PLATO VACÍO
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Algunas semanas después el sol continuaba mostrándose a los jóvenes estudiantes. Las heladas tardías habíanse disipado. El mediodía dejaba deslizar la aguja. La abuela se hallaba en su habitación y luego de una pausa llamó a Luz.

—“Niña ¿Te di una carta esta mañana?”

—“Sí abuela, la puse en el correo. No se preocupe”— respondióle Luz

—“¿Ves? Estoy hecha una vieja tonta, pierdo la memoria. Le escribí a mi hijo, el padre de los muchachos, porque no quiero que me reprochen sus problemas. Ellos han sido enviados a mi casa para estudiar”

—“Eso ya lo sabemos, señora”

—“Tal vez yo hubiese pensado igual que mi hijo, pero los años me han enseñado la tolerancia. El mundo es populoso y amplio. Hay cantidad de rincones. Pero su padre insiste. El estudio tiene un valor propio y el documento lo indica. Ramirito es noble... sin embargo no quiere estudiar”

—“No se preocupe, señora, Ramiro tiene conciencia de su propia vida. Además, yo creo, que usted siempre ha sabido respetar las decisiones ajenas”

—“¿Y Marina?

—“Está dormida. Duerma usted también, ya me voy”

Luz se retiró tratando de silenciar sus pisadas. La siesta había penetrado en la casona. El zumbido de una máquina de escribir se percibía a través de las puertas cerradas, desde el escritorio de Diego. Luego calló a su vez. La niña se ubicó en el sillón frente a la mampara, apoyándose en su respaldo. El sol que la bañaba fue adormeciéndola. Alguien la sopló en la cara.

—“¿Dormías?”— le preguntaron

—“...Apenas”— ella se restregó los ojos.

—“¿Te he molestado mucho?... perdona”

—“No Martín, no es nada. A mí no me gusta dormir la siesta. Es como si me quedara sin sol”

—“Claro, durante la mañana estás en las aulas de clase. Muchas tardes en casa de tu amiga Andrea.... Pero quería preguntarte ¿Es verdad que la abuela le ha escrito a mi padre?”

—“Sí”— respondió Luz con sorpresa

—“¡Es raro! ...Ella que nunca interviene”

Martín pasó su mano por el entrecejo y se puso a caminar.

—“No lo tomes a mal. Está asustada como una criatura, teme que la reten a ella por desconocer la lección. Además los quiere a ustedes con infinito respeto ¿Hay mejor amor?”— expresó la chica

Luz hizo un lugar a Martín en el asiento, que era doble.

—“Sí... es un afecto que no valoramos. Si esta abuela nos impusiera esclavitud nos postraríamos como insectos. Bajo estas paredes cada nieto que ha pasado por ellas, ha sido responsable de sí mismo. Pero esto para algunos es un abismo duro. Le debemos mucho ¿Qué podemos hacer por ella? No ama las ofrendas”

—“Nada más que estar aquí. No te preocupes Martín ¿Qué temen todos ustedes con la llegada de tu padre? ¿Es acaso un inquisidor?”

—“No”— le contestó él sonriéndole —“Ya lo conoces, ha sido muy amigo de tu padre y tiene su misma profesión ¿Sencillo, verdad? Afable. Sin complejidad. Sin conflictos. Por momentos encantador... ¡Pero portador de miedo! Lo abate el riesgo. Por ello dejó a la docta Córdoba yéndose muy joven a un lugar tranquilo, hecho a su medida. Tampoco necesitó nunca de la lucha, pues en su generación había que buscarla voluntariamente, si se la deseaba obtener. Por fantasía. Todo era más sereno. Pero él no es consciente de que su propia sencillez, ha sido la llave que lo colmó de simpatías en su camino”

—“¡Entonces no hay problema!”— opinó Luz

Esto hizo que el muchacho quedara pensativo. Ambos siguieron meditando, sin expresar otras palabras sobre la pronta llegada del padre. El silencio fue interrumpido cuando Luz le preguntó:

—“¿Has comido?”

—“Todavía no. Pero Juana me ha servido el almuerzo. Ya voy para el comedor ¿Me acompañarías?”

—“Sí ... si quieres”

Cruzando la habitación llegaron al comedor y Martín se sentó frente a su plato. Luz iba detrás suyo y observó el día a través de la ventana, luego tomó asiento para hacerle compañía. Pero ella ya había almorzado con la abuela.

—“Este año finaliza sin darme cuenta y es el último de mi carrera. Detrás de él viene una incógnita”— comentó él

—“No veo por qué. Pareces muy decidido y en posesión de un centro. Hasta tienes elegido tu costado personal, dentro del círculo que describe nuestra sociedad”— le respondió ella

—“¿Es un reproche? No vale la pena que me lo digas. Quizás sea que admito una duda. Pienso que el hombre es débil y en su madurez termina aniquilando sus ideales. Careció de fe y tiene miedo a la transformación. Admite la mano que lo amordaza y lo protege contra lo nuevo. Es que él ya no cree en nada nuevo, porque la historia evolucionó con lentitud dentro de sus expectativas”

—“Dependerá también, cuáles fueron sus expectativas”— intervino Luz

—“En sus años de furia juvenil se agotó en los corredores estudiantiles. Un hombre débil vive dentro de cada joven que agita panfletos. En su solapa brilla una cinta morada y está pronto a dar su sangre por ese papel escrito”

Martín se detuvo, comprendiendo que su crítica estaba muy exaltada.

—“Es un juicio demasiado severo el tuyo”— sostuvo la jovencita —“Y causa temor a alguien como yo, que aún no ha ingresado a la universidad”

—“Porque sostengo que los principios en que se basan sus argumentos, son puramente teóricos. No realidades palpadas aquí. Hemos pasado por liberalismos y facismos copiados de afuera, con malas consecuencias. No pertenecen a nuestra realidad ...¡Sudamérica está tan lejos!...”

—“¡Si!... Lejos y aislados del centro neurálgico del mundo, en eso concuerdo”— comentó con fuerza Luz —“Pero también somos sus espectadores. Sus vigilantes. Somos sus grandes guardianes”

—“Te ha picado ya el bichito del idealismo. Pero claro, yo soy un egoísta ¿Quieres que adivine lo que piensas de mí? Si a los veintiocho años carezco de esa audacia, qué me esperará a los cuarenta y ocho. No creas que mi posición es fácil. Porque es realista. Tengo que pasar junto a aquéllos con quienes he probado el mismo dulce, como si fuera un extraño. Pero pasará porque ellos también pasarán ¿No lo crees?”

—“Me resulta difícil creerlo”

—“¿Podrías decirme que sitio ocupan ahora, u ocuparon, aquellos estudiantes que se amotinaron frente a un Hospital, cuando la reforma universitaria del 18. La chiflatina todavía resuena en algunos cerebros. Te lo diré: Fueron profesores o políticos. Llevaban la mirada adusta y el índice imponiendo disciplina. Pero es extraño, aquél era uno de los antiguos y activos participantes. Y seguro estoy de que ahora siendo abuelos o bisabuelos, fruncen el ceño sobre la cinta morada de su nieto. El propio Deodoro salió más adelante defendiendo a un cruel violador y asesino, logrando liberarlo, pero Martita Stutz nunca tuvo tumba”

—“...Puede ser... Tu pesimismo es tan hondo que debe ser sincero”— aceptó Luz

Ella continuaba mirando por la ventana. Juana trajo desde la cocina un plato muy substancioso de “bife a la criolla”, que Martín comió encantado.

—“¿Te ofendo? Aunque no te hayas ubicado aún en ese camino, sientes una necesidad imperiosa de tomar las banderas. Debes hacerlo ¿Sabes? Tengo miedo a mi propio derrumbe. Mi realismo es tan cáustico que nunca las tomaré”

—¿Ni siquiera como una experiencia? ¿O por curiosidad?”— preguntóle ella

—“¿De qué me valdría entrar en una revolución sin continuidad? Ya que carezco de su fe. Mi condición es aún más austera, de lo que después fueron aquellos estudiantes reformistas del 18... He hablado con muchos de ellos o con sus hijos. Son mis profesores. Cincuenta años pasaron en Córdoba como un soplo, con todas sus anécdotas. La violación de iglesias en semana santa llevándose las telas moradas que cubrían a los santos. Lo que se convirtió en su bandera ¿Te lo contó tu padre?”

—“Sí... Martín, pero fue en tiempos de mi abuelo, que también era estudiante del 18”

—“Mira Luz, en la Biblioteca Mayor me encontré con uno de ellos en estos días. Hombre grande ya. Cabeza cana, traje elegante. Persona muy culta y agradable. La multitud se dispersó y los tiempos pasaron. Es un profesor jubilado y respetado. Lo incluyeron en la misma barca como a muchos de ellos, sus propios compañeros... ¡Porque es muy fácil seguir la estela de la juventud a la cola del cometa que nos arrastra! Lo he podido hacer también yo, si no ejerciera el uso de la mente y el derecho a la duda. Participar a ciegas no está de acorde con mi sinceridad”

—“¿Sabes Martín?”— lo interrumpió Luz con brusquedad —“¡Hablas tanto! Y es sereno tu pensamiento. Arrastra y te multiplica. Podrías elegir cualquiera de las ramas del árbol y encontrarías las palabras necesarias para definirla. Pero yo no sabría compartirlo sin vivirlo”

Luz le dijo aquello, cuando él se proponía a seguir hablando.

—“¿Es otro reproche?”

—“¿Por qué no te detienes un poco abriéndote hacia la naturaleza. No rechazo lo que describes y hasta puedo aceptar tu pensamiento. Lo comprendo al exponérmelo. Te aprecio ¿Pero por qué no callas un poco buscando en el interior de los otros? Cada ser es un mundo. Mi observación va hacia tu propio foco”

Martín se quedó callado. Iba acabando de comer con lentitud.

—“...No está mal... como te dije días pasados, tienes mucho talento, Luz”— expresó luego

—“¿Tienes todo decidido ya?”— preguntóle ella

—“Falta lo principal, que termine este último año. Después, un pequeño reposo en algún lugar de la sierra, un sitio sereno como el Río San Antonio. También algo de música y alegría. Y un libro de idiomas bajo el brazo, creo que alemán. No es poco. Además admitido que puedo recibir y dar mucho”

—“Nadie te lo niega. Todos buscamos un alimento interior”— Luz le hablaba con serenidad

—“Tienes una manera de ser muy dulce, y aunque no lo creas, también severa. Por una parte me sugestionas y luego me atemorizas. No lo digo ya como un intelectual, sino como un varón, que palpa tu belleza interior”— le observó él

El plato había quedado vacío.

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FÁBULA CATORCE
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SIESTA Y SOBREMESA
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—“Yo llevaré tu plato vacío a la cocina. La vieja Juana ha dejado todo limpio ya, y me gusta ayudarla un poco”— le dijo Luz

Se levantó extendiendo la mano para retirar aquel plato. Pero Martín se lo impidió.

—“¿Y crees que ella se quedará conforme? Te equivocas Luz, si la privas de su tarea será una ofensa. Esa mujer necesita de su propio esfuerzo para ella misma. Como todos nosotros. Hasta podría creer que la energía de aquéllos arrogantes, a quienes rechazo, puede serles beneficiosa, a ellos mismos”

—“¿No puedes olvidar tus pensamientos?”— preguntó la niña

—“No Luz, puesto que me toca convivir en las mismas aulas. En los mismo recintos de estudiantes”

—“Es verdad”

—“¿Pero cuántas veces ha pasado lo mismo? Luego, todos ellos partieron ¿Dónde están hoy día?” Tengo buena memoria. Yo no me he movido. Mi apatía les señaló un tibio ¿Pero insisto en el tema, verdad? La armonía no llegó a incubarse de lo contrario los ignoraría. ¿Y si más tarde mi brazo fuese el más abierto para colaborar en una nueva construcción? Pero son sueños”

Luz se quedó pensativa mientras lo observaba. No sabía si con Martín se encontraba ante un pensador o un dramático.. Luego le dijo:

—“Podrían darse las dos cosas ¿O sientes únicamente palpable tu realidad? ¿Cuándo la tocaste? Es otra aventura y quizás más riesgosa”— ella dijo esto último con voz pausada

—“En realidad sí. Es un riesgo. Voy solo y sin embargo no creo ser el único. Debemos estar aislados y nos resulta difícil encontrarnos. Pero es que mi indagación puso los ojos en aquel horizonte hace ya mucho. Quiero además, acercarme para beber y aniquilar en lo posible nuestra vanidad”— le contestó Martín

—“¿Qué vanidad?”

—“Una eterna y que debe darse en todos los confines. La del pordiosero y el conde. Uno se ilustró en los caminos y el otro escribió sus prosas en un magnífico palacio. Pero eran muy semejantes al salir del seno materno, alimentados sólo por la placenta. No tenía ninguno antes de nacer, más talento que el otro. Sin embargo, cada uno hizo de su procedencia un foco de vanidad. Confundiendo de esta manera a sus seguidores y llevándolos a la discordia”

—“Lo he visto también en mi colegio. Hay compañeras que exhiben esos dos méritos. Los oponen. Y son muy vanidosas”— reflexionó ella

Al llegar a este tema parecíales a ambos haber llegado a un punto común. Y esto los aliviaba. Podrían hacia delante mantener un diálogo en forma amable, sin oponerse, tratando de hallar méritos comunes.

—“Sudamérica es pobre, mal administrada y hambrienta. Sus riquezas se guardan, se acuñan para un futuro. Pero como tal, como expresión de una tierra en simiente, es muy vanidosa”— insistió él

—“¿Estás seguro?”

—Sí... Luz ¿Cuántas veces lo hemos escuchado? No tienes más que dilatar el oído. Cuesta poco y se descubre pronto. Se dice acá en forma continua, que el primer mundo es poderoso pero carece de visión. Los europeos están viejos, aún los que recién nacen. Les pesa demasiado el pasado y no encuentran ideas nuevas. Sólo solucionan el instante dado, y ponen su energía sólo en la materia económica, con la cual nos ahogan...”

—“Pero somos sus herederos, no lo niegues”

—“No lo niego. Además de los yanquis, con los cuales compartimos la mitad del continente, decimos acá que son pobres de espíritu y su sensibilidad es escasa. Demasiado músculo. Un brazo de atleta y una cabeza de mosquito ¿Es así?”— insistió él

—“¿Es ésa la vanidad sudamericana?”— preguntó ella de nuevo

—“Por ese lado transita. Es como un rechazo global al hemisferio norte. El primer mundo. Uno por burdo y otro por anciano. No llenan nuestras expectativas ¿Es así? Tenemos nuestra energía del espíritu y nuestro devenir será una cadenas de joyas engarzadas... ¡Pero falta mucho!”

El joven quedó pensativo con sus propias palabras. La niña intentaba preguntar algo más, pero adivinándolo, él siguió con su monólogo:

—“Mira niña, no es que lo rechace. Es una voz y como tal, la dejo en su lugar. Pero yo tengo por delante treinta años de vigor. Debo desarrollarlos ahora. En mi tiempo, no en el próximo. No reniego de mis hermanos naturales, de mi tierra. Soy yo mismo además, quien está en juego. Represento un elemento más entre ellos. Un sudamericano vanidoso también. Orgulloso de su espíritu. Pero quiero oportunidades para mí y me las brindan desde allá, desde ese continente gastado, desde Alemania... y las acepto”

—“Te apoyo en lo que dices Martín ¡Acéptalas! Puede que estés en tu lugar, aunque a otros les moleste un poco. Pero te diré, yo creo que es por envidia ¿O por vanidad?”— volvió a preguntar Luz

El muchacho la miró sorprendido. Hacía tiempo que buscaba apoyo en sus proyectos, por una beca a Alemania que le había sido sugerida, y sólo encontraba opiniones adversas entre quienes lo rodeaban.

—“La vanidad se extiende a largos caminos y es expresión de pequeñez. De agotamiento. Cuando un hombre tiene el heroísmo de salir a la lucha expone su talento y su felicidad ¿Cuánto más fácil puede resultar a un artista gozar del prestigio limitado de su círculo familiar? Podrá hacer los retratos de las hermanas y los sobrinos. Luego vendrán las vinculaciones inmediatas a solicitar el suyo. Pintará un ramo de flores para colgar en un extremo de la casa. O una imagen mística en el centro del dormitorio. Todo esto representa el triunfo fácil”

—“¿Y piensas que la vanidad lo consiguió?— Luz ya no miraba para la ventana

—“Sin duda. Aunque se introduzca en el modernismo. Alguien podrá decirle en este tiempo presente ...¡Píntame un cuadro abstracto para colocar en la sala que hemos comprado! Hará juego con mis muebles... Y es fácil, no hay riesgo”

—“¿Existe otra alternativa?”

—“Sí la hay... Porque alguno entre ellos al menos, sale a la lucha y se expone. Corre el riesgo. Sufre por años y al final, por fin, le obsequian una flor. Se la merece. Pero él sigue hacia adelante expandiendo ese perfume en todas direcciones”

Martín quedó callado mientras la miraba. Estaba cautivado con Luz.

—“Bueno”— dijo ella—“¿Pero dónde está ese artista brillante en nuestras tierras? Quiero aplicarle tu alegoría”

—“No puedo señalarlo con exactitud. No quiero. Esta alegoría alcanza a otras profesiones. Médicos. Abogados. Ingenieros. Políticos...”

—“¿Y si comenzaras desde aquí? Sin expatriarte. Podrías devolverle a la tierra que te acunó, algo de su ternura ¿No dices que somos más ricos en aquello que no se pesa en monedas?”— ella lo miró sonriente

—“¿Estás segura que lo dije yo? Pienso que lo he recogido... Mi opinión es que existen diferentes pueblos. A ello atribuyo la clara división de un solo continente geográfico, en culturas distintas y bien definidas”

—“¿Cuál de ellas te atrae más?”— preguntó curiosa Luz

—“No lo sé. Pues yo me dirijo hacia el viejo continente, gastado y sin embargo en pie, a Alemania más precisamente. Allí me ofrecen mejores medios de los que aquí tengo. Y yo les responderé con honradez. Además quiero alejarme por algún tiempo del centro donde he nacido. Soy el niño prodigio, buen alumno, de una familia con tradición ¡Y estoy cansado de serlo!”

—“¡Está bien Martín! ... No te exaltes conmigo”— ella había levantado sus ojos verdes, muy abiertos, aunque la expresión era sonriente

En aquel momento entró Juana en el comedor, retirando el plato vacío. Luz quiso alcanzárselo. Martín la retuvo.

—“Ya te dije. No la prives de su propia tarea”

—“....Debe ser, sin duda”

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FÁBULA QUINCE
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EN EL TALLER
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Mientras Martín se disponía a reposar, el resto de la casa levantábase de la siesta. La abuela ocupó su sillón en la sala. Marina salió con una muñeca al patio. Juana preparaba un mate espumoso. Luz leía.

Ella terminó su lectura levantándose recién entonces, para dirigirse a la puerta. En la vereda encontró a Ramiro restregándose los ojos.

—“¿Qué te pasa”— preguntóle Luz

—“Me queda sueño. Hace varias semanas que duermo mal y la siesta no me alcanza. Apenas me dura media hora porque debo abrir el taller”

—“¿Te quejas? No te corresponde puesto que ésta ha sido tu elección”

—“No Luz. Se queja mi cuerpo. Yo estoy satisfecho”— respondió él

Fueron caminando por la misma dirección durante tres cuadras. En la mitad de la siguiente hallábase el taller de Ramiro. Se detuvieron en la puerta y mientras el muchacho daba vueltas la llave del candado, le dijo a Luz:

—“¿Vas para el centro?”

—“Sí, pero todavía es temprano. No son las 5 hs. Tengo que comprar una carpeta y a esta hora aún no han abierto los negocios. Pensaba caminar un rato, ahora que el sol está suave”— contestóle ella

—“Entonces podrías quedarte un rato conmigo”— luego de un envión él levantó la persiana metálica

Entraron. El sol inundó el ambiente cerrado al entrar desde la calle. La vereda de lajas grises con su pátina de tiempo, de un brillo acerado, mostraba el paso continuo de los ciudadanos. La calle a la par, ofrecía el ruido de su tránsito.

—“Se acerca el verano, ya estamos a fines de octubre”— comentó ella

—“Todavía falta. Puede bajar en cualquier momento la temperatura. O tal vez arrecie noviembre con chaparrones”— le contestó el muchacho

—“Sí. Suele suceder. Aunque he observado que el tiempo se descompone con más facilidad para fin de año”

En el interior del taller reinaba un desorden ordenado, expuesto a la vista de los transeúntes. Junto a una serie de piezas mecánicas diseminadas en pequeños mesas por los rincones, se hallaba un mueble grande que servía de mostrador. Algunas personas entraban al lugar preguntando, o adquirían objetos de allí. Sobre ese mueble había un cartel de cartón escrito con letras rojas que decía:

“REPUESTOS PARA MOTOS
Y MOTONETAS.
ARREGLOS VARIOS”

Ella arrimó una silla. Pasóle un trapo limpio que había sobre el mostrador, y fue a colocarse a la sombra, al lado de Ramiro.

—“¿Hoy no tienes ayudante?”— le preguntó Luz

—“Por las tardes no. El chico estudia, la madre está viuda y es costurera. Asiste a una escuela técnica, su padre era obrero de construcción y cayó de un andamio. Es un chiquillo habilidoso y mientras mueva las manos, el mundo se lo agradecerá”

—“No lo dudo”— aceptó ella —“Pero en él será una virtud o una costumbre que ha mamado. Y tal vez no la ame”

—“¿Y en mí es un descubrimiento?”— respondió él velozmente —“Así piensas verdad?”

—“Me extraña como a todos, que dejes la universidad por este taller mecánico, en un garage”

—“No Luz, lo que se descubre sirve también para otros. El laborioso habitaba en mí. Era un niño pequeño que lloraba por dentro. Un día me asomé para escucharlo y le tuve pena. Iba yo con mi traje pulido y mis manos blancas. Sostenía con desidia y debilidad un libro. Alguien supo colocarlo en algún momento junto a mi cuerpo, y en aquel instante no pude recordar su rostro”

—“¿Qué hiciste entonces?”

Ramiro se detuvo antes de contestar. Estaba junto a la huésped de su abuela, y no comprendía por qué se sinceraba así con ella. Siguió con una pinza en la mano arreglando un engranaje. Luego continuó hablándole:

—“Creo que lo observé por primera vez y su contenido me resultó infinitamente pobre. Advertí de inmediato que en cuanto hubiese declamado sus páginas, frente a la mesa de examen, continuaría mi saber y en especial mi evolución, tan pequeñas como antes... Y con menos horas de vida”

—“¿Cuáles horas?... no comprendo”

—“Aquéllas que iba yo arrojando al viento, a la rutina, a una línea de conducción en que no tenía fe y a la que no había elegido ¡Era un delito! Y me dispuse a enmendarme...”— Ramiro quedó silencioso

Entraron un par de clientes. El primero trajo un arreglo y el segundo adquirió herramientas. La siesta iba ya perdiéndose.

—“¿Qué vino después?”— continuó interrogándole Luz

—“Arrojé aquel libro y miré al niño que imploraba. Desde entonces comencé a nacer y divisé las flores de la naturaleza”

Había dejado su trabajo y contemplaba a su amiga con los ojos muy abiertos. Una luz color oliva y calma, en tono casi amarillo, parecía nacer de esa mirada. Sin embargo su diálogo era rápido, hasta doloroso.

El tráfico iba intensificándose frente a ellos. Los negocios abrieron sus puertas. Los peatones apuraban el paso.

—“Luego”— continuó él sin aguardar una nueva pregunta —“Palpé mis ropas y observé mis manos. Percibí mi figura inerte, casi sin vida, incapaz de una gestación ¡No!... me dije ...Soy un hombre y de mis fibras depende mi pan... Además comprendí que la naturaleza misma me lo exigía ¿Qué manos se esforzaban sobre mis ropas? ¿Por qué tenía esa piel fina en las palmas, como espejo de mi desocupación? Yo había sido un niño criado entre algodones, y aquello no podía continuar”

—“Las cambiaste totalmente, Ramiro, tus manos ahora están paspadas y ásperas ¿Era lo que buscabas?”

—“Algo semejante. Pero estaba a tiempo y a comienzo de mi camino. No había cruzado aún ninguna ruta. La vida me puso a prueba, como al pajarillo que alimentan en la boca, inconsciente de sus alas”

—“...Y volaste... abriendo este taller”

—“Sí. Entonces presioné esta pinza. Las articulaciones de mis dedos comenzaron a sentir la propia sangre que circulaba por primera vez. Igual al lisiado a quien su larga postración le ha hecho olvidar el uso de su energía ¡Fue para mí un gozo inmenso!”

—“¡Pero te olvidas de las pruebas! ¿Cuántas veces la inexperiencia te hizo regresar abatido? Te vi muchas veces ... admirándote con pena”

Ramiro la miró con una expresión dulce.

—“¿De verdad? Ese sería ya un premio hermoso. Pero no ha llegado todavía mi época de recolección. La estima, el aprecio a mi labor, ya que la admiración me sería excesiva. Todas esas cosas me sirven de aliento. Me emocionan porque estoy jugado y juzgado. Gracias Luz”

Ramiro puso una mano sobre el brazo de ella, y se apoyó con la cabeza en su hombro. Le dijo entonces:

—“Es el mejor obsequio para quien se ha sentido como yo, la prolongación insípida de un árbol cuyos colores no eran fruto de ningún esfuerzo propio. Cuando llegué a comprender que unas pequeñas notas esparcidas por los senderos humanos, eran la mejor realidad que estaba a mi alcance, fue mi verdadero nacimiento”

—“Es mucha tu perseverancia, en ello estoy de acuerdo”

—“Mientras aquel acorde sea una emanación de mi sangre, entonces queda justificada mi existencia. Y el soplo que da inteligencia a mis fibras”

Luego quedó silencioso. Tomó de nuevo las herramientas y recomenzó el trabajo sin hablar. Ella miraba hacia la calle. Iba pasando el tiempo, sin ellos notarlo.

—“Ramiro...”— comenzó diciendo Luz —“¿Recuerdas la sombra de aquel árbol que te cobijó al nacer? ¿No sientes acaso nostalgia de sus colores? ¿O es que piensas lograr algún pigmento propio?”

—“No, de ninguna manera. Sus tonos llegaron a serme profundamente desagradables. Una cárcel de bisagras con engarces preciosos y que me recriminaban la belleza de mi aposento. Pregunté a mis guardianes si podían describir el color de mis cabellos. O la intensidad de mi mirada reclamante... No pudieron responderme y me contemplaron con asombro”

—“Poco nos conocen los otros... sucede”

—“Entonces comenzaron a enumerarme la variedad de calzados que protegían mis pies. Uno... por cada hora del día. Y yo contemplé mi piel blanca y pálida, comprendiendo en aquel momento que las baldosas de mi ciudad ignoraban mi presencia. Sólo era una sombra. Cuando yo avanzaba, delante de mí se erguía un estandarte que me indicaba, en términos claros, las ramificaciones de aquel árbol”

—“Tampoco lo podías negar del todo. Era tu familia”— opinó sorprendida la chica

—“No por ello debía ser yo ignorado como identidad. Pero así caminaba. Los transeúntes que pasaban a mi lado volvían sus rostros indiferentes y me observaban como a un objeto, como una estampa sin vida propia. Entonces desnudé mis pies. Salí al camino y aquí me tienes...”

Sonrió el muchacho, callando. Pero ella al ver que interrumpía de manera tajante su relato, volvió a preguntarle:

—“¿Pero cuál fue la aguja de mayor penetración, el extremo más hondo?”

—“Lo más profundo sin duda, lo que me arrojó de aquel seno, fue el no sentirme respetado. No te extrañes. Si hubieran reconocido mi propia coloración, yo habría creído en el amor que deletreaban sus labios. Pero me ignoraban”

—“Es duro lo que dices”— admitió Luz

—“AL nacer fui un juguete rosa con ojos claros. Cuando los años pasaron mi piel se curtió y con los baños de sol, que acostumbro a tomar sea verano o invierno, una coloración trigueña envolvió mi rostro. Ninguno supo notarlo. Yo era solamente el vehículo que debía materializar los anhelos de ellos. Mi vida por su disposición no me pertenecía”

—“Es demasiada exagerada tu queja, según yo creo, Ramiro”

—“No lo es. Mis pasos debían cubrir el camino que me habían predeterminado... y que por cierto no me atraía. Como tal iba hacia el fracaso. No deseaba aquel sendero y llegué a detestarlo. Yo era allí, sólo uno de aquellos caminantes obscuros que carecen de fe. Un día comprendí que sólo me aguardaba la desilusión de mí mismo”

—“Eso sí era grave, lo admito”

—“Creo que me comprendes, quizás mejor que nadie. Ahora lo palpo, aunque te conocía poco. Al menos tratas de penetrar en mis pensamientos”

El taller tenía sus movimientos propios, que ocupaban la atención de Ramiro. Llegaron dos motociclistas para dejarle sus vehículos en arreglo. Luego una jovencita en motoneta. El muchacho atendió con más efusión a la chica y le valuó a menor precio su trabajo, haciendo que su amiga se sintiera olvidada. Las quejas de Andrea sobre él, sin duda tenían otros motivos que ahora Luz descubría. Cuando quedaron solos quiso llamar nuevamente su atención.

—“¿Y no has llegado a pensar que los que deambularon antes, pueden señalarnos el camino mejor sembrado? ¿Qué opinas Ramiro?”

—“¿Tu opinión es realmente ésa, Luz?”

—“No ... era una posibilidad, una pregunta”

—“Bueno, mejor así. Mira niña, creo en la infinidad de hombres y mujeres, y por lo tanto en la infinidad de senderos. Y me encamino de acuerdo a mi pensamiento. El día que comprendí definitivamente que yo era el dueño y único responsable de mi destino, me sentí por primera vez generoso”

—“En especial si se trata de una bella niña, a quien le cobras menor precio por tu trabajo”

—“¿Haces de espía para Andrea? Es otra cosa, amiga. Al asumir mi propio mandato presentí de inmediato, que sería buen juez para las generaciones venideras. El drama se origina en quienes nunca poseyeron su propia vida. Obedecieron siempre los designios externos, no de los Dioses, sino de hombres como ellos. La frustración sobrevino como consecuencia. Y más tarde cuando la edad y su ubicación elevada en el medio social les brindó poder, ya estaban muy cansados. No podían retroceder”

—“Bueno, siempre he oído que los padres finalmente, necesitan descanso”

—“Y es allí cuando se encaminan hacia una última y extrema esperanza. La de imponer a las mentes frescas el cumplimiento de sus anhelos. Vuelve entonces la ronda, y se repite...”

Calló y su mirada volvióse sombría. Trabajaba en sus engranajes con parsimonia, en un estado casi ausente. Ella comenzó a hablarle con lentitud:

—“Tal vez sería generoso de parte del joven liberado, brindar algún obsequio al padre cansado”

—“Es imposible, amiga Luz. Lo intenté. Quise hacerme comprender y como puedes ver, hay una crisis entre mi familia y yo. Cuando acepté en forma consciente mi libertad, la que la naturaleza me había brindado al nacer, como a todos, ya estaba marginado. Había llegado a ese punto sin comprenderlo con exactitud. Desde aquel instante me dije que el paso dado, era el mejor tributo que podía ofrendar a la próxima generación”

—“¡Falta mucho para ello Ramiro, tienes veinticinco años!”

—“De igual modo, los que vengan detrás de mío no tendrán el peso de mi frustración. Aún cuando la humanidad no me brinde coronas, al menos habré trabajado de acuerdo a mis ideas. Y por lo mismo, estoy seguro que mi propia existencia me será saciada. Estas máquinas me apasionan. Siento placer al armarlas y desarmarlas con mis propias manos”

—“¿Qué otro placer podría haber? ¿Cómo habría amor entonces?”

—“Cuando el afecto va más allá de cada uno. Cuando los integrantes de una familia se reconocen. Cuando se respeten. Quizás es que idealice lo que percibo, y no he poseído. Pero el instinto natural me dice que es la ley auténtica de la humanidad”

—“Sí, Ramiro”— le dijo ella —“Tus palabras me repercuten como la descripción clara de la hoja de un árbol. Me gusta escucharte y estar aquí, hablando los dos juntos, en armonía”

—“En amistad”— le corrigió él

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FÁBULA DIECISEÍS
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UNA VISITA INESPERADA
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La actividad febril ciudadana había dejado atrás la siesta. El tráfico de la calle aumentaba. Algunos chiquilines cruzaban desordenadamente y temerarios, entre los autos. Un niño pequeño se detuvo en la puerta del taller, mientras abría un caramelo.

—“¿Cómo te llamas?”— le preguntó Luz con sonrisa alegre

—“Tito”

—“Muy bonito ¿Cuántos años tienes?”

El nene le mostró con la mano cuatro deditos. A su lado una dama joven y elegante miró con afecto a Luz, como toda mamá que siente gusto al ver que su criatura es bien atendida. Pero el pequeño entró de improviso en el taller y comenzó a tocar las herramientas, cual si fuesen juguetes.

—“¡Vamos Ernestito!”— le dijo la madre —“No molestes. Ustedes disculpen”

Y tomándolo de la manito se alejó con él del lugar. El gurí saludó con su bracito en alto, mientras lo llevaban. Luz miró su reloj-pulsera, constató la hora, pero siguió sentada en aquel asiento.

—“Creo que voy a ir hasta ese bar de la esquina para tomar un café”— comentó ella luego

—“No hace falta. Abriendo esa puerta del fondo tengo una pequeña cocina. Allí hay un calentador eléctrico, una pava, una jarro grande, café, azúcar y unas tazas”— le indicó él

—“¡Todo completo!”— exclamó Luz y se levantó en esa dirección —“Prepararé café para los dos”

Abrió la puerta que le señalaran y buscó el botón de luz. Luego divisó una ventana y ella apartó los postigos. Daba a un patio de tierra que mantenía los árboles todavía desnudos.

—“Sin duda les llega poco sol, entre las construcciones vecinas”— pensó para sí

Recogió los elementos de la mesa para hacer café. Una segunda puerta comunicaba con un bañito donde se lavó las manos y llenó la pava con agua, hasta la mitad. Cuando ésta hirvió arrojó el líquido espumante sobre el jarro donde había colocado cuatro cucharadas de café. Buscó el colador y llenó las tazas que eran de tamaña mediando.

—“Ramiro”— le dijo asomándose —“Ya lo tengo listo... ¿Llevo el café para allá o vienes para aquí?”

—“Sí, aquí vengo. Voy a lavarme las manos”

Después de unos momentos estaban ambos sentados frente a las dos tazas. En un paquete él tenía guardados bizcochos criollitos, salados, que combinaban bien con el gusto del café dulce.

—“Está sabroso el café, como emanación de tus manos”— le dijo él algo inspirado

—“¡Es una alabanza poética! El café es tuyo”

—“Es porque yo creo, que el elemento primario se expresa según quién lo maneje. A tu lado se percibe una ternura escondida, junto a tu juventud solitaria. Como la de todos nosotros. No importa, ya nos hallaremos en el seno de una habitación tibia, pero marcada por el destino” — continuó sorbiendo el café

—“Es decir, que tus motos y engranajes tienen el mismo toque de arte que hallas en esta taza de café”— expresó sorprendida ella

—“Eso mismo. Yo hago arte con mis pinzas. Creo piezas que no están en venta, las invento. Y luego las motos y motonetas corren veloces”

—“¿Hay algo escondido? ¿Algún secreto en el interior de las personas?”

—“Sí Luz, eso creo. Muchas veces te veo en nuestra vieja casa, muy sola, y quisiera ser el hombre que pudiera acompañarte”

Terminaron de sorber el café y los criollitos comenzaban a acabarse. Ambos estaban a gusto con aquel servicio de bar, casero y familiar. Luego Ramiro continuó:

—“En cuanto a mi persona en sí, mi propia lucha me brinda pese a su dolor, un calor interno que me cobija dentro de mi soledad. Creo que eso es lo que te falta para no aislarte”

Luz comenzó a sentirse incómoda. Movióse del asiento y fue levantando las tazas. Se había sentido gustosa oyendo las confidencias de Ramiro, pero no quería que él escudriñase en su interior. Por ello le dijo:

—“Entonces piensas que yo necesitaría un centro de lucha. Más vale que me observes en el principio de una construcción. Recién comienzo. No tengo enemigos ni quiero adquirirlos, la lucha los trae”

—“Es verdad, pero estás muy sola. Sin embargo tu esencia es la de una mujer que amará mucho. Y yo desearía ser amado. Entonces siento una inclinación por acercarme y permanecer a tu lado. Pues cuando ambos hablamos el aire se me vuelve tibio, siento a tu lado una amistad serena que me hace sentirme más seguro de mí mismo. Y esto en sí, es lo que me impide buscarte como mujer”

—“¿Por qué?”— le preguntó Luz con coquetería

—“Por eso mismo. Porque nuestro diálogo nos nutre aunque se transforme en un monólogo mío. No te doy nada y en tu interior sólo aspiras a mi amistad por ella misma”

—“Es que soy la amiga de Andrea, tu novia, no lo olvides”

—“Puedo ver que tus ojos de mujer no me han buscado nunca, y la soledad de nuestro deambular juvenil nos impone aceptar las manos que se nos tienden. En mi caso las de Andrea. El destino se percibe. Llama. Aunque no nos ofrezcan ningún calor verdadero. Solamente por caminar acompañados durante algunas cuadras”

—“¡Es injusto lo que dices! Andrea es algo más, en tus sentimientos”

—“O costumbre... Somos juventudes solitarias que nos ofrecemos uno a la otra. Y quizás no haya más. Esto hace que la amistad sea más valiosa”

Luz quedó callada, olvidando su coqueteo anterior. Valoró ese último concepto de Ramiro, como un objeto brillante, una joya emocional. Pero él continuó:

—“Puedo estar casi seguro de que no me rechazarías, pero habríamos perdido esta amistad sincera, y el apoyo emocional que me llega de ella. Te tengo un afecto hondo, Luz, pero como hombre sólo podría ofrecerte una aventura. Luego ella pasa pronto y me quedaría muy solo”

—“Queda más café ¿Quieres otra taza?”— le interrumpió ella nerviosa por los razonamientos de él —“Te la sirvo. Aunque te sentaría mejor una taza de té. Has hablado mucho Ramiro. El té descansa”

—“¿Quieres que me calle, verdad? Pues bien, ya lo haré... pero voy a terminar mi pensamiento. La convivencia en la misma casa nos impone a ambos, cierta disciplina. Y muchas veces viendo la dulzura de tus ojos lo lamento. Pero es que no deseo que más adelante, en nuestro cruce diario, nos veamos impelidos a ignorarnos. Deseo ser el camarada de siempre que busca con necesidad tu diálogo, como un manantial de agua deliciosa”

Se oyó un golpe de manos y Ramiro tuvo que levantarse para atender a su cliente. Luz limpió la cocinita. Ella pudo escuchar que el recién llegado traíale una motoneta, mal arreglada por otro técnico. Representaba, reparar lo que había sido antes mal reparado. Cuando otra vez quedaron solos, ella comentóle:

—“Un nuevo cliente ¿Es otro aspecto de tu labor un pasaje de mano sobre el trabajo de los otros?”— Luz lo miró intrigada con sus ojos agudos

—“¡Muy importante para mi taller! Pues mejora mi prestigio al ser recomendado”

—“Y el dinero todo lo justifica”

—“Amiga mía, es una comprensión sobre la sociedad que nos rodea. Aprendí luego de varias decepciones que los transeúntes y las mesas se movían bajo el roce de las monedas. Y lo he aceptado de manera natural. Si su energía me es necesaria, la encontraré en su mismo centro ¿O sería preferible colocar un diploma como mostrador de comerciante? Al menos compensaría a mi padre, aunque ello no me trajese clientes. No sabes cuánto temen a los diplomados en este oficio de taller”

—“No te he dicho nada de eso Ramiro. Están llamando de nuevo ¡Vamos!”

—“Sí... ¡Ya voy!”— salió con rapidez

Luz dirigióse a la ventana para contemplar aquel patio de árboles sin hojas. Ramiro regresó a la cocinita luego de vender algunos respuestos que le solicitaron. Al verla contemplando ese paisaje desnudo, quedó pensativo.

—“La naturaleza lucha vanamente entre las jaulas de cemento”— le comentó él

—“Sí, pero mira más allá, junto a aquella pared crece un rosal y luce un pimpollo amarillo”— le respondió Luz —“¿Lo vez?”

—“Sí”— dijo Ramiro con suavidad

Ella sintió su voz vibrando atrás suyo. La frente de él apoyada sobre su cabeza. Sus labios rozando sus cabellos, como una suavísima brisa. Luz se volvió para mirarlo con dulzura. Estaban muy cerca.

—“Ramiro”— le dijo con sinceridad —“No te vuelvas contra tus propias palabras. Contra tu ser. Expusiste una verdad y los dos sabemos que volveríamos después con las manos vacías. Más solos aún”

—“...Sí... es cierto, perdona. Fue un chispazo de alucinación. Y un poco de emoción de varón”

Pasó suavemente su mano por la mejilla de ella, pero Luz detuvo esa caricia. Luego el muchacho fue a sentarse en una silla quedándose callado y pensativo. Ella cerró los postigos, pues comenzaba a caer la tarde. Después se sentó frente a él con la mirada triste, cruzando los brazos sobre la mesa. Ramiro le sonrió con ironía.

—“Bueno, verdad es que no te encuentras demasiado sola en nuestra casa, pues tienes buena compañía entre nosotros los primos. Aunque si yo hubiera sido el depositario de tu primera mirada, habría sabido brindarte algo más. Quizás un amor pleno. Cierto es que el destino nos habla por instinto”

—¿Qué quieres decir? ...soy la misma con todos ustedes”— aseguró ella

—“¿De verdad? Algo me dice lo contrario. Por lo menos estoy seguro de saber, quién ha puesto sus ojos en los tuyos”

Luz reaccionó con ojos de temor. Luego irguióse increpándolo con disgusto.

—“¡Invenciones tuyas!”

—“No lo son niña, pero no demorarás mucho en saberlo, para admitirlo o rechazarlo”— insistió el muchacho

—“Ramiro debes que callarte un poco, pues hay una mujer que te aguarda: Andrea. Ella es más formada que yo, y más segura de sí. Pero el orgullo mutuo los aleja mutuamente”— Luz lo miró con serenidad

—“Es cierto. Y yo también llevo esperándola hace varios días. Pero no viene. Paso días en este taller trabajando con mis herramientas, frente a estas mismas tazas, y cuando una dama me hace compañía durante una tarde entera ... No ha sido ella”— la miró en forma doliente

—“Y ésa es por cierto la misma queja de ella ¿No pueden acercarse por ustedes mismos? Siempre necesitan que alguien los allegue”

Ramiro puso en ella de nuevo sus ojos insistentes, y volvió a su inclinación de muchacho conquistador:

—“Luz... creo que en esos instantes de recién, frente a la ventana, fueron los únicos en que no te he sido indiferente. Pero tuviste miedo. Apelaste a lo único que podía apartarme como una ráfaga de hielo: ¡mis propios pensamientos!”

—“No Ramiro, te hablé de aquello en que los dos creemos”

—“Pero no de lo que en ese instante sentías. Tu mirada me hablaba de ternura ¿Quieres darme la mano?”

—“En otro momento”— defendióse Luz

—“Bueno, mejor que no, ya pasó. Mis pensamientos me acompañan, ellos son mi energía y mi tortura. De pronto me he sentido solo como varón, aunque sonrisas fugases de damiselas no me han faltado nunca. Es cierto, hay un amor posible con Andrea, pero que no termina de gestarse. Y ahora a mi frente sólo tengo una amiga que rechazó mis brazos. Mi historia comenzó hace poco y su entrada no es nada promisoria”

Aquel recuento de Ramiro puso incómoda a Luz, sintiéndose presionada. Pero el muchacho hallábase satisfecho de su síntesis.

—“¡Vuelves a tus ironías!”— le dijo ella con algo de violencia —“Y a más me reprochas aquello mismo que hemos dialogado antes con serenidad ...¿Qué lograríamos con esta pequeña aventura?... Pero no me enojo pues veo dentro tuyo un hombre lucha, pero que lleva escondido a un niño muy triste”

—“¿Me ves como a un niño? Pues bien Luz, ambos lo somos”

Ella volvió sobre sí misma, sintiéndose segura de haber dado en un lugar preciso. Entonces insistió:

—“Aunque te sientas un niño abandonado, has encontrado en Andrea a una mujer que puede entregarte su calor. Vibrarás a su lado. Es un alma que te aguarda. Pero deben ambos salir al camino para buscarse, y no vivir encerrados en cada interior”

—“Ella también debe buscarme. Demostrármelo alguna vez”

—“Ramiro, te hace mal este encierro, no basta con que trabajes hasta el anochecer. Tu camino sin amor estará vacío. Te envolverán en forma continua los viejos recuerdos impidiéndote vivir el presente. La naturaleza ha determinado dos partes diferentes, mujer y hombre, para que al unirse den un fruto homogéneo, ningún otro afecto lo suplantará mejor”

—“Nunca los tuve Luz, ya te lo dije”

Luego quedaron en silencio.

—“Vuelvo a casa”— comentó ella —“No me es de urgencia comprar nada para la escuela, y el atardecer estará frío”

Luz parecía fatigada. Comenzaba a levantarse cuando se oyeron unos pasos, y se dibujó la figura de Andrea en la puerta. Ramiro sorprendido dilató sus pupilas amarillas.

—“¡Bueno! ...Quizás llegué demasiado de improviso”— dijo la recién venida con voz casi áspera

Luz la saludó algo turbada, pero con un beso afectuoso. Andrea estaba rígida. Ramiro no se movía de la silla, abría los ojos muy grandes como un niño, sin saludar a la una ni despedir a la otra.

La noche comenzaba a cubrir la ciudad

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Alejandra Correas Vázquez

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